martes, 8 de abril de 2025

 

Amores que matan

Bajó al sótano. En sus bodegas guardaba vino de excelentísima calidad. Se antojó de un Chianti Clásico, tinto, cosecha 2009. Las sangrantes chuletas de cordero en la sartén y el aroma del romero le animaron a abrir una de sus muchas botellas. Descendió las escaleras mientras se restregaba las manos contra el delantal. No encendió la luz. A través de una claraboya entraba suficiente claridad para ver las etiquetas. El olor a humedad y hojarasca resaltaba como si fuese una sepultura abierta. Las paredes de ladrillos emanaban esos perfumes que solo la intimidad de la tierra exuda. Caminó por el pasillo hasta el amplio salón en el que atesoraba su excelente reserva. Sentada sobre un antiguo arcón de maderas, la pudo ver otra vez. 

La conoció muchos años antes, en un festín que duró tres días, si su memoria no le mentía. En ese tiempo vivía él en una hermosa villa de La Toscana, pero luego decidió venirse a este Nuevo Mundo plagado de viejos vicios. Seguía tan hermosa como entonces. Sus ojos azules, como las aguas de la desembocadura del Danubio, mostraban esa tarde un aire melancólico. Su piel era pálida como la tenue neblina que cubría Caracas cuando era niño. Mil preguntas se hizo él mientras frotaba sus manos contra el delantal. En ese instante con más ahínco. Había estado cocinando y le preocupaba sobremanera el hedor a ajo que las impregnaba. Ella no lo miró. Solo veía sus propias manos apoyadas sobre sus muslos y sus dedos, frágiles, se entrelazaban. Por su posición, creyó que oraba. Sus cabellos parecían largas y sedosas hebras de zanahoria. Caían sobre sus hombros. Sus labios, finos y de un intenso tono carmesí, esbozaban una tenue sonrisa. 

—¿Qué haces en este sótano? — preguntó él.

—Sabes que siempre me ha agradado este lugar. Aquí te confesé muchas cosas — Respondió ella —La claraboya es fácil de abrir — agregó.  

—¿Cuántos años han pasado? 

—Muchos para ti. Supongo — concluyó la mujer, que sin apuro, se incorporó del viejo arcón sobre el cual estaba sentada para acercársele. Él detalló entonces la belleza renacentista de su rostro. Cánones perfectos que hubiesen inspirado a Botticelli. Vestía una blusa rosada y unos jeans desteñidos. Calzaba sandalias. Y su cuerpo, aseado y prolijo, sudaba un penetrante olor a nardos que a él le agradaba. 

—¿Sabes que me heriste profundamente? — acusó él —Mil veces te dije que te seguiría hasta la muerte, y tú solo quisiste sexo — agregó.  

—Vine a remediar eso, querido — sentenció ella. 

Él no lograba caminar. Las ideas se apelmazaron en su cabeza. Sintió miedo. Mucho miedo. También vergüenza. Por el hedor a ajo. Le molestaba más de lo habitual. Ella en cambio, sí avanzó hasta encontrarlo, paralizado, como las estatuas de aquel camposanto en Brașov, al pie del castillo Bran. Él ocultó sus manos, pero ella las buscó en la parte posterior de su cuerpo, escondidas en los bolsillos traseros. Las tomó con una fuerza inimaginable para unos dedos tan delicados. 

—Bien sabes que no me importa el olor a ajo — susurró ella.  

Sonrió primero. Y luego, acercando su rostro al de él, abrió su boca como si fuese a darle un beso apasionado, como él los recordaba. Solo entonces, expuso los colmillos que delicadamente hincó en el cuello. 

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