jueves, 5 de junio de 2025

 

     


Palabras, solo palabras

Mariposas amarillas, palometas que revolotean alrededor de las farolas en las calles calurosas. Presagio de desgracias, anuncian un amor imposible, como el de Meme y Mauricio Babilonia. No lo dudo, hay pasión por estas tierras tropicales, y por qué no decirlo, por ello mismo, caóticas, pero, sus querencias, tóxicas, ahogan. Sangre hecha culpa. Sangre que persigue insistentemente.

     Rosales resecos, flores pálidas, que, vestidas con los colores de la muerte, recubren calles, avenidas, veredas, rúas, y en los pies calzados con chancletas, el polvo recubre ampollas, heridas de un camino azaroso, de un sendero empedrado con esas intenciones que, bienintencionadas, de todos modos, nos lleva al tártaro.

     Sentado en un café, bebiendo, fumando, miro a la gente recorrer las aceras. Son bachacos, eco de su cotidianidad exasperante. Las náuseas me empachan las tripas. Endulzo la galaxia en el pocillo de peltre, mitigo su sabor acre, ácido, áspero, cargado de culpas, de resentimientos, y el deseo de vomitar se hace recurrente, terco. Veo las vallas, los rostros sonrientes de demonches, de sátrapas, de vendedores de pócimas y menjunjes milagrosos, y en mis vísceras, la ira se apelmaza con una tristeza insondable. Las náuseas, la cólera.

     La melancolía se hace adagio. Violines y violas, cornos y otros vientos y cuerdas; y el recuerdo de otras épocas, imagen borrosa en la borrasca. Una foto fuera de foco. Solo hay ruido, gritería vulgar, estridencia que acalla la sinfonía. Un murmullo molesto colma los espacios, como un vaho insoportable, irrespirable.  

     Cauce enfurecido, arrastra piedras, palos, cadáveres insepultos y escombros. Lodo y muerte, sangre amelcochada y moscas zumbonas arrasan con todo lo que en su carrera desenfrenada se cruce. Solo queda el colapso y su hijo, el caos. Dolor, llanto, lluvia incesante, aguacero que no consigue lavar el vómito, el hedor, la peste.

     Y lo más triste, en el cielo gris, argamasa que recubre el sepulcro, no se avistan palomas blancas. Sin laureles, sin rosas amarillas, solo nardos, mustios, con su olor a sepulcro. Más que luces, son ellos mesnadas dogmáticas, falanges obstinadas. La noche se nos hace eterna.   

        

viernes, 16 de mayo de 2025

 


     El otro lado de la razón

          Ayúdennos y ayúdense a construir puentes (primeras palabras de Su Santidad León XIV)

Unos y otros alegan argumentos. Unos buenos, otros mejores y desde luego, algunos deficientes, pero, en tanto son opiniones, no son verdaderos ni falsos. Unos llaman a votar, otros, a abstenerse. Para unos, la negociación es la ruta y para otros, otras vías. Coincido con Su Santidad León XIV, en todo caso, la paz debe ser el camino. La verdadera paz.  

     Esa tan anhelada paz no supone la imposición de un pensamiento por encima de otros. Implica la conciliación de ideas, de opiniones y de algo que normalmente omitimos, las experiencias propias de cada uno. Alguien dijo alguna vez – en esa ocasión para justificar falencias y procacidades - que los venezolanos no somos suizos, y, ya lo sabemos todos, no lo somos, como ellos, tampoco venezolanos. Esto, que parece tonto, obvio, encierra una verdad inobjetable: el mundo es, si se quiere, un crisol donde se funden culturas, ideas, creencias, puntos de vista, valores, tradiciones... El mundo tiene tantas verdades como habitantes.

     No me gustan los refranes, algo que copié de Saramago, pero bien puede decirse que, en efecto, cada cabeza es un mundo, o lo que describe mejor esa frase, el mundo se define como un sinfín de realidades, construidas sobre cada individuo y sus circunstancias particulares e inigualables. Lo que es verdad para un tibetano, budista creyente, que espera alcanzar el Nirvana luego de transitar incontables reencarnaciones para purgar sus karmas, no lo es para un estadounidense, seguramente un presbiteriano laxo, ciudadano de una nación primermundista que da por sentado muchas cosas que aquel tibetano, no. Cada uno, ensimismado en su propia visión parroquiana (aun cuando viva en París, Nueva York o Londres), no puede experimentar la cotidianidad del otro, sea un berlinés o un vecino de una aldea pastún en Afganistán.

     La política está llamada a tener esta verdad presente en cada decisión. No puede obviar las distintas realidades, que se mezclan y se entrelazan. Hoy, especialmente, cuando todo queda a la distancia de un clic.

     Por ello, si de verdad queremos construir una sociedad mejor, en Venezuela o Estados Unidos, o, con suerte, mucha suerte, en este mundo nuestro, debemos aceptar que la verdad del otro no es menos verdad que la nuestra. El diálogo, a veces utópico, urge, porque, queramos o no, desvanecidas las fronteras, las personas, sea una mujer marroquí o un joven japonés, una estadounidense y un venezolano, intercambian su cotidianidad diariamente en ese otro mundo, el que existe detrás del teclado. Unos ofrecen a otros sus valores, sus creencias, sus experiencias, sus vidas, e inevitablemente se acrisolan.

     Si deseamos una paz fuerte, permanente, tenemos que escuchar al otro más que a nosotros mismos. Ese eco sordo, estridente, ese ruido que crea nuestro ego no puede, ni debe, acallar la voz del otro, ni podemos ser tan arrogantes para despreciar la vida cosmopolita del neoyorquino o la rural de un pastor de cabras yemení. Cada uno tiene algo valioso que aportar. No caben dudas de ello. Desde la ruidosa sazón que enriqueció a la gastronomía estadounidense hasta los celulares que, en manos de monjas, retrataron al papa León XIV en su primera aparición en la plaza de San Pedro. Desde el rol de la mujer en la fe musulmana hasta las fiestas rocieras. Desde la mirada de un budista hasta la de un católico, o, por qué negarlo, de un ateo. Decía el ganador del premio Nobel Mario Vargas Llosa de este fenómeno, la globalización; que, lejos de imponer la cultura de una nación sobre otras, haría prevalecer las riquezas particulares de cada una. 

     Si queremos construir una Venezuela mejor, o, si somos más ambiciosos, un mundo más humano, el primer gran paso es ese, reconocer la verdad del prójimo. Aceptar sus diferencias, abrazarlas, y, como seres racionales que somos, en una gran mesa redonda - como la del rey Arturo, donde nadie preside y todos tienen voz – conciliar las hermosas diferencias que nos hacen únicos, sea que lo hagamos durante la cena familiar o en los comités para decidir las grandes políticas públicas.

lunes, 14 de abril de 2025


Si las mandarinas fuesen rosas y el café supiese a melancolía

Soy lo que soy y no puedo ser otra cosa. Humo y nostalgia, carne marchita e ideas áridas.  

En la redondez de mi taza de peltre, el cosmos gira al ritmo de la cucharilla. A mi alrededor, edificios de ángulos rectos, encimados sobre la calle, y gente cuadrada deambula taciturna. La luz ocre no destella. Mortecino, luz de vela que se oculta tras las siluetas que encausan a esta grieta estrecha cruzada por un cordel pardo, el sol muere una vez más. La noche arropa la noche, y en ese manto atezado destellan chispas, mordeduras de polillas. Hace calor. Y el humo del cigarrillo se desvanece en un viento que no refresca. Hace calor.

Hiede, no sé si porque el desaguadero está colmado de la hojarasca que cae y cae, o porque todo a mi alrededor emana un tufo acre, semejante al del vómito. El hombre a mi lado, en otra de las mesas, no tiene rostro. Acaso, una nariz en lugar de una oreja y un ojo en lugar de ombligo. Azul y rosa, viste de arlequín. Volteo y en ese café, no hay gente, solo manchas de colores, rayas y aristas, y en el centro, un reloj hecho melcocha.

El aire no es aire. Un vaho, una pesadez que colma mis pulmones y entumece mi mente. Hace calor, y en este valle, el agua es nube, el agua está por doquier, y hierve. Se cuela hasta las tripas, las descompone, la deconstruye en un sinfín de espasmos, de retortijones y punzadas. Bebo y un sabor acre invade mi alma. Veo a mi alrededor y solo veo espantajos, peleles de feria. El aire no es aire, es un soplo caliente, fétido. El humo se desvanece como las ideas, como las ganas de fornicar con la mujer que, al fondo, danza con la suerte, danza con el humo espeso de mi cigarrillo.

Desgano y tristeza son dos perros, grandes, de colmillos filosos y cuerpos robustos. Desde la calle, línea recta que recorre desde una glorieta maltrecha a la cual convergen callejuelas indecisas hasta un callejón oscuro, me observan. Gruñen. Son el Cancerbero y Caronte, y el callejón oscuro, la ciudad de Dite. Ojos negros, labios rojos, su sonrisa es lasciva y su cuerpo, pecado. Me sonríe, la mujer, cuyos senos, generosos, se escapan de sus ropajes. Sin embargo, desgano y tristeza son dos perros, Garm y Xoloitzcuintle, y gruñen y muestran sus colmillos. 

La noche ya es noche, aunque el ocaso ocurrió hace tanto que ya olvidé cuándo. La mesa se derrite, de a poco, y cae, en hilos espesos para hacerse un hueco, o un sauce, no lo sé. La gente, cuervos que graznan, picotean sus platos. Y en ellos, la comida es solo palabras cuadradas, líneas que se disfrazan de ideas. Hace calor, y el aire enrarecido, como un virus, infecta y se hace pandemia.

En la redondez de mi taza de peltre, en la oscuridad de la noche revuelta por una cucharilla de plástico, las galletas saben a sangre y la sangre huele a rosas, y mi mundo se va perdiendo en infinidad de gotas pardas. Mugen. Los escucho, y su barrito, estridente, aturde como el silencio de los cómplices.    



martes, 8 de abril de 2025

 

Amores que matan

Bajó al sótano. En sus bodegas guardaba vino de excelentísima calidad. Se antojó de un Chianti Clásico, tinto, cosecha 2009. Las sangrantes chuletas de cordero en la sartén y el aroma del romero le animaron a abrir una de sus muchas botellas. Descendió las escaleras mientras se restregaba las manos contra el delantal. No encendió la luz. A través de una claraboya entraba suficiente claridad para ver las etiquetas. El olor a humedad y hojarasca resaltaba como si fuese una sepultura abierta. Las paredes de ladrillos emanaban esos perfumes que solo la intimidad de la tierra exuda. Caminó por el pasillo hasta el amplio salón en el que atesoraba su excelente reserva. Sentada sobre un antiguo arcón de maderas, la pudo ver otra vez. 

