viernes, 16 de marzo de 2012

También y tampoco


Si soñar es una forma de vivir, entonces nuestro amor es una verdad. Y ojalá que cada vez que sueño, de alguna forma mi sueño sea también tuyo. Que cada noche, al cerrar los ojos, tus besos y los míos se encuentren en ese ámbito onírico, que invade mi corazón y que espero, invada también el tuyo. Y si por soñar vivo, de algún modo, en ese mundo tú y yo seguimos juntos y nos amamos, como los amantes se aman. Y pido al Cielo que en ese mundo, juntos tú y yo, tú también desees amarme, como yo te he amado desde el día que te conocí. Y por eso, quiero y a Dios le pido, que así como yo no he sido capaz de olvidarte, tú tampoco. 

martes, 14 de febrero de 2012

Unas breves palabras


Si soñar es una forma de vivir, entonces vivo contigo mi amor, que cada noche, cuando apago la luz y en la penumbra contemplo tu foto, vienes a mi vida con tu calidez y tu vigor para amarme como yo quiero que me ames. 

jueves, 2 de febrero de 2012

Los visitantes


Imagine que sí hubo un incidente en ese poblado de Nuevo México, que precisamente por ese suceso, por lo demás extraño, apareció en los mapas y la gente, que por curiosa y sin oficio visita las cosas más inusitadas, le otorgó cierta popularidad y, por supuesto, el dinerillo, nada despreciable, que los turistas se gastan no sólo en comida y hospedaje, sino también en las muchas bobadas, recuerditos de sus visitas, que en este caso, con el asunto del incidente tienen mucho que ver. Supongamos pues, que sí hubo un accidente, no de una nave, sino de tres, y que en lugar de tres cuerpos, hallaron nueve, y, de paso, uno de ellos aún con vida. Y digamos por último que éste es el cuento, que al fin de cuentas, de esto trata este oficio de contar, y, por ello, no hacen falta probanzas ni explicaciones, que son ciertas porque yo quiero que lo sean y no porque las haya probado.
            Llovía torrencialmente. Nada raro durante los días veraniegos, sobre todo en esas tierras septentrionales, aunque debo decir, no era de día sino de noche, porque por llover, llueve también por las noches. Un granjero, cuyo nombre salió del anonimato gracias al incidente de marras, pero que yo prefiero omitir, limpiaría su rifle, un Winchester, con esmero, apaciblemente, mientras escuchaba la radio, seguramente alguna melodía de las Grandes Bandas, la de Benny Goodman o Glenn Miller, cuando de súbito, le sorprendió un destello y, de seguidas, un estruendo. Pudiéramos creer nosotros, que, al menos algunos, granjeros no somos, que se trataba de un trueno, un relámpago, que en verano, con esas tormentas, normalmente violentas, nada raro sería pues, como tampoco que por esa misma razón se viniera al suelo cualquier cosa que por ahí anduviese volando. Pero este hombre era granjero, y, claro, bien sabía distinguir de un estallido, un trueno y una centella. Y pudo ser, desde luego, ambas cosas, que por los relámpagos, se decompusiese la nave y por ello, acabara en el suelo, hecha añicos. Miró a través de la ventana de su estudio, rifle en mano, pero como todo estaba negrecido por aquel aguacero, no vio más que las plantas sembradas al pie del alféizar y acaso, uno que otro bicho guarecerse. Tal vez por miedo, tal vez por desidia, decidió investigar el suceso más tarde, y por más tarde me refiero al día siguiente, cuando el sol ya hubiese salido y, sobre todo, alumbrase, que se cree, comúnmente, los espantos se ocultan en las sombras de la noche.
            Durmió, o quizás no, por la curiosidad o el miedo, quién sabe, la verdad poco importa, pero, temprano, a primeras horas, después de beber una taza grande de café, se adentró en su propiedad para indagar, que si había sido un relámpago, habría golpeado algo para causar tamaño estruendo. Y sabemos que algo golpeó, pero entonces, temía este hombre que hubiese causado daños en su propiedad. Recorrió los campos sin ver más que plantas de ágave, principal producto de su fundo, del que se extrae, por cierto, el tequila, y no digo con esto, que este hombre deliraba por el exceso de licor cuando escuchó lo que escuchó, que entre los pobladores del centro de Estados Unidos, y en especial en esas zonas campesinas, abundan los conservadores, herederos de todas las rigideces cuáqueras, y ya decir esto, es decir mucho. Sin embargo, su búsqueda terminó cuando, detrás de unos galpones, ésos hechos con láminas de latón y tubos, junto a uno de esos molinos para extraer agua de pozos, lo único verdaderamente dañado, para fortuna del granjero, halló restos de un material extraño. Era ése un metal insólito, en cierto modo asombroso, porque distinto de los por él conocidos, éste, más que fierros retorcidos, en este caso por razones obvias, parecían lienzos grisáceos. Pero, a pesar de su ignorancia sobre nuevos elementos y materiales, justificada desde luego, como lo es la ignorancia de todo tipo, sabía – o intuía - que aquel despojo era metálico. No podía ser otro elemento, al menos de los que tuviese conocimiento, que, como ya hemos dicho, no eran muchos. También encontró rescoldos, aún ardientes, tal vez de algunas matas, sean de ágave o de otra índole, todas suyas, chamuscadas por el estallido, que, no podía dudarlo este hombre, al ver esas chatarras, extrañas pero chatarra al fin de cuentas, no podía negarse, aquel estallido de luces fue eso, y el accidente de lo que hayan sido esos restos, la causa del ruido. No había dudas, al menos para este hombre y luego, miles más, ahí había caído algo, una nave o cualquier cosa semejante, y si le afanaban respuestas, como suelen exigirlas los reporteros, no lo pensaría dos veces para asegurar, como cualquiera en condiciones análogas, que de este mundo, ciertamente no era. Llamó por ello al alguacil del pueblo y éste, que de esas cosas también entendía escasamente, al comandante de una base militar, una cercana al lugar del incidente, para muchos, el más famoso de cuantos hay en materia de objetos voladores no identificados.
            El alguacil ya se encontraba en el lugar, con dos agentes más, cuando llegó el mayor, cuyo nombre también nos reservamos; así como el correspondiente contingente de soldados, todos rasos, que, diligentemente, se dieron a la tarea de rebuscar cada palmo del mayorazgo hasta recoger, como les fue ordenado por sus superiores, todos los restos de aquel desastre, accidente de un supuesto platillo volador, como en un principio lo calificó a los medios, presentes a través de una caterva de reporteros todos ávidos de noticias como del estiércol lo están las moscas, este mayor del ejército, cuyas palabras fueron luego desmentidas por sus propios superiores, claro, quienes atribuyeron los mendrugos de aquello a un globo aerostático, parte de un proyecto secreto para la defensa del país de los comunistas, que para entonces, julio de 1947, dos años hacían ya que los nazis y los fascistas habían sido defenestrados y que por enemigo, por eso de que uno siempre hay que tener para salvaguardar al país de ideas alocadas, se tenía pues, a los soviéticos. Sin embargo, como no sólo se encontraron aquellos discos, razón del mayor del ejército estadounidense para llamarlos platillos voladores, sino unos cuerpos, chamuscados y maltrechos, como quedarían los cuerpos de cualquiera en éste u otro mundo después de estrellarse de ese modo, visto el estado de ruindad de los restos desde luego, se argumentaron luego infinidad de teorías, todas extrañas e incluso, inverosímiles. Desde que eran monos hasta niños, mártires de un experimento siniestro de vaya a saber uno qué hijo de puta. Porque hay que ser bien coño de su madre para usar niños en cosas macabras como ésas hechas a ratos por los científicos. Uno de los cuerpos, no obstante, estaría medio muerto, por el accidente, claro, pero decir medio muerto es también decir medio vivo. Ignoro que milagro le salvó, distinto de sus desventurados compañeros de viaje a través de las estrellas, que de tan lejos vinieron para morir en estas tierras.
            Los marcianos habían llegado, finalmente, pero, como aún recordaban la histeria causada entre los estadounidenses por aquella travesura radial de Orson Wells, mejor no decirlo, para evitar problemas mayores, aunque más razonable luce la otra tesis, de que no era ese temor reverencial a la muchedumbre enardecida la causa del secreto, sino la avidez malsana de hacerse de esa tecnología para propósitos bélicos, por ese vicio de los seres humanos, que tanto afanan para martirizar a sus iguales. Se adjudicaron los fierros retorcidos a un fulano proyecto Mogul. Por supuesto, el ejército estadounidense poseía entonces proyectos por centenares, unos reales y otros, no. Recién terminaba una guerra y otra se cernía sobre ellos, mucho más peligrosa y devastadora que otras muchas del pasado. Las armas desarrolladas en esos años, por el mismo demonio parecían haber sido hechas. Y de los cuerpos, trató de no hablarse mucho, y cuando no quedó de otra sino hablar, decir que eran monos, usados con fines científicos, que en nombre de la ciencia y del conocimiento se pueden perpetrar esas atrocidades sin remilgos. Claro, esa era la historia para los medios, para la gente, pero otra diferente le fue relatada al presidente de Estados Unidos, a quien los militares, subordinados a su mando, no podían andarle con cuentos chinos, que por razones obvias no eran chinos, aunque tampoco marcianos, porque incluso en esos años, cuando poco se conocía todavía sobre las estrellas, se sabía que en Marte no había más que rojizos peñascos estériles. Se supo no obstante, después, que los visitantes procedían de un sistema solar parecido al nuestro, al parecer ubicado en la constelación de Retículo, y que, además de humanoides, eran grises como el humo y no más altos que un chiquillo de ocho años. Y no es que no hubiera otros, que si hay razas diferentes en este planeta nuestro, imagine la variedad que debe haber en el inmenso cosmos, pero, al menos en ese sembradío de ágaves, eran éstos y no de otra raza los que vinieron a malograrse.
