La
entrevista
El taxi se
detuvo dos cuadras antes. La mujer, visiblemente molesta, pagó y caminó calle
abajo, dobló en una esquina y bajó por otra bocacalle hasta llegar a una
intersección. En el vértice se encontraba el café. La mujer sudaba. El calor de
las primeras horas de la tarde es intenso en Kinshasa. El local estaba sucio.
Los vitrales opacados por una pátina bituminosa oscurecían el local. Aún no
abrían al público. Las sillas estaban apiladas sobre las mesas desvestidas. Un
hombre lavaba los vasos detrás de un mostrador. Parecía ajeno a todo. Ni
siquiera miró a la mujer cuando entró, ni estaba pendiente del otro hombre, uno
mayor, que se ocultaba detrás de un periódico en el rincón más apartado de la
puerta y de las ventanas. Vestía unos pantalones de mezclilla y una camisa de cuadros que llevaba por
fuera. Calzaba unas sandalias de cuero barato. Usaba una gorra de los New York
Yankees y unos lentes oscuros.
—¿Quién
cree usted que va a buscarlo en este fin de mundo? — increpó de inmediato la
mujer.
—¿Siguió
mis instrucciones? — indagó el sujeto sin importarle los pocos modales de la
mujer.
—Sí. ¿Por
qué cree que estoy tan acalorada? — replicó y sin pedir permiso, se sentó en la
otra silla disponible.
—¿Qué dijo
a su jefe?
—Que
seguía una pista para un reportaje que podría ser muy polémico.
—¿No le
adelantó nada?
—No.
El hombre
detrás del mostrador caminó hasta la puerta del local y la cerró.
La niña
caminaba por el cementerio de Aurora. Solía hacerlo para acortar el camino
hasta su casa. En una ocasión se detuvo frente a un gran roble. Su sombra
aminoraba el calor que en los días del verano azota a Texas. Un hombre estaba
de pie junto al árbol. Un negro que por viejo ya tenía sus rulos desteñidos y
su piel apergaminada. Sus ojos, grandes y amarillentas las córneas, miraban con
nostalgia las fuertes raíces que se hincaban en la tierra. El hombre la observó
y sin mediar presentaciones ni salutaciones, le preguntó:
—¿Sabes
que dice esa placa? — solo entonces la niña advirtió la pequeña chapa de hierro
colado clavada en el tronco del árbol —en 1897, enterraron ahí a un
extraterrestre que estrelló su nave en un fundo cercano, propiedad de un juez —
concluyó. La niña lo miró con incredulidad.
—Mi padre
dice que eso son solo pendejadas. Que los marcianos no existen — replicó la
niña y, mirando al hombre negro sonreírle, se alejó del roble con paso seguro.
—Entonces,
¿va a contarme su historia? — preguntó la mujer.
—¿Trajo el
dinero? —
—Sí.
La mujer
sacó de la cartera un fajo de billetes de cien dólares atados con una liga. Los
metió en un sobre.
—Tome.
El hombre
tomó el sobre con el dinero y lo echó en un bolso que colgaba del respaldar de
su silla.
—¿No va a
contarlo?
—No.
Llovía con
vigor esa noche. Sin embargo, luego de una exhaustiva búsqueda en unos
sembradíos de ágave, unos soldados bajaban enormes cajas de maderas de unos
camiones y las guardaban en un galpón de la base Wright-Paterson. Un teniente
coronel de la aviación estadounidense vociferaba órdenes. Más tarde llegó una
ambulancia. Dos soldados bajaron tres camillas. En ellas iban cuerpos cubiertos
con trapos negros.
—Huelga
decir que lo que han visto es secreto. No pueden divulgarlo a nadie. Ni
siquiera a sus parientes más cercanos. Yo les digo además, no lo hagan… por su
propio bien. Yo lo voy a hacer. Tengo una hija y no quisiera que le ocurriera
nada malo — dijo el teniente coronel.
Hubo
silencio.
—¿Usted ha
escuchado de la misión Apolo 20? — preguntó el hombre de la gorra de los
Yankees.
—No.
—Después
del Apolo 15, todo cambió.
—¿Qué
dice?
—La última
misión no fue la del Apolo 17. Hubo tres más. Una de ellas fracasó. Yo estuve
en la última.
—¿La 20?
—Sí.
—¿Y que
vio?
La noche
parecía apacible en el piso 18 del Hospital Bethesda. Las enfermeras de turno
solo chismeaban en su puesto. Por eso no advirtieron a los dos hombres que
cruzaron como los gatos el amplio corredor hasta la habitación 17-01. Vestían
de negro. Usaban gafas oscuras y sombrero. Sus rostros no expresaban nada. Como
si en esos caballeros vestidos de negro no hubiese vida.
El
ministro dormía. Momentos más tarde, yacía sobre la acera. Todo su cuerpo era
un saco de huesos rotos. Los medios dijeron que se había suicidado.
—¿Qué vi?
— Preguntó el hombre de la gorra de los Yankees —¿Ha escuchado algo sobre Mona
Lisa?
—Sí.
Claro. La pintura de Da Vinci.
—No. No me
refiero a esa.
—¿Hay
otra?
—Por
supuesto. Y le aseguro, mucho más interesante.
La mujer
sonrió.
Un general
del ejército estadounidense entró en la Oficina Oval. El presidente bebía un
whisky. El general dejó caer un cartapacio sobre el escritorio.
—¿Qué es?
— increpó el presidente.
—Léalo. Es
solo para sus ojos.
—¿Otro
proyecto armamentista? ¿Otra bomba?
—No. Es
otra cosa. Léalo, por favor.
El
presidente lo leyó. Dejó caer el cartapacio. Su rostro cambió. Luego bebió su
whisky de un solo trago.
—Mona Lisa
es una mujer alienígena. La encontramos muerta en una nave que al parecer se
estrelló en la luna hace unos dos mil años.
—¿Una
alienígena?
—Sí.
—¿Una nave
de dos mil años de antigüedad?
—Sí.
—Mi padre
solía decir que eso eran pendejadas. Que los marcianos no existen.
—Pues sí
existen. Yo lo pude ver. Usted vio las grabaciones en You Tube.
—Eso es un
hoax. Usted lo sabe. Muy bien
logrado, ciertamente, como la famosa autopsia al extraterrestre. Pero no
cuidaron suficientemente los detalles.
—Usted
sabe que no es un hoax.
La mujer
se puso de pie. Lo miró.
—¿Se va?
¿No quiere escuchar el resto?
—No. Ya me
dijo suficiente — contestó la mujer tajantemente. Luego sacó una Walter PPK de
su cartera y disparó contra el hombre. Dos balazos. Uno en el pecho y otro en
la cara.
El hombre
del mostrador se acercó y se echó al muerto al hombro.
—Yo me
encargo — le dijo a la mujer.

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