La conoció muchos años antes, en un festín que duró tres días, si su memoria no le mentía. En ese tiempo vivía él en una hermosa villa de La Toscana, pero luego decidió venirse a este Nuevo Mundo plagado de viejos vicios. Seguía tan hermosa como entonces. Sus ojos azules, como las aguas de la desembocadura del Danubio, mostraban esa tarde un aire melancólico. Su piel era pálida como la tenue neblina que cubría Caracas cuando era niño. Mil preguntas se hizo él mientras frotaba sus manos contra el delantal. En ese instante con más ahínco. Había estado cocinando y le preocupaba sobremanera el hedor a ajo que las impregnaba. Ella no lo miró. Solo veía sus propias manos apoyadas sobre sus muslos y sus dedos, frágiles, se entrelazaban. Por su posición, creyó que oraba. Sus cabellos parecían largas y sedosas hebras de zanahoria. Caían sobre sus hombros. Sus labios, finos y de un intenso tono carmesí, esbozaban una tenue sonrisa. 

—¿Qué haces en este sótano? — preguntó él.

—Sabes que siempre me ha agradado este lugar. Aquí te confesé muchas cosas — Respondió ella —La claraboya es fácil de abrir — agregó.  

—¿Cuántos años han pasado? 

—Muchos para ti. Supongo — concluyó la mujer, que sin apuro, se incorporó del viejo arcón sobre el cual estaba sentada para acercársele. Él detalló entonces la belleza renacentista de su rostro. Cánones perfectos que hubiesen inspirado a Botticelli. Vestía una blusa rosada y unos jeans desteñidos. Calzaba sandalias. Y su cuerpo, aseado y prolijo, sudaba un penetrante olor a nardos que a él le agradaba. 

—¿Sabes que me heriste profundamente? — acusó él —Mil veces te dije que te seguiría hasta la muerte, y tú solo quisiste sexo — agregó.  

—Vine a remediar eso, querido — sentenció ella. 

Él no lograba caminar. Las ideas se apelmazaron en su cabeza. Sintió miedo. Mucho miedo. También vergüenza. Por el hedor a ajo. Le molestaba más de lo habitual. Ella en cambio, sí avanzó hasta encontrarlo, paralizado, como las estatuas de aquel camposanto en Brașov, al pie del castillo Bran. Él ocultó sus manos, pero ella las buscó en la parte posterior de su cuerpo, escondidas en los bolsillos traseros. Las tomó con una fuerza inimaginable para unos dedos tan delicados. 

—Bien sabes que no me importa el olor a ajo — susurró ella.  

Sonrió primero. Y luego, acercando su rostro al de él, abrió su boca como si fuese a darle un beso apasionado, como él los recordaba. Solo entonces, expuso los colmillos que delicadamente hincó en el cuello. 

lunes, 7 de abril de 2025

 

La entrevista

El taxi se detuvo dos cuadras antes. La mujer, visiblemente molesta, pagó y caminó calle abajo, dobló en una esquina y bajó por otra bocacalle hasta llegar a una intersección. En el vértice se encontraba el café. La mujer sudaba. El calor de las primeras horas de la tarde es intenso en Kinshasa. El local estaba sucio. Los vitrales opacados por una pátina bituminosa oscurecían el local. Aún no abrían al público. Las sillas estaban apiladas sobre las mesas desvestidas. Un hombre lavaba los vasos detrás de un mostrador. Parecía ajeno a todo. Ni siquiera miró a la mujer cuando entró, ni estaba pendiente del otro hombre, uno mayor, que se ocultaba detrás de un periódico en el rincón más apartado de la puerta y de las ventanas. Vestía unos pantalones de mezclilla  y una camisa de cuadros que llevaba por fuera. Calzaba unas sandalias de cuero barato. Usaba una gorra de los New York Yankees y unos lentes oscuros.

—¿Quién cree usted que va a buscarlo en este fin de mundo? — increpó de inmediato la mujer.

—¿Siguió mis instrucciones? — indagó el sujeto sin importarle los pocos modales de la mujer.

—Sí. ¿Por qué cree que estoy tan acalorada? — replicó y sin pedir permiso, se sentó en la otra silla disponible.

—¿Qué dijo a su jefe?

—Que seguía una pista para un reportaje que podría ser muy polémico.

—¿No le adelantó nada?

—No.

El hombre detrás del mostrador caminó hasta la puerta del local y la cerró.

 

La niña caminaba por el cementerio de Aurora. Solía hacerlo para acortar el camino hasta su casa. En una ocasión se detuvo frente a un gran roble. Su sombra aminoraba el calor que en los días del verano azota a Texas. Un hombre estaba de pie junto al árbol. Un negro que por viejo ya tenía sus rulos desteñidos y su piel apergaminada. Sus ojos, grandes y amarillentas las córneas, miraban con nostalgia las fuertes raíces que se hincaban en la tierra. El hombre la observó y sin mediar presentaciones ni salutaciones, le preguntó:

—¿Sabes que dice esa placa? — solo entonces la niña advirtió la pequeña chapa de hierro colado clavada en el tronco del árbol —en 1897, enterraron ahí a un extraterrestre que estrelló su nave en un fundo cercano, propiedad de un juez — concluyó. La niña lo miró con incredulidad.

—Mi padre dice que eso son solo pendejadas. Que los marcianos no existen — replicó la niña y, mirando al hombre negro sonreírle, se alejó del roble con paso seguro.

 

—Entonces, ¿va a contarme su historia? — preguntó la mujer.

—¿Trajo el dinero? —

—Sí.

La mujer sacó de la cartera un fajo de billetes de cien dólares atados con una liga. Los metió en un sobre.

—Tome.

El hombre tomó el sobre con el dinero y lo echó en un bolso que colgaba del respaldar de su silla.

—¿No va a contarlo?

—No.

