lunes, 7 de abril de 2025

 

La entrevista

El taxi se detuvo dos cuadras antes. La mujer, visiblemente molesta, pagó y caminó calle abajo, dobló en una esquina y bajó por otra bocacalle hasta llegar a una intersección. En el vértice se encontraba el café. La mujer sudaba. El calor de las primeras horas de la tarde es intenso en Kinshasa. El local estaba sucio. Los vitrales opacados por una pátina bituminosa oscurecían el local. Aún no abrían al público. Las sillas estaban apiladas sobre las mesas desvestidas. Un hombre lavaba los vasos detrás de un mostrador. Parecía ajeno a todo. Ni siquiera miró a la mujer cuando entró, ni estaba pendiente del otro hombre, uno mayor, que se ocultaba detrás de un periódico en el rincón más apartado de la puerta y de las ventanas. Vestía unos pantalones de mezclilla  y una camisa de cuadros que llevaba por fuera. Calzaba unas sandalias de cuero barato. Usaba una gorra de los New York Yankees y unos lentes oscuros.

—¿Quién cree usted que va a buscarlo en este fin de mundo? — increpó de inmediato la mujer.

—¿Siguió mis instrucciones? — indagó el sujeto sin importarle los pocos modales de la mujer.

—Sí. ¿Por qué cree que estoy tan acalorada? — replicó y sin pedir permiso, se sentó en la otra silla disponible.

—¿Qué dijo a su jefe?

—Que seguía una pista para un reportaje que podría ser muy polémico.

—¿No le adelantó nada?

—No.

El hombre detrás del mostrador caminó hasta la puerta del local y la cerró.

 

La niña caminaba por el cementerio de Aurora. Solía hacerlo para acortar el camino hasta su casa. En una ocasión se detuvo frente a un gran roble. Su sombra aminoraba el calor que en los días del verano azota a Texas. Un hombre estaba de pie junto al árbol. Un negro que por viejo ya tenía sus rulos desteñidos y su piel apergaminada. Sus ojos, grandes y amarillentas las córneas, miraban con nostalgia las fuertes raíces que se hincaban en la tierra. El hombre la observó y sin mediar presentaciones ni salutaciones, le preguntó:

—¿Sabes que dice esa placa? — solo entonces la niña advirtió la pequeña chapa de hierro colado clavada en el tronco del árbol —en 1897, enterraron ahí a un extraterrestre que estrelló su nave en un fundo cercano, propiedad de un juez — concluyó. La niña lo miró con incredulidad.

—Mi padre dice que eso son solo pendejadas. Que los marcianos no existen — replicó la niña y, mirando al hombre negro sonreírle, se alejó del roble con paso seguro.

 

—Entonces, ¿va a contarme su historia? — preguntó la mujer.

—¿Trajo el dinero? —

—Sí.

La mujer sacó de la cartera un fajo de billetes de cien dólares atados con una liga. Los metió en un sobre.

—Tome.

El hombre tomó el sobre con el dinero y lo echó en un bolso que colgaba del respaldar de su silla.

—¿No va a contarlo?

—No.

 

Llovía con vigor esa noche. Sin embargo, luego de una exhaustiva búsqueda en unos sembradíos de ágave, unos soldados bajaban enormes cajas de maderas de unos camiones y las guardaban en un galpón de la base Wright-Paterson. Un teniente coronel de la aviación estadounidense vociferaba órdenes. Más tarde llegó una ambulancia. Dos soldados bajaron tres camillas. En ellas iban cuerpos cubiertos con trapos negros.

—Huelga decir que lo que han visto es secreto. No pueden divulgarlo a nadie. Ni siquiera a sus parientes más cercanos. Yo les digo además, no lo hagan… por su propio bien. Yo lo voy a hacer. Tengo una hija y no quisiera que le ocurriera nada malo — dijo el teniente coronel.

Hubo silencio.

 

—¿Usted ha escuchado de la misión Apolo 20? — preguntó el hombre de la gorra de los Yankees.

—No.

—Después del Apolo 15, todo cambió.

—¿Qué dice?

—La última misión no fue la del Apolo 17. Hubo tres más. Una de ellas fracasó. Yo estuve en la última.

—¿La 20?

—Sí.

—¿Y que vio?

 

La noche parecía apacible en el piso 18 del Hospital Bethesda. Las enfermeras de turno solo chismeaban en su puesto. Por eso no advirtieron a los dos hombres que cruzaron como los gatos el amplio corredor hasta la habitación 17-01. Vestían de negro. Usaban gafas oscuras y sombrero. Sus rostros no expresaban nada. Como si en esos caballeros vestidos de negro no hubiese vida.

El ministro dormía. Momentos más tarde, yacía sobre la acera. Todo su cuerpo era un saco de huesos rotos. Los medios dijeron que se había suicidado.

 

—¿Qué vi? — Preguntó el hombre de la gorra de los Yankees —¿Ha escuchado algo sobre Mona Lisa?

—Sí. Claro. La pintura de Da Vinci.

—No. No me refiero a esa.

—¿Hay otra?

—Por supuesto. Y le aseguro, mucho más interesante.

La mujer sonrió.

 

Un general del ejército estadounidense entró en la Oficina Oval. El presidente bebía un whisky. El general dejó caer un cartapacio sobre el escritorio.

—¿Qué es? — increpó el presidente.

—Léalo. Es solo para sus ojos.

—¿Otro proyecto armamentista? ¿Otra bomba?

—No. Es otra cosa. Léalo, por favor.

El presidente lo leyó. Dejó caer el cartapacio. Su rostro cambió. Luego bebió su whisky de un solo trago.

 

—Mona Lisa es una mujer alienígena. La encontramos muerta en una nave que al parecer se estrelló en la luna hace unos dos mil años.

—¿Una alienígena?

—Sí.

—¿Una nave de dos mil años de antigüedad?

—Sí.

—Mi padre solía decir que eso eran pendejadas. Que los marcianos no existen.

—Pues sí existen. Yo lo pude ver. Usted vio las grabaciones en You Tube.

—Eso es un hoax. Usted lo sabe. Muy bien logrado, ciertamente, como la famosa autopsia al extraterrestre. Pero no cuidaron suficientemente los detalles.

—Usted sabe que no es un hoax.

La mujer se puso de pie. Lo miró.

—¿Se va? ¿No quiere escuchar el resto?

—No. Ya me dijo suficiente — contestó la mujer tajantemente. Luego sacó una Walter PPK de su cartera y disparó contra el hombre. Dos balazos. Uno en el pecho y otro en la cara.

El hombre del mostrador se acercó y se echó al muerto al hombro.

—Yo me encargo — le dijo a la mujer.

No hay comentarios: