viernes, 16 de mayo de 2025

 


     El otro lado de la razón

          Ayúdennos y ayúdense a construir puentes (primeras palabras de Su Santidad León XIV)

Unos y otros alegan argumentos. Unos buenos, otros mejores y desde luego, algunos deficientes, pero, en tanto son opiniones, no son verdaderos ni falsos. Unos llaman a votar, otros, a abstenerse. Para unos, la negociación es la ruta y para otros, otras vías. Coincido con Su Santidad León XIV, en todo caso, la paz debe ser el camino. La verdadera paz.  

     Esa tan anhelada paz no supone la imposición de un pensamiento por encima de otros. Implica la conciliación de ideas, de opiniones y de algo que normalmente omitimos, las experiencias propias de cada uno. Alguien dijo alguna vez – en esa ocasión para justificar falencias y procacidades - que los venezolanos no somos suizos, y, ya lo sabemos todos, no lo somos, como ellos, tampoco venezolanos. Esto, que parece tonto, obvio, encierra una verdad inobjetable: el mundo es, si se quiere, un crisol donde se funden culturas, ideas, creencias, puntos de vista, valores, tradiciones... El mundo tiene tantas verdades como habitantes.

     No me gustan los refranes, algo que copié de Saramago, pero bien puede decirse que, en efecto, cada cabeza es un mundo, o lo que describe mejor esa frase, el mundo se define como un sinfín de realidades, construidas sobre cada individuo y sus circunstancias particulares e inigualables. Lo que es verdad para un tibetano, budista creyente, que espera alcanzar el Nirvana luego de transitar incontables reencarnaciones para purgar sus karmas, no lo es para un estadounidense, seguramente un presbiteriano laxo, ciudadano de una nación primermundista que da por sentado muchas cosas que aquel tibetano, no. Cada uno, ensimismado en su propia visión parroquiana (aun cuando viva en París, Nueva York o Londres), no puede experimentar la cotidianidad del otro, sea un berlinés o un vecino de una aldea pastún en Afganistán.

     La política está llamada a tener esta verdad presente en cada decisión. No puede obviar las distintas realidades, que se mezclan y se entrelazan. Hoy, especialmente, cuando todo queda a la distancia de un clic.

     Por ello, si de verdad queremos construir una sociedad mejor, en Venezuela o Estados Unidos, o, con suerte, mucha suerte, en este mundo nuestro, debemos aceptar que la verdad del otro no es menos verdad que la nuestra. El diálogo, a veces utópico, urge, porque, queramos o no, desvanecidas las fronteras, las personas, sea una mujer marroquí o un joven japonés, una estadounidense y un venezolano, intercambian su cotidianidad diariamente en ese otro mundo, el que existe detrás del teclado. Unos ofrecen a otros sus valores, sus creencias, sus experiencias, sus vidas, e inevitablemente se acrisolan.

     Si deseamos una paz fuerte, permanente, tenemos que escuchar al otro más que a nosotros mismos. Ese eco sordo, estridente, ese ruido que crea nuestro ego no puede, ni debe, acallar la voz del otro, ni podemos ser tan arrogantes para despreciar la vida cosmopolita del neoyorquino o la rural de un pastor de cabras yemení. Cada uno tiene algo valioso que aportar. No caben dudas de ello. Desde la ruidosa sazón que enriqueció a la gastronomía estadounidense hasta los celulares que, en manos de monjas, retrataron al papa León XIV en su primera aparición en la plaza de San Pedro. Desde el rol de la mujer en la fe musulmana hasta las fiestas rocieras. Desde la mirada de un budista hasta la de un católico, o, por qué negarlo, de un ateo. Decía el ganador del premio Nobel Mario Vargas Llosa de este fenómeno, la globalización; que, lejos de imponer la cultura de una nación sobre otras, haría prevalecer las riquezas particulares de cada una. 

     Si queremos construir una Venezuela mejor, o, si somos más ambiciosos, un mundo más humano, el primer gran paso es ese, reconocer la verdad del prójimo. Aceptar sus diferencias, abrazarlas, y, como seres racionales que somos, en una gran mesa redonda - como la del rey Arturo, donde nadie preside y todos tienen voz – conciliar las hermosas diferencias que nos hacen únicos, sea que lo hagamos durante la cena familiar o en los comités para decidir las grandes políticas públicas.

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