 

Llovía con vigor esa noche. Sin embargo, luego de una exhaustiva búsqueda en unos sembradíos de ágave, unos soldados bajaban enormes cajas de maderas de unos camiones y las guardaban en un galpón de la base Wright-Paterson. Un teniente coronel de la aviación estadounidense vociferaba órdenes. Más tarde llegó una ambulancia. Dos soldados bajaron tres camillas. En ellas iban cuerpos cubiertos con trapos negros.

—Huelga decir que lo que han visto es secreto. No pueden divulgarlo a nadie. Ni siquiera a sus parientes más cercanos. Yo les digo además, no lo hagan… por su propio bien. Yo lo voy a hacer. Tengo una hija y no quisiera que le ocurriera nada malo — dijo el teniente coronel.

Hubo silencio.

 

—¿Usted ha escuchado de la misión Apolo 20? — preguntó el hombre de la gorra de los Yankees.

—No.

—Después del Apolo 15, todo cambió.

—¿Qué dice?

—La última misión no fue la del Apolo 17. Hubo tres más. Una de ellas fracasó. Yo estuve en la última.

—¿La 20?

—Sí.

—¿Y que vio?

 

La noche parecía apacible en el piso 18 del Hospital Bethesda. Las enfermeras de turno solo chismeaban en su puesto. Por eso no advirtieron a los dos hombres que cruzaron como los gatos el amplio corredor hasta la habitación 17-01. Vestían de negro. Usaban gafas oscuras y sombrero. Sus rostros no expresaban nada. Como si en esos caballeros vestidos de negro no hubiese vida.

El ministro dormía. Momentos más tarde, yacía sobre la acera. Todo su cuerpo era un saco de huesos rotos. Los medios dijeron que se había suicidado.

 

—¿Qué vi? — Preguntó el hombre de la gorra de los Yankees —¿Ha escuchado algo sobre Mona Lisa?

—Sí. Claro. La pintura de Da Vinci.

—No. No me refiero a esa.

—¿Hay otra?

—Por supuesto. Y le aseguro, mucho más interesante.

La mujer sonrió.

 

Un general del ejército estadounidense entró en la Oficina Oval. El presidente bebía un whisky. El general dejó caer un cartapacio sobre el escritorio.

—¿Qué es? — increpó el presidente.

—Léalo. Es solo para sus ojos.

—¿Otro proyecto armamentista? ¿Otra bomba?

—No. Es otra cosa. Léalo, por favor.

El presidente lo leyó. Dejó caer el cartapacio. Su rostro cambió. Luego bebió su whisky de un solo trago.

 

—Mona Lisa es una mujer alienígena. La encontramos muerta en una nave que al parecer se estrelló en la luna hace unos dos mil años.

—¿Una alienígena?

—Sí.

—¿Una nave de dos mil años de antigüedad?

—Sí.

—Mi padre solía decir que eso eran pendejadas. Que los marcianos no existen.

—Pues sí existen. Yo lo pude ver. Usted vio las grabaciones en You Tube.

—Eso es un hoax. Usted lo sabe. Muy bien logrado, ciertamente, como la famosa autopsia al extraterrestre. Pero no cuidaron suficientemente los detalles.

—Usted sabe que no es un hoax.

La mujer se puso de pie. Lo miró.

—¿Se va? ¿No quiere escuchar el resto?

—No. Ya me dijo suficiente — contestó la mujer tajantemente. Luego sacó una Walter PPK de su cartera y disparó contra el hombre. Dos balazos. Uno en el pecho y otro en la cara.

El hombre del mostrador se acercó y se echó al muerto al hombro.

—Yo me encargo — le dijo a la mujer.

 

El cuento de Martita

Santa Cruz de Huesca no tenía más de cuarenta casas. Todas paupérrimas. Todas construidas a mano con troncos atados con mecate y recubiertos con lodo seco. Guardadas del clima implacable de la selva por techumbres de paja y caña brava, se reunían alrededor de un descampado en medio del follaje donde el sol golpeaba una glorieta de cemento tal como el herrero castiga el metal ardiente sobre su yunque. Un ejército de árboles fornidos protegía al caserío, habitado por unas doscientas almas. Y no eran menos porque procrear muchachos parecía ser la única diversión posible. Sus habitantes comenzaban a retozarse apenas surgían señas tempranas de pubertad. Únicamente podía accedérsele por el río. El camino pertenecía a la guerrilla desde que Pedro Antonio Marín asumió el nombre de Manuel Marulanda y el imaginario popular se inventó a Tirofijo y La Marquetalia. Por eso liberales y conservadores habían olvidado que en medio del boscaje se encontraba Santa Cruz de Huesca: una aldehuela moribunda.

Ahí nació Martita hace veintitantos años. Hija de un bodeguero. Un rumano abandonado quién sabe por qué en ese lugar inhóspito tan lejos de su tierra natal. Su madre era una india hermosa que hechizó al rumano. Por eso Martita era pálida como la Muerte. Sus genes paternos dominaron con tal enjundia su piel que el sol inmisericorde del trópico no lograba ruborizarla. Sus cabellos manaban generosamente para caer en una melena negra como el alma de Judas. Sus ojos mimetizaron el musgo fresco al pie de los árboles. Su rostro era achatado y redondo como el de su madre. Herencia de su linaje indio. Dibujaba rasgos agraciados que prometían una mujer hermosa. Su cuerpo era enjuto, por una vida precaria. Sin embargo a medida que fue creciendo, sus formas fueron delineándose con más belleza y, sobre todo, sensualidad. El mestizaje hizo de ella una mujer todavía más hermosa que su madre. Sus pechos crecieron redondos y firmes en donde antes hubo un torso raquítico. Sus caderas cenceñas aumentaron, invitando a la idea de muchos hijos y, por supuesto, al acto de procrearlos. Su cintura conducía la vista a las ropas estrechas que calcaban sus intimidades. Sus muslos se tornearon perfectos de tanto caminar por esos montes perdidos. Por eso su madre le habló sobre las verdades de la vida aquel día que las sangres bajaron de su vientre por primera vez.