            Señor Presidente, dijo alguno, hemos encontrado esto en las afueras de una finca cercana a un poblado, de Nuevo México, por lo demás bastante pequeño, a Dios gracias, concluyó este interlocutor lo más rápido posible, temeroso por las mismas razones que los escuchas de aquel programa de Orson Wells sobre la Guerra de los Mundos. No creo yo, que el presidente de Estados Unidos no espute palabras obscenas por la boca como cualquiera otro y, por ello, supongo, ante la magnitud de la novedad planteada por este informante, que no miraría formas y protocolos y expresaría sin tapujos, como cualquier otro, ¡Carajo! Sus palabras, muy humanas, ya lo creo, desnudarían su asombro. No es fácil tragarse así no más que no estamos solos en este vasto universo, que no sólo no estamos solos, sino que además, seres de otro mundo han venido, vaya a saber para qué, a este mundo nuestro. Esto debe comunicarse a la gente, proclamó impensadamente el presidente, razonando como un hombre civilizado, pero de inmediato, sus asesores, en su mayoría militares, le invitaron a esperar, que, en primer lugar, no estaban ellos al tanto de qué tan bien tomaría la gente una confidencia como ésa, y, más importante, que esa tecnología podía serles muy útil a ellos para esos fines que ya imaginará el lector, y mucho más si de paso, los demás carecían de ella. Y esto, lo de querer acaparar una tecnología de otro mundo, por las mismas razones que usted supone. ¿Qué dice? ¿Usted recuerda el proyecto Manhattan? Respondió el asesor. Claro, replicó el presidente. Y por claro tenía este asesor, un oficial militar, que recordaba el proyecto, por una parte, pero también que comprendía el presidente, la necesidad del secreto férreo sobre el particular. Y por ello, los restos de aquellas naves alienígenas fueron llevados a la Base Wright-Patterson en algún pueblo, igualmente minúsculo, de Ohio, como se lo informó al presidente, este asesor, que ya hemos dicho, también era militar, y, por ello, pendiente siempre de cómo hacerse de mejores armas, que lo mismo da decir esto que mejores formas de matar. Hay algo más, señor, dijo este asesor, esta vez con la voz aquietada detrás de la timidez que escondía su horror. ¿Qué será? Uno de ellos sobrevivió. No imagina mal usted si se figura al señor presidente de una nación tan seria como los Estados Unidos diciendo Coño, carajo, ¿cómo es esa vaina?  
            Se le llamó EBE. Y lo mismo sirve se explique el significado de estas siglas en español o inglés, que de todos modos siempre queda igual si se dice Extraterrestrial Biological Entity que Entidad Biológica Extraterrestre, pero han podido llamarlo Claudia o Claudio, que su sexo era una incógnita. De hecho, hubo que buscarse a un experto, si es que, por razones obvias, podía haber expertos que de ese ser supieran algo, para curarle las heridas, que así como todo artefacto mecánico es susceptible de estropearse y estrellarse, como estas naves alienígenas, todo ser vivo puede morir, más aún si resulta tan aporreado como este tal EBE. Y el experto resultó ser un botánico y no un médico, porque, al parecer, desde un punto de vista fisiológico, más que gente, parecía una mata este visitante del espacio exterior. Pudo sanarle las heridas, ese botánico. Sin embargo, si bien EBE agradecía la sanación de sus heridas, que ni eran pocas ni tampoco leves, resentía más aquel encierro forzoso, como si fuese un delincuente. Resentía el trato, como si fuera un criminal tan peligroso como John Dillinger. Pudo ser, no lo dudo, un inmigrante ilegal al que, fatalmente, no tenían forma deportar. Tampoco muchas ganas, creo yo.
            Suponga que se encuentra solo, en un lugar del cual no entiende nada. Así debió sentirse EBE, que, como cualquiera otro, más tarde o más temprano, en este caso, por razones de lenguaje, más tarde, acaba por quebrársele la voluntad si se hace lo debido, y la de EBE, se quebró finalmente, aunque tardó, como hemos dicho, para comunicarse con sus captores, porque, procedente de otro mundo, literalmente, hasta su lenguaje corporal era diferente del nuestro, pero, inteligente, claro, y, al parecer, dado como los humanos, a habituarse hasta lo malo, al fin de cuentas acabó por acostumbrarse, primero a su cautiverio, que supo era inevitable, pero luego, a su nueva realidad. No era E.T., que podía llamar a su casa para que vinieran a buscarlo, sino un náufrago en esta tierra extraña de la cual no podría huir jamás. Y creo que los militares  tampoco le dejarían. Por eso, vencidas las resistencias naturales y el orgullo, porque no dudo, Dios nos creó a todos por igual en éste y cualquiera otro mundo, con las mismas virtudes e idénticos defectos, empezó EBE por aprender a hablar inglés, la lengua de sus captores, y algo de español. Y se preguntará por qué aprendió un poco la lengua de Cervantes. Aunque entonces no era todavía Estados Unidos refugio de millones de latinoamericanos, su médico, un botánico ya hemos dicho, era de origen hispano. Hijo de uno de esos mexicanos que apretado por las necesidades, hizo de lado el orgullo y se fue a vivir al otro lado de una frontera dibujada después de una guerra desigual. Pero luego, EBE se interesó un poco más por la cultura de este nuevo mundo, donde sería enterrado, cuando le llegase la hora, como a cualquiera. Bien se sabe, para morirse sólo se requiere estar vivo.
            Poco a poco, sus captores dejaron de serlo y, tal vez por eso del síndrome de Estocolmo, hasta cariño se tomaron unos y otro. Aprendió EBE a jugar al póquer, como un verdadero tahúr, que esta persona proveniente del espacio era inteligente, bastante, y por aprender, aprendía rápido, las buenas costumbres, por supuesto, pero también las malas, como todos, aquí y acullá. O sería tal vez porque aprender también era una forma de sobrevivir, y tanto como los seres humanos, su instinto le obligaba resistir. Gracias a ello, pudieron ellos saber que era de la constelación de Retículo, como ya se dijo, de un planeta del sistema binario Zeta 2, llamado de un modo extraño, impronunciable para cualquiera de las gargantas de este planeta nuestro. Se supo por EBE, igualmente, que había otros seres extraterrestres, digamos que otras razas pues, unas más apacibles que otras, unas más inteligentes que otras, unas capaces de llegar a donde otras, no, y, como ocurre entre nosotros, que humanos somos todos, unas tienen un afán bélico que otras, no. Y por ello, surgió la pregunta de rigor, ¿Estamos en peligro? A lo que EBE contestó sin inquietarse, Tanto como lo están respecto de otras naciones de este planeta. Y decir aquello y preguntar esto fue lo mismo, ¿Qué tanto saben esos seres de nosotros? Pero no era mucho más lo que ellos sabían sobre nosotros de lo que nosotros podíamos saber acerca de ellos. No sabemos, si eso era beneficioso o por el contrario, perjudicial.
            La revelación de EBE, que murió de viejo, con más amigos y menos captores, en un nuevo hogar, otra base de la Fuerza Aérea estadounidense, conocida por algunos como Área 51, les causó a los jefes militares más angustias que respuestas. No sabía EBE de las intenciones de otras razas alienígenas para la Tierra. Ni podía saberlas, que eran astutos esos tales grises de Retículo, pero jamás, adivinos. Sólo pudo decirle que unos, al parecer una forma de estado evolutivo superior de reptiles, como en este mundo nuestro lo somos los humanos respecto de los mamíferos, eran supremamente agresivos y que, de poder llegar hasta este mundo, también podían. Y lo peor, que nuestras armas, muy desarrolladas para nosotros, como la Bomba H que recientemente habían probado los estadounidenses en el Atolón de Bikini, no eran más que petardos para ellos, les dijo EBE, en ese inglés suyo, difícil de entender, por la herencia fonética de su especie, biológicamente diferente a los seres humanos, como parece lógico si sus condicionantes evolutivos fueron radicalmente distintos. Por ello, por ese temor reverencial a un ataque extraterrestre, un grupo muy reducido de militares, científicos y empresarios de diversas partes de Estados Unidos, todos ellos afanados por su propio interés, que, de paso, no necesariamente resultaban coincidentes, se reunieron con el presidente para crear una comisión de altísimo nivel y, desde luego, de estricto carácter secreto, a lo que el señor presidente aceptó, no sabemos si a regañadientes. Se constituyó pues, este comité, que por nombre recibió Majestic 12. Estaba integrada por un almirante, no podía presidirla por supuesto, un profesional distinto al de las armas y el uso de la violencia contra otros, así como por diversos científicos y empresarios, y un ministro del gobierno, todos personajes que otros fabuladores han vinculado con la supuesta creación de un Nuevo Orden Mundial y de unos tales Bilderbergers, herederos de los Iluminati y de esa fulana conspiración judeo-masónica. Su misión era recaudar toda la información posible sobre los visitantes y de su tecnología y de ser posible, conseguir acuerdos diplomáticos con estos visitantes, que, escuchadas las palabras de EBE, atentamente, por supuesto, ésta parecía ser la mejor opción. Ése, no obstante, ya es otro cuento. 

