Bajó al
sótano. En sus bodegas guardaba vino de excelentísima calidad. Se antojó de un
Chianti Clásico, tinto, cosecha 2009. Las sangrantes chuletas de cordero en la
sartén y el aroma del romero le animaron a abrir una de sus muchas botellas.
Descendió las escaleras mientras se restregaba las manos contra el delantal. No
encendió la luz. A través de una claraboya entraba suficiente claridad para ver
las etiquetas. El olor a humedad y hojarasca resaltaba como si fuese una
sepultura abierta. Las paredes de ladrillos emanaban esos perfumes que solo la
intimidad de la tierra exuda. Caminó por el pasillo hasta el amplio salón en el
que atesoraba su excelente reserva. Sentada sobre un antiguo arcón de maderas,
la pudo ver otra vez.
La
conoció muchos años antes, en un festín que duró tres días, si su memoria no le
mentía. En ese tiempo vivía él en una hermosa villa de La Toscana, pero luego
decidió venirse a este Nuevo Mundo plagado de viejos vicios. Seguía tan hermosa
como entonces. Sus ojos azules, como las aguas de la desembocadura del Danubio,
mostraban esa tarde un aire melancólico. Su piel era pálida como la tenue
neblina que cubría Caracas cuando era niño. Mil preguntas se hizo él mientras
frotaba sus manos contra el delantal. En ese instante con más ahínco. Había
estado cocinando y le preocupaba sobremanera el hedor a ajo que las impregnaba.
Ella no lo miró. Solo veía sus propias manos apoyadas sobre sus muslos y sus
dedos, frágiles, se entrelazaban. Por su posición, creyó que oraba. Sus
cabellos parecían largas y sedosas hebras de zanahoria. Caían sobre sus
hombros. Sus labios, finos y de un intenso tono carmesí, esbozaban una tenue
sonrisa.
—¿Qué
haces en este sótano? — preguntó él.
—Sabes
que siempre me ha agradado este lugar. Aquí te confesé muchas cosas — Respondió
ella —La claraboya es fácil de abrir — agregó.
—¿Cuántos
años han pasado?
—Muchos
para ti. Supongo — concluyó la mujer, que sin apuro, se incorporó del viejo
arcón sobre el cual estaba sentada para acercársele. Él detalló entonces la
belleza renacentista de su rostro. Cánones perfectos que hubiesen inspirado a
Botticelli. Vestía una blusa rosada y unos jeans desteñidos. Calzaba sandalias.
Y su cuerpo, aseado y prolijo, sudaba un penetrante olor a nardos que a él le
agradaba.
—¿Sabes
que me heriste profundamente? — acusó él —Mil veces te dije que te seguiría
hasta la muerte, y tú solo quisiste sexo — agregó.
—Vine a
remediar eso, querido — sentenció ella.
Él no
lograba caminar. Las ideas se apelmazaron en su cabeza. Sintió miedo. Mucho
miedo. También vergüenza. Por el hedor a ajo. Le molestaba más de lo habitual.
Ella en cambio, sí avanzó hasta encontrarlo, paralizado, como las estatuas de
aquel camposanto en Brașov,
al pie del castillo Bran. Él
ocultó sus
manos, pero ella las buscó
en la parte posterior de su cuerpo, escondidas en los bolsillos traseros. Las
tomó con una fuerza inimaginable para unos dedos tan delicados.
—Bien
sabes que no me importa el olor a ajo — susurró ella.
Sonrió
primero. Y luego, acercando su rostro al de él, abrió su boca como si fuese a
darle un beso apasionado, como él los recordaba. Solo entonces, expuso los
colmillos que delicadamente hincó en el cuello.


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