Su casa era como las demás: menesterosa. Un salón estrecho de piso de cemento repartía a sus habitantes en dos habitaciones. Una de menor tamaño albergaba a sus padres y en la otra dormían ella y sus dos hermanos mayores. No tenían puertas. Apenas unas cortinas raídas. Razón por la cual estaba habituada al jadeo de los muchachos complaciéndose a solas, así como al chirrido del tálamo de sus padres, un catre amplio y desvencijado, mientras aquel rumano descargaba su vigor en el vientre de aquella india de carnes firmes.

Apenas aprendió a escribir. Su madre sabía que su vida necesitaba más del arte femenino que de las enseñanzas que el sacerdote logró inculcarle. Sin embargo, demostraba avidez por aprender, por saber cosas. Claro, en un principio, el oficio de su madre: cocinar. Quién sabe cómo, heredó de sus antepasadas rumanas las artes del embrujo. Sus guisos hechizaban a todos en ese pueblo. Aun el sacerdote sucumbía ante el encantamiento de sus cocimientos. Pero, más temprano que tarde, su voracidad por descubrir que había más allá de los confines de ese poblado la sedujo. Sobre todo aquella tarde, cuando descubrió que al otro lado del río se encontraba un país diferente. Quizás un reino, como ésos que relataban los cuentos de hadas que el cura usaba para enseñarle a leer, aunque sólo podía ver la misma estampa de este lado: los mismos ranchos y la misma gente desventurada. Desde entonces, acompañaba a su madre al río, gustosa. Se detenía en un montículo para ver la orilla opuesta e inventarse historias y fábulas.

Una tarde, como cualquiera otra en ese infierno, ella acompañó a su madre al río. Apenas abandonaba la silueta enjuta de la niñez para definir la de una mujer. Su madre fregoteaba las camisas hediondas a jornada dura en el campo, y ella las tendía sobre unos peñascos al borde de las aguas parduscas. Vestía una blusa que mostraba unos pechos incipientes. La falda raída y corta descubría las piernas torneadas y, a ratos, el viento soplaba con fuerza para desnudar sus partes más íntimas.

—¡Muchacha! — gritaba su madre —¡Cuídate que el diablo siempre asecha! — pero no hay hijo que obedezca a sus padres y menos cuando las hormonas comienzan a aflorar.

El ruido ronco de un motor acalló los gritos de su madre. El oleaje se hizo más evidente y el espumajo lechoso de unas aguas turbias salpicó las rocas y, quizás, la ropa que Martita estaba tendiendo. Ella miró el bote que cruzaba el caudal. Su madre, mujer resabiada en esas tierras inhóspitas, se acercó para ocultar a su hija. Sin embargo, le resultó imposible impedir que los ojos de Martita se encontrasen con los del hombre en el lanchón. Negros e insondables. Hincados en unas cuencas profundas y ojerosas, como lo son los del propio Satán. Su cabello, atezado como una noche sin luna ni estrellas se confundía con el pelambre enmarañado que cubría gran parte del rostro. Quizás sólo fueron unos instantes, pero Martita sintió aquella mirada de tal modo, que pudo sentir las manos huesudas del hombre asirle con firmeza los muslos y el aliento fétido a tabaco negro sobre su cuello.

—¡Válgame Dios! Ese hombre tenía la mirada de Lucifer — dijo su madre y se persignó.

Esa misma noche Martita no pudo dormir. Sentía aquellas manos huesudas acariciarle los pechos y sus otras partes. Jadeaba ¡Como sus hermanos! La piel hervía como si tuviera las calenturas de una fiebre. Los vellos se erizaban y su respiración se cortaba a ratos. Sus muslos cedían al paso indecente de las manos. Toda ella temblaba. Sentía un hormigueo a través del cuerpo, cada vez más vigoroso. Se volteó, cara a la pared. Se cubrió con unas mantas, a pesar del sofocón. Quizás avergonzada. Estrechaba sus piernas mientras las manos acariciaban sus partes. Toda ella temblaba. Mordía la almohada para ocultar su jadeo. Hasta que un estallido de cosquillas y espasmos le recorrió el vientre. Sus piernas se relajaron y su respiración retomó su ritmo habitual. Sólo entonces logró dormirse.

 

Augusto Fernández huyó de la facultad. Quizás deseaba estudiar economía. Pero una tarde escuchó sobre La Marquetalia y su vida cambió. Abandonó sus estudios, tal vez porque asumió un odio visceral hacia las costumbres burguesas que aprendió en su hogar, regentado por un empleado bancario, terco y adusto, y una enfermera sumisa a las órdenes del esposo, suerte de amo. Oyó hablar de Marulanda y se enroló por esos montes de Dios, en busca de Tirofijo y el Mono Jojoy. Su paso por la facultad y, sobre todo, aquel joven profesor, idealista hasta el tuétano, le inculcaron sus ideales sobre la revolución de las masas y la construcción de la utopía posible. Emulaba a Ché y admiraba a Castro... Sí. Augusto Fernández no cumplía veintitrés años cuando se unió a las FARC.