lunes, 13 de septiembre de 2010

El amor es algo complejo. Nos hace felices, desde luego. Pero también nos hace sufrir. Debe ser de ese modo, claro, porque amar es sentirse vivo. Antes de conocerte, mi amor, todo era distinto. No voy a mentir, ya antes he sufrido. Sin embargo, contigo ha sido diferente. He llorado, que jode, por tu ausencia. Cada noche, no lo niego, resiento la falta de ti en mi cuerpo. Y digo mi cuerpo todo. No sólo porque amarte, físicamente, es importante, sino porque encontrarme con tu alma cada día y cada noche es una experiencia única. Eso me nutre, no te imaginas cuanto. Y, ¿sabes? Quisiera que tú sintieras lo mismo. Ojalá y sea así. Quiero creer que así es. Porque, créeme, te amo. Todo este tiempo ha sido un tránsito duro desde aquella mañana que te conocí hasta hoy, pero, sin lugar a dudas, aleccionador. Aprendí que te amo y que amarte es siempre beneficioso, aunque, no lo niego, a veces me duela. Me hace sentir vivo y, a pesar del distanciamiento doloroso, me reconforta sentir esto que ciertamente siento por ti. Te amo, amor, te adoro como tú sabes que lo hago. Eres, dicho del modo más simple pero precisamente por ello, perfecto: mi bonita.

