Desperté sobresaltado. ¡Claro! El preludio telúrico, aullido del televisor, me devolvió de mi mundo onírico, perfectamente surrealista, a éste, perfectamente realista. El sonsonete de las noticias, repicado como campana de pueblo llamando a cumplir el precepto dominical, no cejaba su empeño por apartarme de la cama. Tampoco el bochorno, colándose impúdicamente por los resquicios de puertas y ventanas, haciendo mis sábanas intolerables.
- ¿Vas a desayunar? - ¿Y cuándo me he desayunado yo? Desde que tengo seis u ocho años no desayuno. Para dormir ese ratito más, por supuesto.
A diferencia del día anterior, de la tarde anterior, la mañana apareció espléndida. La luz irrumpía en el cuarto. Prometía ser un día caluroso. Ya lo era a esas primeras horas.
- ¿Qué si vas a desayunar? - ¿Y van a seguir? No me quedó de otra: Carajo, ¿y cuándo coño me he desayunado? Sólo así dejaron de preguntar. Me descolgué del sopor bajo el chorro de agua de la ducha. Vigoroso. Potente. Revitalizador. Lávate detrás de las orejas. Desde luego. Con el trapito. Claro. Mira que lo limpia es el trapito. Por supuesto. Me froto la pastilla de jabón sobre la piel hasta bullir burbujas. ¿Te lavaste entre los dedos? Ahí me afano. Paso el trapito una y otra vez entre los dedos de los pies. El cepillo también. Sobre los nudillos. Detrás de las orejas. A cada lado de la nariz. La frente. Los codos, los tobillos, las rodillas… ¡las manos! Claro. Odio la mugre negrecida entre las uñas. Me cepillo las axilas. Me incomoda mucho heder. Uso el hilo dental con escrupulosidad monacal. Me cepillo los dientes. Hacia arriba. Hacia abajo. Y las muelas, con movimientos circulares. Escupo todo ese espumero, como si fuera perro rabioso. Y por último, enjuago mi boca y garganta con Listerine.
De nuevo en el cuarto, desnudo, me unto talco abundantemente. Odio esa sensación de pegoste tan propia de estas tierras tropicales: húmedas y calientes. ¿Será por eso que somos tan flojos? Hurgo en mi closet. Algo ligero. Algo ligero… unos jeans holgados y franela viejita. Zapatos deportivos. Buenos para caminar… Pero, ¿vamos a caminar? ¿No es una concentración? Zapatos deportivos y medias cómodas para caminar. Claro.
Desde la ventana de mi cuarto se advierte un día amarillo. Como ésos que pintan en las barajas del Tarot Raider. ¿Será que denota iluminación? En fin… Cojo mi celular, un koala y una gorra para resguardar mi cabeza del sol despiadado.
- Voy saliendo – Y un amigo mío me responde al otro lado de la línea telefónica: ya estoy listo. Y lo estaba… ¡Ahora vive en otro país! Aún más… en otra cultura. Tan distinta de la mía… de la nuestra. Pero en fin… ¿Qué importa? Ésa es su vida.
- ¿Llamaste a…? - Sí. Respondí. Aun antes de que terminara la pregunta. Claro, no salí antes de beber un tazón de café negro. Recio. Sólo en ese instante comienza mi día. Antes de eso soy apenas un garabato. Un amasijo de murmullos y deseos irrefrenables de abandonarme de nuevo entre las sábanas.
- Cuídate – Por supuesto. Y por esas cosas, pensé en ella ¡Por supuesto! ¿Y en quién más iba a pensar? Claro ¿Será que mejor no voy? Digo, por ella… La quiero tanto. Unos minutos después, finalmente salí. ¿Qué puedo hacer?
Primero recogí a una amiga mía. Hija de inmigrantes que de tanto convivir en estas tierras, comen pan de jamón y preparan hallacas en navidades. Quizás acompañen sus ponchecremas de Heliodoro González con gofio canario.
- ¿Qué has sabido? – Mi pregunta rebotó sobre una mueca.
Luego, fuimos por el otro.
- ¿Será que hoy sí? - Y entonces, desesperado, dije: ¡Ojalá! Pero se dicen muchas locuras en medio de la desesperación. Desde luego, ésta es mala consejera. ¿Sí? Ya lo creo.
Llegamos. ¿Y la gente? Pero sin chance para recapitular, un mar de gente inundó las inmediaciones de la tarima. ¿Un mar? Un tsunami… un río caudaloso, como si fuese el gran Amazonas. El sol forjaba los ánimos como el herrero al metal sobre el yunque. Y toda esa muchedumbre hervía. Un nutrido grupo de pueblo – ésos que bien podrían haber votado por el caudillo – carecían de pudor para lucrarse vendiendo gorritas, pitos, franelas… y otras cosas. Aun aquéllas ajenas a las razones de la concentración como ponqué casero y café aguado. ¿Y por qué no? Ya llevaban años de malos ingresos. Ganarse un dinerito extra no estaba mal. ¿O sí? Al parecer, según el caudillo, sí.