—¿Será que usted tiene madera pa’ esto? — preguntó, malicioso, algún jefe guerrillero que le tocó en suerte —A ver — agregó, y tomó su pistola y se la entregó. Los ojos se inyectaron de odio, de encono viscoso. Entonces espetó sin pudor: vuélale los sesos a este hijoeputa. Augusto tomó la pistola y la posó sobre la nuca del infeliz. Su mirada era en esos años ingenua y despistada...

—¿Será que usted tiene cojones? — esputó como si fuera un salivazo. Todos los músculos del cuerpo de Augusto se tensaron. Aun los de la mano. El sonido fue sordo. Seco. Rápido. El cuerpo del infeliz cayó como un saco de papas sobre el fango. Ese mismo día Augusto Fernández asumió el nombre de Comandante Facundo. Ese mismo día perdió la mirada infantil del joven estudiante y adquirió la mirada del mismo diablo.

 

Martita creció. Sus formas femeninas se dibujaron a plenitud y, de ser la niña flaquita que cocinaba sabroso, se transformó en la apetencia de los jóvenes del caserío. La cortejaban con regalos. Aun los más afortunados acudían con frecuencia al negocio de su madre para comprar sus guisos y, sobre todo, galantearla. Una tarde, húmeda y caliente, salió a caminar, para desprenderse de los calores del fogón de su madre. Había brisa aunque en vez de refrescar, arrastraba un vaho denso y pegajoso. Se desnudó en un recodo del río. Una suerte de poza fría donde aquietó el calor desesperante. Su cuerpo ya no era el de una niña. Por el contrario, a pesar de su juventud – apenas dieciséis años – mostraba formas de una mujer mayor. Su cabello largo y negro flotaba sobre las aguas turbias que ocultaban su desnudez del mancebo oculto tras los arbustos.

—Sal de ahí Tulio — dijo. Tal vez había heredado las artes taumatúrgicas de sus ancestros rumanos.

—Mierda... Usted como que en verdad es bruja — respondió Tulio, que timorato, emergía de los mogotes.

—¿Quieres meterte? — Tulio no aguardó. De inmediato se zambulló en aquella poza junto a esa mujer hermosa.

Él la besó primero en la mejilla. Como otras veces. Cuando le llevaba flores silvestres arrancadas de los montes vecinos. Ella lo miró. Otro beso más. Claro, pero esta vez en los labios carnosos. Luego las manos recorrieron el torso, con suavidad, hasta reunirse sobre los pechos generosos.

—Usted sí que es bonita — dijo Tulio. Su voz titiritaba. Tal vez por la frialdad de las aguas del río o quizá por el caudal de hormonas que ya le arrebataban el entendimiento. El roce de la piel los excitaba mientras danzaban uno alrededor del otro.

—Mi tío, usted sabe, el que ha estado reclutando muchachos por estas tierras, me ha pedido que me una a la lucha contra las injusticias — dijo Tulio, y mientras las manos ásperas del joven osaban abrir sus piernas impúdicamente, ella recordaba los sermones del padre, un cura exiliado a esos parajes del fin del mundo por su filiación a la teoría de la liberación. Sus manos, endurecidas por el trabajo junto al fogón de su madre palpaban las imperfecciones del rostro de Tulio, un prospecto de hombre tallado a golpes sobre un niño. A ratos, Martita recordaba las frases de su padre, ya fallecido, sobre la revolución en su país. Otro beso, más intenso, y escuchaba el discurso de su madre, maldiciendo al gobierno de la capital por haber olvidado aquel hueco en medio de la nada.

—Será que más nunca voy a verle — alegó Tulio, para excusar su atrevimiento, porque los deseos desbordaban su razón.

—Será que usted va a dejar de decir pendejadas — respondió Martita a la vez que invitaba a Tulio a acercarse más. Tomaba sus manos y las posaba sobre sus pechos. Tulio titiritaba de frío, tal vez. Otro beso, todavía más apasionado. Martita recordaba los cuentos sobre La Marquetalia y ese mito que mentaban Tirofijo. El caudal de deseos se desbordó. Más besos. Cada vez más obscenos. Martita no pudo contener su pudor ¡Que va! Ella misma condujo a Tulio hasta su intimidad. Un piquete, casi un puntillazo. Un gemido, luego un jadeo prolongado... y aquellos ojos insondables de aquel hombre aparecieron frente a los suyos.

 

El imaginario popular inventó leyendas sobre el Comandante Augusto. Algunos decían que era Ché reencarnado. Y tal vez lo fuese, porque una tarde de mayo, masacró a un grupo de soldados del ejército colombiano con su propia mano, como Ché a los infelices en La Cabaña. Y como Ché, parecía gozarlo. Muchos le temían. Algunos deseaban matarlo. No hubo mujer en esos parajes perdidos que no cayese tentada por él. Porque dicen las lenguas resabiadas de esos parajes perdidos en las Selvas de San Camilo, que era guapo, o si emulo a Miguel Ángel Asturias, bello  como Satán. Los lugareños aseguraban que él era el mismo Lucifer. No hubo pueblo ni caserío donde no sembrase pánico y, por qué negarlo, pasiones desenfrenadas. Su solo nombre invitaba al terror... Quizás porque así se comportan aquéllos que le han vendido su alma al maligno.

 

Martita ya tenía un año viviendo con Tulio cuando el comandante Facundo entró en Santa Cruz de Huesca. Sus hombres se apoderaron de todo. Al sacerdote, envejecido, lo mataron como quien mata a un perro. A la madre de Martita le obligaron a pagar una contribución para la lucha armada y a los pocos campesinos, les exigieron donar sus gallinas y sus chivos para alimentar a los combatientes. A los muchachos los reclutaron. E hicieron de Santa Cruz de Huesca su campamento. Quizás porque la frontera estaba tan cerca y este hecho facilitaba su huida del ejército colombiano. Al prefecto lo balearon en medio de la glorieta.