viernes, 16 de octubre de 2009

Dos cuartillas sin nombre

Tengo tan mala leche – pienso, ahora que escribo esto -, que tal vez ahora ella se enamore de mí, cuando mis emociones, mis deseos, mis ganas y mis sueños le pertenecen a otra. Ella era – o es, no lo sé, porque a pesar de considerarla mi amiga, anda perdida de este mundo terrenal como de ése nuevo, virtual e intangible – de esas mujeres que colman los espacios con su voz, con sus ideas, con sus ganas de bajarse de este planeta jodido, con su inquebrantable fe por la utopía posible, utopía ésa en la que yo, hace rato dejé de creer. Ella es hermosa. ¡Claro que lo es! Sus ojos hablan más que ella misma. Escupen su esencia, mezcla de mujer fatal del cine malo de los 40 y de la escritora que es, de la fiel creyente de estos géneros raros, cursis y comerciales, que la televisión vende a sus anchas en estas tierras tropicales, calenturientas, improvisadas y aventureras. De la ensayista que encuentra la piedra filosofal con cada uno de sus textos. De la feroz defensora de ese escritor que a mí jamás me ha arrebatado. Toda ella exuda una belleza que trasciende los cánones impuestos por Osmel Sousa a la mujer venezolana. Ella encierra ese Caribe sabroso, guachifetero, con esa pulcritud del sur de esta región transparente, impúdica, generosa.
Quizás haya sido ésa la razón por la cual mis encantos jamás hicieron mella en ella. Mi apego a la razón y la praxis, a lo que mis dedos pueden palpar, a lo que mis ojos pueden ver, mi nariz, oler y mi lengua, saborear. Quizás porque jamás comprendí como besar su alma y conformarme, como todos los machos brutos de este país del cual me enorgullezco pertenecer, con sus besos salivosos, su perfume, el gusto de su piel blanca y sus cabellos lacios lo mismo que rucios, con la sensación de su cuerpo esbelto, carente de esas voluptuosidades caribeñas que tanto me gustan pero que de algún modo ha aprendido a sustituir con otros encantos igualmente gustosos. Con el sabor placentero de sus partes, las cuales jamás he visitado.
La conocí porque me tocaba conocerla. La emperatriz apareció junto al emperador, que, precedido de una torre y un colgado, veía en el juicio la resurrección del as de copas. La conocí porque, muerto como estaba hasta entonces, necesitaba de una hembra como ella para revivirme, para despertarme de ese marasmo terrible, de esa sensación horrenda de estar entre los vivos por hábito, porque sólo conozco eso y no deseo enfrentarme a la muerte, que bien sabemos representa vida nueva. Aquí entre las carnes mortales o allá, entre almas eternas. La conocí porque mi alma la vio, sorprendida la suya en un amorío frustrado, y, dadivosa como es, ayudó a la mía a encontrar el sendero que habría de sacarme de aquel hoyo inmundo al que no deseo volver. Por eso, no la odio cuando, aunque, como el macho bruto que no soy, debería odiarla. Pero alguien tan especial no merece que empuerque las palabras que la vayan a tocar, siquiera rozar.
No la imagine como una Marjorie de Souza. Tampoco como ninguna de estas dos miss universos patrias. Mucho menos como Kate Beckinsale, a mi juicio, paroxismo de la belleza. Sin embargo, bonita es. Su estatura no expresa la grandilocuencia de su personalidad, que es, de hecho, su más grande atributo. Tampoco es pequeña. Digamos que abarca esa medianidad entre lo pequeño y lo alto. Sus ojos, esas lámparas ambarinas, desnudan ese carácter, a veces fuerte, a veces sutil. Sus ojos están teñidos del mismo color de sus cabellos, para que no quede duda alguna de que bajo sus marañas, fluyen ideas. Algunas, geniales. Así es ella. Sus manos, cansadas de recorrer teclas, de corregir letras, de proponer palabras, descubren su jovialidad. Su voz, angelical cuando quiere, un tronido cuando urge, mana desde esa mente ingeniosa, llena de recursos y de sueños. Sus encantos carnales, que los tiene, desfallecen ante otros mucho más sensuales, más excitantes.
Usted creerá que aún la amo. Quizás ella crea que esa enfermedad que me causó su compañía semanal a lo largo de dos años todavía pudre mi corazón. Pero no, no la amo, al menos no con ese amor apasionado, deseoso de poseerla y de sentir sus bramidos quejosos durante una noche de placer. La quiero. La admiro. Siento por ella un cariño particular, que, pensándolo bien, mal podría mancillar intercambiando fluidos con ella en un hotel impersonal de esta ciudad-infierno que Caracas es. Sin embargo, la amé. Carajo, como la amé. Que barranco inmundo recorrí por sus desplantes, por sus esquivas respuestas o, simplemente, por esa forma que tiene ella de desaparecer, de desvanecerse y que, no lo niego, me hirió y que quizás, aún me hiere.
Supe que la amaba una noche, mientras su voz canturreaba una canción hermosa que siempre me ha gustado y su cuerpo, cálido, vivo, vibrante, reposaba sobre mi brazo, sobre mí… e idiotizado, la escuchaba decir palabras de amor, sencillas y tiernas, no sabíamos más, teníamos… y no sigo porque ni ella ni yo teníamos 15 años. Supe que la amaba porque, no sólo reanimó mi alma estertórica de hombre maduro, que luego de años viviendo un disfraz, decidió liberarse de yugos, de mañas, de reglas draconianas de una familia plagada de normas virulentas, sino que además, bajo esta piel endurecida por una retahíla interminable de sufrimientos, despertó emociones, deseos de sentir, de vivir, aun si tal empeño causaba dolor. Esa noche, acompañados por hallacas, por panes de jamón y ensaladas de gallina, por esas ensaladas extrañas que su dieta macrobiótica le enseñó a hacer, bajo el frío copiado de navidades en otras latitudes, comprendí que la amaba y que toda la parafernalia familiar, vetusta y apolillada, me importaba un carajo. Que deseaba besarla y hacerle el amor, que entre los machos resulta ser cosa de maricones. Quise amarla ahí, frente a todos, porque un amor así no avergüenza.
A partir de esa noche, comenzó mi calvario. Ese tránsito a través del fuego alquímico que convierte el plomo en oro. Necesario para mí, que de no amar, empecé a amar de más.
Nuestras citas, nuestros encuentros semanales, junto a otros, pero en especial junto a nosotros, siempre uno al lado del otro, cuchicheando cuando no se debe, bebiendo uno del café del otro, haciendo chistes, y en mi caso, sintiendo esa feminidad exuberante, ese perfume a cultura y majadería, a frivolidad maquiavélicamente ensayada, de pronto terminaron. Un año corre muy aprisa. Dos, también. Dos, corren más rápidamente.
- Soy divorciado – Confesé, tardíamente, cuando una mañana de enero nos vimos, ella y yo, sin zamuros bailoteando en derredor, atentos a picotear lo que quedara de esos sentimientos truncos, de esa experiencia jamás vivida.
- ¿Cómo? – Peguntó, extrañada. Le miré a los ojos, esos ámbares colmados de vitalidad, ahítos de vigor, y repetí: soy divorciado, hace tres años que me separé.
- ¿De esa mujer hermosa?
- Sí – Respondí, a sabiendas de que el amor, muchas veces, poco tiene que ver con la belleza.
No voy a decir que desapareció. Nos vimos, aquí y allá, en casa de amigos comunes, en fiestas de amigos repetidos, en esas actividades de escritores, de las que huíamos, como si en efecto, ella y yo fuéramos amantes, esposos, o ambas cosas, porque no siempre coinciden. Sentía en ella esa energía arcana que ata a dos personas y que se colma de nervios, porque tensarla y romperla duele como nada puede doler en este planeta. Pero ella, astuta, decidió desvanecerse. Y yo, más astuto, enamorarme de otra mujer, una maravillosa que embota mis días y me revitaliza cada mañana al despertarme y cada noche al acostarme. Pero no hablemos de otras mujeres, que este cuento le pertenece a esa escritora que una noche de diciembre, me demostró que amar vale pena.

domingo, 2 de noviembre de 2008

DELIRIOS

Desperté sobresaltado. ¡Claro! El preludio telúrico, aullido del televisor, me devolvió de mi mundo onírico, perfectamente surrealista, a éste, perfectamente realista. El sonsonete de las noticias, repicado como campana de pueblo llamando a cumplir el precepto dominical, no cejaba su empeño por apartarme de la cama. Tampoco el bochorno, colándose impúdicamente por los resquicios de puertas y ventanas, haciendo mis sábanas intolerables.
- ¿Vas a desayunar? - ¿Y cuándo me he desayunado yo? Desde que tengo seis u ocho años no desayuno. Para dormir ese ratito más, por supuesto.
A diferencia del día anterior, de la tarde anterior, la mañana apareció espléndida. La luz irrumpía en el cuarto. Prometía ser un día caluroso. Ya lo era a esas primeras horas.
- ¿Qué si vas a desayunar? - ¿Y van a seguir? No me quedó de otra: Carajo, ¿y cuándo coño me he desayunado? Sólo así dejaron de preguntar. Me descolgué del sopor bajo el chorro de agua de la ducha. Vigoroso. Potente. Revitalizador. Lávate detrás de las orejas. Desde luego. Con el trapito. Claro. Mira que lo limpia es el trapito. Por supuesto. Me froto la pastilla de jabón sobre la piel hasta bullir burbujas. ¿Te lavaste entre los dedos? Ahí me afano. Paso el trapito una y otra vez entre los dedos de los pies. El cepillo también. Sobre los nudillos. Detrás de las orejas. A cada lado de la nariz. La frente. Los codos, los tobillos, las rodillas… ¡las manos! Claro. Odio la mugre negrecida entre las uñas. Me cepillo las axilas. Me incomoda mucho heder. Uso el hilo dental con escrupulosidad monacal. Me cepillo los dientes. Hacia arriba. Hacia abajo. Y las muelas, con movimientos circulares. Escupo todo ese espumero, como si fuera perro rabioso. Y por último, enjuago mi boca y garganta con Listerine.
De nuevo en el cuarto, desnudo, me unto talco abundantemente. Odio esa sensación de pegoste tan propia de estas tierras tropicales: húmedas y calientes. ¿Será por eso que somos tan flojos? Hurgo en mi closet. Algo ligero. Algo ligero… unos jeans holgados y franela viejita. Zapatos deportivos. Buenos para caminar… Pero, ¿vamos a caminar? ¿No es una concentración? Zapatos deportivos y medias cómodas para caminar. Claro.
Desde la ventana de mi cuarto se advierte un día amarillo. Como ésos que pintan en las barajas del Tarot Raider. ¿Será que denota iluminación? En fin… Cojo mi celular, un koala y una gorra para resguardar mi cabeza del sol despiadado.
- Voy saliendo – Y un amigo mío me responde al otro lado de la línea telefónica: ya estoy listo. Y lo estaba… ¡Ahora vive en otro país! Aún más… en otra cultura. Tan distinta de la mía… de la nuestra. Pero en fin… ¿Qué importa? Ésa es su vida.
- ¿Llamaste a…? - Sí. Respondí. Aun antes de que terminara la pregunta. Claro, no salí antes de beber un tazón de café negro. Recio. Sólo en ese instante comienza mi día. Antes de eso soy apenas un garabato. Un amasijo de murmullos y deseos irrefrenables de abandonarme de nuevo entre las sábanas.
- Cuídate – Por supuesto. Y por esas cosas, pensé en ella ¡Por supuesto! ¿Y en quién más iba a pensar? Claro ¿Será que mejor no voy? Digo, por ella… La quiero tanto. Unos minutos después, finalmente salí. ¿Qué puedo hacer?

