El otro lado de la razón
Ayúdennos y ayúdense a construir puentes
(primeras palabras de Su Santidad León XIV)
Unos y otros alegan
argumentos. Unos buenos, otros mejores y desde luego, algunos deficientes, pero,
en tanto son opiniones, no son verdaderos ni falsos. Unos llaman a votar,
otros, a abstenerse. Para unos, la negociación es la ruta y para otros, otras
vías. Coincido con Su Santidad León XIV, en todo caso, la paz debe ser el
camino. La verdadera paz.
Esa tan anhelada paz no supone la
imposición de un pensamiento por encima de otros. Implica la conciliación de
ideas, de opiniones y de algo que normalmente omitimos, las experiencias
propias de cada uno. Alguien dijo alguna vez – en esa ocasión para justificar
falencias y procacidades - que los venezolanos no somos suizos, y, ya lo
sabemos todos, no lo somos, como ellos, tampoco venezolanos. Esto, que parece
tonto, obvio, encierra una verdad inobjetable: el mundo es, si se quiere, un crisol
donde se funden culturas, ideas, creencias, puntos de vista, valores,
tradiciones... El mundo tiene tantas verdades como habitantes.
No me gustan los refranes, algo que copié
de Saramago, pero bien puede decirse que, en efecto, cada cabeza es un mundo, o
lo que describe mejor esa frase, el mundo se define como un sinfín de
realidades, construidas sobre cada individuo y sus circunstancias particulares
e inigualables. Lo que es verdad para un tibetano, budista creyente, que espera
alcanzar el Nirvana luego de transitar incontables reencarnaciones para purgar
sus karmas, no lo es para un estadounidense, seguramente un presbiteriano laxo,
ciudadano de una nación primermundista que da por sentado muchas cosas que
aquel tibetano, no. Cada uno, ensimismado en su propia visión parroquiana (aun
cuando viva en París, Nueva York o Londres), no puede experimentar la
cotidianidad del otro, sea un berlinés o un vecino de una aldea pastún en
Afganistán.
La política está llamada a tener esta
verdad presente en cada decisión. No puede obviar las distintas realidades, que
se mezclan y se entrelazan. Hoy, especialmente, cuando todo queda a la
distancia de un clic.
Por ello, si de verdad queremos construir
una sociedad mejor, en Venezuela o Estados Unidos, o, con suerte, mucha suerte,
en este mundo nuestro, debemos aceptar que la verdad del otro no es menos
verdad que la nuestra. El diálogo, a veces utópico, urge, porque, queramos o
no, desvanecidas las fronteras, las personas, sea una mujer marroquí o un joven
japonés, una estadounidense y un venezolano, intercambian su cotidianidad
diariamente en ese otro mundo, el que existe detrás del teclado. Unos ofrecen a
otros sus valores, sus creencias, sus experiencias, sus vidas, e
inevitablemente se acrisolan.
Si deseamos una paz fuerte, permanente,
tenemos que escuchar al otro más que a nosotros mismos. Ese eco sordo,
estridente, ese ruido que crea nuestro ego no puede, ni debe, acallar la voz
del otro, ni podemos ser tan arrogantes para despreciar la vida cosmopolita del
neoyorquino o la rural de un pastor de cabras yemení. Cada uno tiene algo
valioso que aportar. No caben dudas de ello. Desde la ruidosa sazón que
enriqueció a la gastronomía estadounidense hasta los celulares que, en manos de
monjas, retrataron al papa León XIV en su primera aparición en la plaza de San
Pedro. Desde el rol de la mujer en la fe musulmana hasta las fiestas rocieras.
Desde la mirada de un budista hasta la de un católico, o, por qué negarlo, de
un ateo. Decía el ganador del premio Nobel Mario Vargas Llosa de este fenómeno,
la globalización; que, lejos de imponer la cultura de una nación sobre otras,
haría prevalecer las riquezas particulares de cada una.
Si queremos construir una Venezuela mejor,
o, si somos más ambiciosos, un mundo más humano, el primer gran paso es ese,
reconocer la verdad del prójimo. Aceptar sus diferencias, abrazarlas, y, como
seres racionales que somos, en una gran mesa redonda - como la del rey Arturo,
donde nadie preside y todos tienen voz – conciliar las hermosas diferencias que
nos hacen únicos, sea que lo hagamos durante la cena familiar o en los comités
para decidir las grandes políticas públicas.


No hay comentarios:
Publicar un comentario