—¡Ay mi Dios! — dijo la madre de Martita. El rostro del Ángel Caído no se olvida fácilmente. Quiso resguardar a su hija pero ya era tarde. De nuevo, los ojos insondables de aquel demonio se encontraron con los de su hija. Martita pudo sentir otra vez las manos lascivas hurgándole sus partes. Tal vez sintió miedo, pero el hormigueo le abrumó el cuerpo. Su piel se erizó. Corrió. Huyó.

—¡La autoridad soy yo! — vociferó el comandante Facundo. En ese momento, Tulio salió a abrazar a su tío. La presencia de su sobrino le aquietó el mal genio. 

—¿Quién era esa jovencita? — preguntó.

—Mi mujer, tío — respondió Tulio.

—Carajo, tan mozo y ya con una hembra fija...

Esa misma noche, Tulio murió. 

 

El comandante Facundo ya llevaba meses dominando al pueblo. Hizo de éste su propio predio. Y como tal, asignaba tareas a los pobladores. Martita debía cuidar al hijo de un empresario venezolano, secuestrado meses atrás. El joven no tendría treinta años y ya mostraba señas de fatiga y maltrato. Su cuerpo, antes robusto, era enjuto y maltrecho. Sus cabellos largos y su barba descuidada ocultaban un rostro huesudo, pero bien parecido. Su mirada era triste. Desesperanzada.

—Por éste nos pueden dar diez millones de dólares — dijo el comandante Facundo, como si ese muchacho fuese una res en vez de un ser humano. Martita era muy muchacha entonces y, como era de esperarse, se prendó del venezolano.

—¿Tú qué te crees? — preguntó el comandante Facundo. El joven no comprendía o, acaso, no quería comprender. El comandante Facundo no era paciente ¡Que va! Cogió al joven por un brazo y lo llevó monte adentro. Nadie escuchó los disparos. Martita entendió. Nadie podía acercársele. Todo el pueblo pertenecía al comandante Facundo. Incluso las almas... Y sobre todo, ella.

 

—Voy a visitar a mi abuela enferma — dijo. Su voz estaba quieta. Sin embargo, creyó que sus pensamientos la delatarían – mire, si sólo llevo estas tres pendejadas porque vuelvo en unos dos días – agregó. Así burló el cerco construido por el comandante Facundo, para que ella no huyese del pueblo. Quizás minimizó la astucia femenina.

En efecto, Martita no volvió.

 

Martita llegó a un poblado, San José del Río, otro caserío olvidado en medio de las selvas de San Camilo. Muy cerca de la frontera venezolana. Dos semanas después se encontraba en Barinas. Y unos meses más tarde, ya vivía en Caracas. Sin documentos, claro. Pero alejada de los ojos insondables. Perversos, y por eso, atractivos... Seguramente más de lo que ella misma podía imaginar, porque no hubo noche en muchas semanas que Martita no sintiese el vigor del comandante Facundo sobre su vientre.

Supo, por esos correos informales, que el comandante Facundo había arrasado con Santa Cruz de Huesca. Que había fusilado al infeliz que la dejó marcharse. Que la persiguió por todos los confines de ese rincón del mundo, olvidado por todos. Supo, incluso, que por poco mata a una joven en otro caserío aledaño, por parecérsele, porque la confundió y cegado por el odio, la decepción y por qué no, por haberse dejado timar, casi le dispara en el rostro. Pero el tiempo siempre se ocupa de borrarlo todo, sobre todo los malos recuerdos ¿Sí? Quién sabe.

Martita ya no sentía las manos impúdicas. Se había acostumbrado a vivir sola. Santa Cruz de Huesca era cenizas en sus recuerdos. Pero Satanás es maligno. Nos atormenta con esas cosas que más tememos. Una tarde, mientras ella servía el café a unos invitados en la casa de sus patronos, encontró de nuevo aquellos ojos profundos, inexpugnables, ésos que tanto la torturaron y ¿complacieron? en el pasado. Su rostro, descubierto de los pelambres desordenados, se mostraba aun afable. Su cabello, recortado y acicalado, dejaba ver a un hombre adusto y bien parecido.

—Gracias Martita — dijo la dueña de casa. Martita corrió a su cuarto. Otra vez las manos indecentes hurgaban debajo de sus faldas. Asían sus muslos con vigor viril. Jadeaba de nuevo, como si un embrujo le hiciese sentir el hormigueo incesante, los espasmos y los calambres... ese cosquilleo en el vientre.

—Ay, mi buen Dios — dijo. Después se sentó, para llorar. Claro, a solas. Sus pensamientos podían delatarla: ¿Qué diría la señora?

Quizás consiguió calmarse. Pensar. Tomó un cuchillo. Uno grande para despostar carne y lo ocultó en su delantal. La invisibilidad de su trabajo le facilitó las cosas.

—Ay, mi Dios... Martita ¿Qué hace? — preguntó otra mujer, mayor y con más años trabajando en esa casa. Martita no respondió, la rabia y el dolor impregnaban sus ojos y su garganta de tal modo, que las palabras se ahogaban. Salió de nuevo al salón y sin detener su paso, para no acobardarse, avanzó hacia ese hombre que la desgració tanto. La sangre derramada manchó todo...

—¡Virgen Santísima! – gritó la señora —¿Qué has hecho, mujer? — increpó.

—Terminar con mi agonía — respondió. Luego cayó al suelo y empezó a llorar.