Primero recogí a una amiga mía. Hija de inmigrantes que de tanto convivir en estas tierras, comen pan de jamón y preparan hallacas en navidades. Quizás acompañen sus ponchecremas de Heliodoro González con gofio canario.
- ¿Qué has sabido? – Mi pregunta rebotó sobre una mueca.
Luego, fuimos por el otro.
- ¿Será que hoy sí? - Y entonces, desesperado, dije: ¡Ojalá! Pero se dicen muchas locuras en medio de la desesperación. Desde luego, ésta es mala consejera. ¿Sí? Ya lo creo.

Llegamos. ¿Y la gente? Pero sin chance para recapitular, un mar de gente inundó las inmediaciones de la tarima. ¿Un mar? Un tsunami… un río caudaloso, como si fuese el gran Amazonas. El sol forjaba los ánimos como el herrero al metal sobre el yunque. Y toda esa muchedumbre hervía. Un nutrido grupo de pueblo – ésos que bien podrían haber votado por el caudillo – carecían de pudor para lucrarse vendiendo gorritas, pitos, franelas… y otras cosas. Aun aquéllas ajenas a las razones de la concentración como ponqué casero y café aguado. ¿Y por qué no? Ya llevaban años de malos ingresos. Ganarse un dinerito extra no estaba mal. ¿O sí? Al parecer, según el caudillo, sí.
Se sentía el ánimo. Se escuchaba el entusiasmo alegre. Aun jocoso. ¿Será que hoy sí? Ya iban tres días de paro y empezaba el cuarto. No hubo autos ni congestiones en las calles. Al contrario, la soledad auguraba eventos. Claro, salvo aquel encuentro de calles. La gente llegaba como agua a un dique. Uno que pronto hartaría su capacidad. Colmaba los espacios escrupulosamente buscando un resquicio para fluir. La movilidad más simple estaba comprometida. Alzar los brazos. Meterse las manos en los bolsillos. ¿Respirar? El sol reventaba brutalmente. Una pescozada. Sobre todo en el cogote. Y la multitud bullía. Se olía el ánimo. Se sentía el coraje. ¿Nos atrevemos? Se escuchaban las ganas. Se saboreaba el triunfo. Claro, prematuramente. ¡Carajo! ¿Quién es tan idiota para contar los pollos antes de nacer? Al parecer, nosotros.
Alguien finalmente gritó: ¡Ni un día más!
Minutos después, el trayecto hasta el Palacio de Gobierno estaba listo. ¿Tan pronto? ¿Qué es esto? El gentío bullía bajo el sol. A diferencia del día anterior, los ángeles ya no lloraban sobre las calles de esta ciudad. Al contrario, su esplendor brillaba sobre el pavimento, las aceras, las áreas verdes… ¡Todo! ¿Y nos vamos y ya? ¡Claro! Carajo, hoy lo botamos… ¿Sí?
El dique se reventó y la muchedumbre se volcó sobre la autopista. Un río de personas chillando y pitando, gritando y cantando, se echó a caminar once kilómetros hasta el casco central de la capital. La gente caminaba por la autopista repitiendo el estribillo de ni un día más, aderezado, desde luego, con otras ocurrencias chocarreras.
Jamás había visto a un ganado dirigirse tan mansamente a su propia matanza.

Hasta llegar al centro de la ciudad todo había sido fiesta y chistes. Una vez en las calles aledañas al Palacio de Gobierno, cambió. El ánimo jocoso devino en miedo… o más bien terror. ¿Será que pánico es más apropiado? Ya lo creo. Es una razón.
- Coño, chamita, eso allá está candela – La voz de ese hombre vibraba más por el miedo que por la emoción. A una mujer le abanicaban aire en el rostro. ¿Se asfixiaba? Claro. El olor a vinagre picaba en la nariz. Entonces noté el tronido de los cañones. O lo que sea que hayan usado para masacrar a la gente. Zumbidos atronadores. Gritos. Llantos. Las ofensas. ¡Coñoetumadre! ¡Muérete! Hubo miedo. De bolas.
- ¿Qué ocurre? – Mi voz pecó de ingenua. ¿Qué crees? ¿Cómo saberlo? Esas multitudes impiden que uno aprecie la realidad en perspectiva. Uno sólo distingue parcelas en medio del campo… de guerra. Cuando mucho, uno escucha rumores acerca de las hordas afectas al caudillo esperando en las bocacalles con palos, cabillas… ¿revólveres?, ¿rifles? De los soldados disparándole a las personas. ¿Sí? ¿Me lo creo? Los truenos siguen a pesar de que el sol destella con vigor. ¿Será cierto? Un rugido brutal. Una bestia liberada de las sentinas del averno.
Sentí miedo. La calle era larga. Sin embargo, también estrecha. Un redil entre los edificios. Un zanjón demasiado enjuto para la muchedumbre aterrada.
- Caminemos ceñidos a las paredes – Claro. Cientos de personas correteaban de un lado para otro como el oleaje de un río caudaloso. Y a contra corriente desembocamos en medio del fuego cruzado.
- Carajo… ¡Quítate del medio! - ¿Cómo? No voy a decir que presencié los heridos y los muertos porque no es verdad. No los vi. Quizás apareció uno que otro herido por pedigones. Claro. Como aquel muchacho corpulento, salpicado por los perdigonzazos… Rosetones sangrantes en el costado y en la espalda. Pude observar a los civiles disparando sus Glock, Beretta, Smith & Wesson… ¡Carajo! ¿Cómo se cree uno semejante atrocidad? ¡Imposible!

Las troqueladoras del metro estaban libres. O el cauce de personas las reventó. ¿Quién sabe? El miedo es libre. Quizás lo único verdaderamente libre.
- ¿Viste a Luis? – Preguntó una prima mía. Su angustia exudaba lágrimas. ¿Se fueron hasta el palacio? Ahí no está la cosa… ¿Qué podía decirle? La abracé. De bolas. Ella es como una hermana… Así nos criaron. A ella y a mí.
- Llámame para decirme si llegó bien… La abracé de nuevo. Seguro que sí. ¿Qué podía decir? Y a Dios gracias así fue. ¿Qué podíamos hacer más allá de esperar?

El desánimo se apoderó de tantos. O más bien ¿arrechera? ¡Qué sé yo! Regresé por el mismo sendero. Como los perros arrepentidos. Con el rabo entre las piernas. También sentía el peso de la caminata y el miedo. Muchas emociones juntas. Muchas actividades amontonadas en mi humanidad. ¿Y mi bonita? Pero, ¿quién lograba comunicarse?
- ¡Súbanse en el carro!
- ¿Qué? – Pregunté. Y mi ingenuidad me rebotó en un grito atronador: ¡Que se suban carajo!
Obedecí. De bolas. ¿Quién no? Me eché de cualquier modo dentro de la maleta de un Célica. Claro. Ahí no había menos de nueve o diez personas.
- Yo ando abrazando a un señor que ni conozco – Me causó gracia que una muchacha dijera eso mientras me abrazaba para impedir que me cayera de la maleta. Al menos hasta dejarnos botados en las callejuelas al norte del río. Del otro lado… del lado opuesto al de mi casa. ¿Qué hacemos? Por primera vez en toda mi vida sentí miedo, o más que eso, me sentí absolutamente inseguro. ¿Y mi bonita? ¿Cómo carajo se comunica uno? ¡Hasta que por fin cayó la maldita llamada…! Y mi hermano nos recogió y acogió en su casa mientras verificábamos rumores. Que si tomaban los edificios de la Industria. ¿Todos? Y es que ellos habían servido de matacán para las concentraciones opositoras. También que si hordas de pistoleros afectos al gobierno andaban desperdigados por la ciudad… ¿Cómo creerse esos cuentos? Si crecimos bajo gobiernos democráticos… ¿ocho? Sí. Ocho. Porque éste dejó de serlo. Pero, ¿cómo se reconoce lo que se desconoce?
- Dame un whisky – Dije. Pedí. Supliqué a mi cuñada. Recio. Necesitaba calmar mi ¿arrechera?, ¿miedo?, ¿ambos?
- ¿Viste? – Y sí. Miré como pistoleros disparaban impunemente contra la marcha opositora. Claro. La imagen estaba borrosa. El cable era la única salida de escape al mundo más allá de la cadena impuesta por el gobierno y la señal llegaba deficientemente.
- ¿Cómo estás? ¿Los tuyos? – Bien. Todos. Encerrados en nuestras casas. Igual con los míos.
- Te quiero – Y yo a ti. Cuídate. Su voz me aquietó. Desde luego. ¿A quién no le calma la voz susurrante de su amada?

