Soy lo que soy y no puedo ser otra cosa.
Humo y nostalgia, carne marchita e ideas áridas.
En la redondez de mi taza
de peltre, el cosmos gira al ritmo de la cucharilla. A mi alrededor, edificios
de ángulos rectos, encimados sobre la calle, y gente cuadrada deambula
taciturna. La luz ocre no destella. Mortecino, luz de vela que se oculta tras
las siluetas que encausan a esta grieta estrecha cruzada por un cordel pardo, el
sol muere una vez más. La noche arropa la noche, y en ese manto atezado
destellan chispas, mordeduras de polillas. Hace calor. Y el humo del cigarrillo
se desvanece en un viento que no refresca. Hace calor.
Hiede, no sé si porque el
desaguadero está colmado de la hojarasca que cae y cae, o porque todo a mi
alrededor emana un tufo acre, semejante al del vómito. El hombre a mi lado, en
otra de las mesas, no tiene rostro. Acaso, una nariz en lugar de una oreja y un
ojo en lugar de ombligo. Azul y rosa, viste de arlequín. Volteo y en ese café,
no hay gente, solo manchas de colores, rayas y aristas, y en el centro, un
reloj hecho melcocha.
El aire no es aire. Un
vaho, una pesadez que colma mis pulmones y entumece mi mente. Hace calor, y en
este valle, el agua es nube, el agua está por doquier, y hierve. Se cuela hasta
las tripas, las descompone, la deconstruye en un sinfín de espasmos, de
retortijones y punzadas. Bebo y un sabor acre invade mi alma. Veo a mi
alrededor y solo veo espantajos, peleles de feria. El aire no es aire, es un
soplo caliente, fétido. El humo se desvanece como las ideas, como las ganas de
fornicar con la mujer que, al fondo, danza con la suerte, danza con el humo
espeso de mi cigarrillo.
Desgano y tristeza son
dos perros, grandes, de colmillos filosos y cuerpos robustos. Desde la calle,
línea recta que recorre desde una glorieta maltrecha a la cual convergen
callejuelas indecisas hasta un callejón oscuro, me observan. Gruñen. Son el
Cancerbero y Caronte, y el callejón oscuro, la ciudad de Dite. Ojos negros,
labios rojos, su sonrisa es lasciva y su cuerpo, pecado. Me sonríe, la mujer,
cuyos senos, generosos, se escapan de sus ropajes. Sin embargo, desgano y
tristeza son dos perros, Garm y Xoloitzcuintle, y gruñen y muestran sus
colmillos.
La noche ya es noche,
aunque el ocaso ocurrió hace tanto que ya olvidé cuándo. La mesa se derrite, de
a poco, y cae, en hilos espesos para hacerse un hueco, o un sauce, no lo sé. La
gente, cuervos que graznan, picotean sus platos. Y en ellos, la comida es solo
palabras cuadradas, líneas que se disfrazan de ideas. Hace calor, y el aire
enrarecido, como un virus, infecta y se hace pandemia.
En la redondez de mi taza
de peltre, en la oscuridad de la noche revuelta por una cucharilla de plástico,
las galletas saben a sangre y la sangre huele a rosas, y mi mundo se va
perdiendo en infinidad de gotas pardas. Mugen. Los escucho, y su barrito,
estridente, aturde como el silencio de los cómplices.

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