 

La luz mañanera iluminó aquel edificio feo, raído. El cielo estaba lavado, luego de una noche lluviosa. Grandes charcos creaban pozas en el pavimento irregular, donde pájaros tomaban agua y lavaban sus alas. El rocío emulsionaba con infinidad de gotas las hojas de la maleza junto al enorme portón metálico. El chirrido estremeció a la madre de Martita. Habían transcurrido doce años, ocho meses y cuatro días desde que el juez la echó en ese hueco por asesinar a un hijoeputa. El hedor penetró violentamente las narices de aquella mujer, envejecida por el dolor más que por los años. Acre. Como si hubiesen concentrado galones de orine. Una mujer hombruna la recibió.

—Pase Usted — dijo. Su tono era amargo, como las malas noticias.

—¿Pasó algo? — increpó la madre, angustiada.

—No. Sólo espere aquí.

Al rato, largo, desesperante, regresó la mujer hombruna y detrás venía Martita. Sus cabellos, negros como su suerte, se habían desteñido y mostraban un tono grisáceo. Sus ojos verdes y enormes reflejaban amargura y dolor. Sus caderas ya no eran hermosas y sensuales, sino amplias y fofas, como sus nalgas. Sus senos, grandes, desprendidos, como si el peso de tantas desventuras los hubiese aflojado.

—Mija... — la madre lloró. Claro. Martita también. Desde luego.

—Al menos soy libre — sentenció. 

viernes, 23 de febrero de 2024

 


     La casa de los encuentros

Si algo dibuja en mi mente la casa de La Lagunita es mi tío Gustavo, echado en su sillón, escuchando ópera y leyendo algún libro de su enorme biblioteca.

Ahí vivió mi abuelo sus últimos años, y ahí nos dábamos cita todos sus descendientes, para escucharlo, para disfrutar de su incalculable jovialidad.

Por ello, dedico estas pocas palabras a esas dos personas tan importantes en esta, mi querida familia: Gustavo Planchart Manrique y Vaivén Pocaterra.  

 

Solo escombros, recuerdos que, como la ruinas, evocan días pasados, yacen en esa calle de La Lagunita aquella cita con las querencias. Días mejores, sin lugar a dudas, aquellos en los que nos reuníamos todos alrededor de Vaivén o como lo llamábamos sus nietos, papapapa.

     No era su casa. Mi abuelo nunca fue un hombre adinerado, aunque sí inmensamente afortunado. Su riqueza estaba en las carcajadas de sus nietos, en el afecto de sus hijos, en su debilidad por aquellos bisnietos que llegó a conocer. Su principal herencia no fueron los caudales ni los bienes, sino el recuerdo vivo de un hombre que nunca renunció a vivir. Cuando su esposa por más de cincuenta años ya no podía manejar su propia casa por culpa de una artritis deformante y el peso de los años en su cuerpo, se mudó a la de su hija mayor, mi tía Inés, y de su esposo, mi tío Gustavo, alguien particularmente admirado por quienes le conocimos cercanamente. No lo dudo, un faro en la vida de muchos.  

     Los domingos, cita regular de hijos, nietos y bisnietos, de hijos y nietos adquiridos, e incluso, los prestados, que de tiempo en tiempo llegaban de la mano de los nietos mayores, unos se arremolinaban en el cuarto de mi tío, para ver la champion league, algún juego de la MBL o la final de US Open. Otros chismeaban trivialidades en el amplio salón de la casa. A veces, nos hechizaban las anécdotas, ciertamente aderezadas, que Vaivén relataba en el estar, ahí donde regularmente cada Navidad mi tía colocaba un pesebre cada vez más grande. Debo decirlo, fue él, testigo de primera mano de una nación que ya duerme en el olvido, de una nación que ha ido borrándose para ser reemplazada por otra.

     Hasta una treintena de personas podían congregarse en esa casa un domingo cualquiera. Mi tía Inés, mucho más que mi tío, suerte de ermitaño más dado a sumergirse en las profundidades de algún buen libro, disfrutaba aquel festín de chistes, carcajadas, de cuentos y fábulas. Mi tía se regodeaba en ese banquete de recuerdos, los de una familia fortalecida a la sombra de ese gran árbol que siempre fue nuestro papapapa. En ocasiones, por la tarde, en ese día para hacer las tareas diplomáticas, tocaban a la puerta Jorge, primo de mi tía Inés, o un sobrino de mi tío, Kenny, un gringo venezolanizado por sus genes maternos, a quien, sin serlo realmente, yo también lo considero mi primo. 

     No solo Pedro, hijo de mi tía Inés y mi tío Gustavo, último de ellos en casarse, sino Gerardo, mi primo, y yo mismo celebramos nuestras bodas en esa casa. Y ahí se celebraron los cincuenta años de matrimonio de mis tíos, los ochenta años de Carmen Cecilia y ya olvidé cuantos bautizos. En esa casa se casó por lo civil mi hermana Pili con su esposo, Eduardo. Hoy, ella participa de ese encuentro dominical con las que ya han partido a ese otro mundo, al que, tarde o temprano, todos estamos convidados.

     La casa ya no es el refugio de una familia deliciosamente bulliciosa. Sus columnas dieron lugar a uno de esos cajones tan de moda en estos tiempos revolucionarios. Vejada por los rateros, afeada por el abandono de quienes debimos avanzar en nuestras propias historias y por la irremediable fragmentación familiar en nuevos grupos alrededor de quienes como el nuestro, son ahora abuelos, tal vez conserve en sus cimientos la felicidad de una familia que, a pesar de muchas pruebas y dificultades, de días dolorosos, se ha mantenido firme en ese propósito de amarse, de ser feliz.