Ya el sol se había marchado. Asustado. Tal vez. O se fue entristecido. 19 personas habían muerto. Y más de cien estaban heridas. ¿Me lo creo? ¿Y cómo no me lo creo? Todos lo vimos en la televisión. El sol se marchó entristecido. De luto. Se juntó con los ángeles que la víspera lloraron desconsoladamente. En su lugar, la luna salió. ¿Qué salió mal?

No llegué a mi casa antes de las once de la noche. ¿O las nueve? No lo sé. Pero a pesar de estar exhausto, no podía dormir. Los teléfonos no cesaban. ¿Qué sabes? Nada… ¿Y tú? Oí decir que se está conformando una Junta de Gobierno. ¡Claro! Ya antes, como a las cinco o seis de la tarde, un grupo de militares se pronunció en contra de la masacre. ¡Culparon al gobierno! Carajo… ¡como que sí! Como que sí cae… ¿Sí? Créelo… No sé.
- Estoy bien - ¿Estuvo muy feo? ¿Qué puedo decirte?
- Que estás bien – Eso era suficiente. Te quiero. Acuéstate. Duerme. ¿Podría?

¡Tumbaron la señal! ¿Qué? Ahora se invertía la vaina. Aquellos canales acallados durante la tarde anunciaban ahora que el gobierno caía… ¿Caía? ¡Sí! ¿Sí? Para ese momento, sí. Pero, nadie se echó a las calles… ¿Miedo? Ya lo creo.

- El hombre se entregó - ¿Cómo? Apenas dormitaba. A pesar de que eran ¿las cuatro de la mañana? Al fin de cuentas, toda la jornada me vapuleó finalmente.
- ¿Qué? ¿En serio?
- Sí. Se lo llevaron preso.
Se hacía justicia. Aunque fuese sólo por un rato. Claro, para evitar que nos acostumbráramos… ¡Por supuesto!
Se dijeron muchas fábulas. Que se limpió los mocos en la sotana del Cardenal. Porque a pesar de calificar al prelado con una vulgaridad descarada, corrió a refugiarse en su sotana cuando creyó que lo mataban. ¿Y lo matarían? Lo dudo. ¿Sí? Siempre hay una primera vez. ¿? Que se hizo encima. ¡De bolas! Alguien le dijo a no sé quien que le metiera un tiro en la cabeza. Que lloró mientras lo transportaban desde la capital. Que no lo echaran desde lo alto. Que pedía un avión. Que firmó la renuncia… que no la firmó. ¿Fábulas? Quién sabe.
- Va a hablar el Alto Mando – Y habló. Lo responsabilizó. Le endilgó la muerte de las 19 personas y las heridas a más de un centenar. Le achacó los sucesos acaecidos en las calles de la capital horas antes. Y también le pidió la renuncia… la cual aceptó. ¿Sí?

- ¿De qué trató todo esto? - ¿Un momento de vigilia en medio de una década de pesadillas?
- No lo sé… - ¿Será que despertaremos en algún momento? Ojalá.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

El cuento de Martita

Santa Cruz de Huesca no tenía más de cuarenta casas. Todas paupérrimas. Construidas a mano con troncos atados recubiertos con lodo seco. Resguardadas del clima implacable de la selva por techumbres de paja y caña brava. Reunidas alrededor de un descampado en medio del follaje donde el sol golpeaba enérgicamente una glorieta pobre de cemento, tal como el herrero castiga el metal ardiente sobre su yunque. Un ejército de árboles fornidos protegía al caserío, habitado por unas doscientas almas. Y no eran menos porque procrear muchachos parecía ser la única diversión posible. Sus habitantes comenzaban a retozarse apenas surgían señas tempranas de pubertad. Únicamente podía accedérsele por el río. El camino pertenecía a la guerrilla desde que Pedro Antonio Marín asumió el nombre de Manuel Marulanda y el imaginario popular inventó a Tirofijo y La Marquetalia. Por eso liberales y conservadores habían olvidado que en medio del boscaje se encontraba Santa Cruz de Huesca: una aldehuela moribunda.

Ahí nació Martita hace veintitantos años. Hija de un bodeguero. Un rumano abandonado quién sabe por qué en ese lugar inhóspito tan lejos de su tierra natal. Su madre era una india hermosa que hechizó al rumano. Por eso Martita era pálida como la muerte. Sus genes paternos dominaron con tal enjundia su piel que el sol inmisericorde del trópico no lograba ruborizarla. Sus cabellos manaban generosamente para caer en una melena negra como el alma de Judas. Sus ojos mimetizaron el musgo fresco al pie de los árboles. Su rostro era achatado y redondo como el de su madre. Herencia de su linaje indio. Dibujaba rasgos agraciados que prometían una mujer hermosa. Su cuerpo era enjuto, por una niñez precaria. Sin embargo a medida que fue creciendo, sus formas fueron delineándose con más belleza y, sobre todo, sensualidad. El mestizaje hizo de ella una mujer todavía más hermosa que su madre. Sus pechos crecieron redondos y firmes en donde antes hubo un torso raquítico. Sus caderas, cenceñas, aumentaron, invitando a la idea de muchos hijos y, por supuesto, al acto de procrearlos. Su cintura conducía la vista a las ropas estrechas que calcaban sus intimidades. Sus muslos se tornearon perfectos de tanto caminar por esos montes perdidos. Por eso su madre le habló sobre las verdades de la vida aquel día que las sangres bajaron de su vientre por primera vez.

Su casa era como las demás. Misérrima. Un salón estrecho de piso de cemento repartía a sus habitantes en dos habitaciones. Una de menor tamaño albergaba a sus padres y en la otra dormían ella y sus dos hermanos mayores. No tenían puertas. Apenas unas cortinas raídas. Razón por la cual estaba habituada al jadeo de los muchachos complaciéndose a solas, así como al chirrido del tálamo de sus padres, un catre amplio y desvencijado, mientras aquel rumano descargaba su vigor en el vientre de aquella india de carnes firmes.

Apenas aprendió a escribir. Su madre sabía que su vida necesitaba más del arte femenino que de las enseñanzas que el sacerdote logró inculcarle. Sin embargo, demostraba avidez por saber. Claro, en un principio, el oficio de su madre: cocinar. Quién sabe cómo, heredó de sus antepasadas rumanas las artes del embrujo. Sus guisos encantaban a todos en ese pueblo. Hasta el sacerdote sucumbía ante el hechizo de sus cocimientos. Pero, más temprano que tarde, su voracidad por descubrir que había más allá de los confines de ese poblado la sedujo. Sobre todo aquella tarde, cuando descubrió que al otro lado del río se encontraba un país diferente. Quizás un reino, como ésos que relataban los cuentos de hadas que el cura usaba para enseñarle a leer, aunque sólo podía ver la misma estampa de este lado: ranchos similares a los de su propio poblado. Desde entonces, acompañaba a su madre al río, gustosa. Se detenía en un montículo para ver la orilla opuesta e inventarse historias y fábulas.

Una tarde, como cualquiera otra en ese infierno, ella acompañó a su madre al río. Apenas abandonaba la silueta enjuta de la niñez para definir la de una mujer. Su madre fregoteaba las camisas hediondas a jornada dura en el campo y ella las tendía sobre unos peñascos al borde de las aguas parduscas. Vestía una blusa que mostraba unos pechos incipientes. La falda raída y corta descubría las piernas torneadas y, a ratos, el viento soplaba con fuerza para desnudar sus partes más íntimas.

- ¡Muchacha! – gritaba su madre - ¡Cuídate que el diablo siempre asecha! – pero no hay hijo que obedezca a sus padres y menos cuando las hormonas comienzan a aflorar.

El ruido ronco de un motor acalló los gritos de su madre. El oleaje se hizo más evidente y el espumajo lechoso de unas aguas turbias salpicó las rocas y, quizás, la ropa que Martita estaba tendiendo. Ella miró el bote que cruzaba el caudal. Su madre, mujer resabiada en esas tierras inhóspitas, se acercó para ocultar a su hija. Sin embargo, le resultó imposible impedir que los ojos de Martita se encontrasen con los del hombre en el lanchón. Negros e insondables. Hincados en unas cuencas profundas y ojerosas. Su cabello, atezado como una noche sin luna ni estrellas se confundía con la pelambre enmarañada que cubría gran parte del rostro. Quizás sólo fueron unos instantes, pero Martita sintió aquella mirada de tal modo, que pudo sentir las manos huesudas del hombre asirle con firmeza los muslos y el aliento fétido a tabaco negro sobre su cuello.

- ¡Válgame Dios! Ese hombre tenía la mirada de Lucifer – dijo su madre y se persignó.

Esa misma noche Martita no pudo dormir. Sentía aquellas manos huesudas acariciarle los pechos y sus otras partes. Jadeaba ¡Como sus hermanos! La piel hervía como si tuviera las calenturas de una fiebre. Los vellos se erizaban y su respiración se cortaba a ratos. Sus muslos cedían al paso indecente de las manos. Toda ella temblaba. Sentía un hormigueo a través del cuerpo, cada vez más vigoroso. Se volteó, cara a la pared. Se cubrió con unas mantas, a pesar del sofocón. Quizás avergonzada. Estrechaba sus piernas mientras las manos acariciaban sus partes. Toda ella temblaba. Mordía la almohada para ocultar su jadeo. Hasta que un estallido de cosquillas y espasmos le recorrió el vientre. Sus piernas se relajaron y su respiración retomó su ritmo habitual. Sólo entonces logró dormirse.

 

Augusto Fernández huyó de la facultad. Quizás deseaba estudiar economía. Pero una tarde escuchó sobre La Marquetalia y su vida cambió. Abandonó sus estudios, tal vez porque asumió un odio visceral hacia las costumbres burguesas que aprendió en su hogar, regentado por un empleado bancario, terco y adusto, y una enfermera sumisa a las órdenes del esposo, suerte de amo. Oyó hablar de Marulanda y se enroló por esos montes de Dios, en busca de Tirofijo y el Mono Jojoy. Su paso por la facultad y, sobre todo, aquel joven profesor, idealista hasta el tuétano de los huesos, le inculcaron sus ideales sobre la revolución de las masas y la construcción de la utopía posible. Emulaba a Ché y admiraba a Castro... Sí. Augusto Fernández no cumplía veintitrés años cuando se unió a las FARC.

- ¿Será que usted tiene madera pa’ esto? – preguntó, malicioso, algún jefe guerrillero que le tocó en suerte – A ver – agregó, y tomó su pistola y se la entregó. Los ojos se inyectaron de odio, de encono viscoso. Entonces espetó sin pudor: vuélale los sesos a este hijoeputa. Augusto tomó la pistola y la posó sobre la nuca del infeliz. Su mirada era en esos años ingenua y despistada...

- ¿Será que usted tiene cojones pa’ esto? – gritó. Todos los músculos del cuerpo de Augusto se tensaron. Aun los de la mano. El sonido fue sordo. Seco. Rápido. El cuerpo del infeliz cayó como un saco de papas sobre el fango. Ese mismo día Augusto Fernández asumió el nombre de Comandante Facundo. Ese mismo día perdió la mirada infantil del joven estudiante y adquirió la mirada del mismo Lucifer.

 

Martita creció. Sus formas femeninas se dibujaron a plenitud y, de ser la niña flaquita que cocinaba sabroso, se transformó en la apetencia de los jóvenes del caserío. La cortejaban con regalos. Aun los más afortunados acudían con frecuencia al negocio de su madre para comprar sus guisos y, sobre todo, galantearla. Una tarde, húmeda y caliente, salió a caminar, para desprenderse de los calores del fogón de su madre. Había brisa aunque en vez de refrescar, arrastraba un vaho denso y pegajoso. Se desnudó en un recodo del río. Una suerte de poza fría donde aquietó el calor desesperante. Su cuerpo ya no era el de una niña. Por el contrario, a pesar de su juventud – apenas dieciséis años – mostraba formas de una mujer mayor. Su cabello largo y negro flotaba sobre las aguas turbias que ocultaban su desnudez del mancebo oculto tras los arbustos.

- Sal de ahí Tulio – dijo. Tal vez había heredado las artes taumatúrgicas de sus ancestros rumanos.

- Mierda... Usted como en verdad es bruja – respondió Tulio.

- ¿Quieres meterte? – Tulio no aguardó. De inmediato se zambulló en aquella poza junto a esa mujer hermosa.

Él la besó primero en la mejilla. Como otras veces. Cuando le llevaba flores silvestres arrancadas de los montes vecinos. Ella lo miró. Otro beso más. Claro, pero esta vez en los labios carnosos. Luego las manos recorrieron el torso, con suavidad, hasta reunirse sobre los pechos generosos.

- Usted sí que es bonita – dijo Tulio. Su voz titiritaba. Tal vez por la frialdad de las aguas del río o quizá por el caudal de hormonas que ya le arrebataban el entendimiento. El roce de la piel los excitaba mientras danzaban uno alrededor del otro.

- Mi tío, usted sabe, el que ha estado reclutando muchachos por estas tierras, me ha pedido que me una a la lucha contra las injusticias – dijo Tulio, y mientras las manos ásperas del joven osaban abrir sus piernas impúdicamente, ella recordaba los sermones del padre, un cura exiliado a esos parajes del fin del mundo por su filiación a la teoría de la liberación. Sus manos, endurecidas por el trabajo junto al fogón de su madre palpaban las imperfecciones del rostro de Tulio, un prospecto de hombre tallado a golpes sobre un niño. A ratos, Martita recordaba las frases de su padre, ya fallecido, sobre la revolución en su país. Otro beso, más intenso, y escuchaba el discurso de su madre, maldiciendo al gobierno de la capital por haber olvidado aquel hueco en medio de la nada.

- Será que más nunca voy a verle – alegó Tulio, para excusar su atrevimiento, porque los deseos desbordaban su razón.

- Será que usted va a dejar de decir pendejadas – respondió Martita a la vez que invitaba a Tulio a acercarse más. Tomaba sus manos y las posaba sobre sus pechos. Tulio titiritaba de frío, tal vez. Otro beso, todavía más apasionado. Martita recordaba los cuentos sobre La Marquetalia y ese mito que mentaban Tirofijo. El caudal de deseos se desbordó. Más besos. Cada vez más obscenos. Martita no pudo contener su pudor ¡Que va! Ella misma condujo a Tulio hasta su intimidad. Un piquete, casi un puntillazo. Un gemido, luego un jadeo prolongado... y aquellos ojos insondables de aquel hombre aparecieron frente a los suyos.

 

El imaginario popular inventó leyendas sobre el Comandante Augusto. Algunos decían que era Ché reencarnado. Y tal vez lo fuese, porque una tarde de mayo, masacró a un grupo de soldados del ejército colombiano con su propia mano, como Ché a los infelices de La Cabaña. Muchos le temían. Algunos deseaban matarlo. No hubo mujer en esos parajes perdidos que no cayese tentada por él. Porque dicen las lenguas resabiadas de esos parajes perdidos en las Selvas de San Camilo, que era bello como Satán. Los lugareños aseguraban que él era el mismo Lucifer. No hubo pueblo ni caserío donde no sembrase pánico y, por qué negarlo, pasiones desenfrenadas. Su solo nombre invitaba al terror... Quizás porque así se comportan aquéllos que le han vendido su alma al maligno.

 

Martita ya tenía un año viviendo con Tulio cuando el comandante Facundo entró en Santa Cruz de Huesca. Sus hombres se apoderaron de todo, al sacerdote, envejecido, lo mataron como quien mata a un perro. A la madre de Martita le obligaron a pagar una contribución para la lucha armada y a los pocos campesinos, les exigieron donar sus gallinas y sus chivos para alimentar a los combatientes. A los muchachos los reclutaron. E hicieron de Santa Cruz de Huesca su campamento. Quizás porque la frontera estaba tan cerca y este hecho facilitaba su huída del ejército colombiano. Al prefecto lo balearon en medio de la glorieta.

- ¡Ay mi Dios! – dijo la madre de Martita. El rostro de Lucifer no se olvida fácilmente. Quiso resguardar a su hija pero ya era tarde. De nuevo, los ojos insondables de aquel demonio se encontraron con los de su hija. Martita pudo sentir otra vez las manos lascivas hurgándole sus partes. Tal vez sintió miedo, pero el hormigueo le abrumó el cuerpo. Su piel se erizó. Corrió. Huyó.

- ¡La autoridad soy yo! – vociferó el comandante Facundo. En ese momento, Tulio salió a abrazar a su tío. La presencia de su sobrino le aquietó el mal genio. 

- ¿Quién era esa jovencita? – preguntó.

- Mi mujer, tío – respondió Tulio.

- Carajo, tan mozo y ya con una hembra fija...

Esa misma noche, Tulio murió. 

 

El comandante Facundo ya llevaba meses dominando al pueblo. Hizo de éste su propio predio. Y como tal, asignaba tareas a los pobladores. Martita debía cuidar al hijo de un empresario venezolano secuestrado. El joven no tendría treinta años y ya mostraba señas de fatiga y maltrato. Su cuerpo, antes robusto, era enjuto y maltrecho. Sus cabellos largos y su barba descuidada ocultaban un rostro huesudo, pero bien parecido. Su mirada era triste. Desesperanzada.

- Por éste nos pueden dar diez millones de dólares – dijo el comandante Facundo, como si ese muchacho fuese una res en vez de un ser humano. Martita era muy muchacha entonces y, como era de esperarse, se prendó del venezolano.

- ¿Tú qué te crees? – preguntó el comandante Facundo. El joven no comprendía o, acaso, no quería comprender. El comandante Facundo no era paciente ¡Que va! Cogió al joven por un brazo y lo llevó monte adentro. Nadie escuchó los disparos. Martita entendió. Nadie podía acercársele. Todo el pueblo pertenecía al comandante Facundo. Incluso las almas... Y sobre todo, ella.

 

- Voy a visitar a mi abuela enferma – dijo. Su voz estaba quieta. Sin embargo, creyó que sus pensamientos la delatarían – mire, si sólo llevo estas tres pendejadas porque vuelvo en unos dos días – agregó. Así burló el cerco construido por el comandante Facundo, para que ella no huyese del pueblo. Qiuzás minimizó la astucia femenina.

En efecto, Martita no volvió.

 

Martita llegó a un poblado, San José del Río, otro caserío olvidado en medio de las selvas de San Camilo. Muy cerca de la frontera venezolana. Dos semanas después se encontraba en Barinas. Y unos meses más tarde, ya vivía en Caracas. Sin documentos, claro. Pero alejada de los ojos insondables. Perversos y por eso, atractivos... Seguramente más de lo que ella misma podía imaginar, porque no hubo noche en muchas semanas que Martita no sintiese el vigor del comandante Facundo sobre su vientre.

Supo, por esos correos informales, que el comandante Facundo había arrasado con Santa Cruz de Huesca. Que había fusilado al infeliz que la dejó marcharse. Que la persiguió por todos los confines de ese rincón del mundo, olvidado por todos. Supo, incluso, que por poco mata a una joven parecida a ella en otro caserío aledaño. Pero el tiempo siempre se ocupa de borrarlo todo, sobre todo los malos recuerdos ¿Sí? Quién sabe.

Martita ya no sentía las manos impúdicas. Se había acostumbrado a vivir sola. Santa Cruz de Huesca era cenizas en sus recuerdos. Pero Satanás es maligno. Nos atormenta con esas cosas que más tememos. Una tarde, mientras ella servía el café a unos invitados en la casa de sus patronos, encontró de nuevo aquellos ojos profundos, inexpugnables, ésos que tanto la torturaron y ¿complacieron? en el pasado. Su rostro, descubierto de las pelambres desordenadas, se mostraba aun afable. Su cabello, corto y acicalado, dejaba ver a un hombre adusto y bien parecido.

- Gracias Martita – dijo la dueña de casa. Martita corrió a su cuarto. Otra vez las manos indecentes hurgaban debajo de sus faldas. Asían sus muslos con vigor viril. Jadeaba de nuevo, como si un embrujo le hiciese sentir el hormigueo incesante, los espasmos y los calambres... ese cosquilleo en el vientre.

- Ay, mi buen Dios – dijo. Después se sentó, para llorar. Claro, a solas. Sus pensamientos podían delatarla: ¿Qué diría la señora?

Quizás consiguió calmarse. Pensar. Tomó un cuchillo. Uno grande para despostar carne y lo ocultó en su delantal. La invisibilidad de su trabajo le facilitó las cosas.

- Ay, mi Dios... Martita ¿Qué hace? – preguntó otra mujer, mayor y con más años trabajando en esa casa. Martita no respondió, la rabia y el dolor impregnaban sus ojos y su garganta de tal modo, que las palabras se ahogaban. Salió de nuevo al salón y sin detener su paso, para no acobardarse, avanzó hacia ese hombre que la desgració tanto. La sangre derramada manchó todo...

- ¡Virgen Santísima! – gritó la señora - ¿Qué has hecho, mujer? – increpó.

- Terminar con mi agonía – respondió. Luego cayó al suelo y empezó a llorar.

 

La luz mañanera iluminó aquel edificio feo, raído. El cielo estaba lavado, luego de una noche lluviosa. Grandes charcos creaban pozas en el pavimento irregular, donde pájaros tomaban agua y lavaban sus alas. El rocío emulsionaba con infinidad de gotas las hojas de la maleza junto al enorme portón metálico. El chirrido estremeció a la madre de Martita. Habían transcurrido doce años, ocho meses y cuatro días desde que el juez la echó en ese hueco por asesinar a un hijoeputa. El hedor penetró violentamente las narices de aquella mujer, envejecida por el dolor más que por los años. Acre. Como si hubiesen concentrado galones de orine. Una mujer hombruna la recibió.

- Pase Usted – dijo. Su tono era amargo, como las malas noticias.

- ¿Pasó algo? – increpó la madre, angustiada.

- No. Sólo espere aquí.

Al rato, largo, desesperante, regresó la mujer hombruna y detrás venía Martita. Sus cabellos, negros como su suerte, se habían desteñido y mostraban un tono grisáceo. Sus ojos verdes y enormes reflejaban amargura y dolor. Sus caderas ya no eran hermosas y sensuales, sino amplias y fofas, como sus nalgas. Sus senos, grandes, desprendidos, como si el peso de tantas desventuras los hubiese aflojado.

- Mija... – la madre lloró. Claro. Martita también. Desde luego.

- Al menos soy libre – sentenció.