Se sentía el ánimo. Se escuchaba el entusiasmo alegre. Aun jocoso. ¿Será que hoy sí? Ya iban tres días de paro y empezaba el cuarto. No hubo autos ni congestiones en las calles. Al contrario, la soledad auguraba eventos. Claro, salvo aquel encuentro de calles. La gente llegaba como agua a un dique. Uno que pronto hartaría su capacidad. Colmaba los espacios escrupulosamente buscando un resquicio para fluir. La movilidad más simple estaba comprometida. Alzar los brazos. Meterse las manos en los bolsillos. ¿Respirar? El sol reventaba brutalmente. Una pescozada. Sobre todo en el cogote. Y la multitud bullía. Se olía el ánimo. Se sentía el coraje. ¿Nos atrevemos? Se escuchaban las ganas. Se saboreaba el triunfo. Claro, prematuramente. ¡Carajo! ¿Quién es tan idiota para contar los pollos antes de nacer? Al parecer, nosotros.
Alguien finalmente gritó: ¡Ni un día más!
Minutos después, el trayecto hasta el Palacio de Gobierno estaba listo. ¿Tan pronto? ¿Qué es esto? El gentío bullía bajo el sol. A diferencia del día anterior, los ángeles ya no lloraban sobre las calles de esta ciudad. Al contrario, su esplendor brillaba sobre el pavimento, las aceras, las áreas verdes… ¡Todo! ¿Y nos vamos y ya? ¡Claro! Carajo, hoy lo botamos… ¿Sí?
El dique se reventó y la muchedumbre se volcó sobre la autopista. Un río de personas chillando y pitando, gritando y cantando, se echó a caminar once kilómetros hasta el casco central de la capital. La gente caminaba por la autopista repitiendo el estribillo de ni un día más, aderezado, desde luego, con otras ocurrencias chocarreras.
Jamás había visto a un ganado dirigirse tan mansamente a su propia matanza.
Hasta llegar al centro de la ciudad todo había sido fiesta y chistes. Una vez en las calles aledañas al Palacio de Gobierno, cambió. El ánimo jocoso devino en miedo… o más bien terror. ¿Será que pánico es más apropiado? Ya lo creo. Es una razón.
- Coño, chamita, eso allá está candela – La voz de ese hombre vibraba más por el miedo que por la emoción. A una mujer le abanicaban aire en el rostro. ¿Se asfixiaba? Claro. El olor a vinagre picaba en la nariz. Entonces noté el tronido de los cañones. O lo que sea que hayan usado para masacrar a la gente. Zumbidos atronadores. Gritos. Llantos. Las ofensas. ¡Coñoetumadre! ¡Muérete! Hubo miedo. De bolas.
- ¿Qué ocurre? – Mi voz pecó de ingenua. ¿Qué crees? ¿Cómo saberlo? Esas multitudes impiden que uno aprecie la realidad en perspectiva. Uno sólo distingue parcelas en medio del campo… de guerra. Cuando mucho, uno escucha rumores acerca de las hordas afectas al caudillo esperando en las bocacalles con palos, cabillas… ¿revólveres?, ¿rifles? De los soldados disparándole a las personas. ¿Sí? ¿Me lo creo? Los truenos siguen a pesar de que el sol destella con vigor. ¿Será cierto? Un rugido brutal. Una bestia liberada de las sentinas del averno.
Sentí miedo. La calle era larga. Sin embargo, también estrecha. Un redil entre los edificios. Un zanjón demasiado enjuto para la muchedumbre aterrada.
- Caminemos ceñidos a las paredes – Claro. Cientos de personas correteaban de un lado para otro como el oleaje de un río caudaloso. Y a contra corriente desembocamos en medio del fuego cruzado.
- Carajo… ¡Quítate del medio! - ¿Cómo? No voy a decir que presencié los heridos y los muertos porque no es verdad. No los vi. Quizás apareció uno que otro herido por pedigones. Claro. Como aquel muchacho corpulento, salpicado por los perdigonzazos… Rosetones sangrantes en el costado y en la espalda. Pude observar a los civiles disparando sus Glock, Beretta, Smith & Wesson… ¡Carajo! ¿Cómo se cree uno semejante atrocidad? ¡Imposible!
Las troqueladoras del metro estaban libres. O el cauce de personas las reventó. ¿Quién sabe? El miedo es libre. Quizás lo único verdaderamente libre.
- ¿Viste a Luis? – Preguntó una prima mía. Su angustia exudaba lágrimas. ¿Se fueron hasta el palacio? Ahí no está la cosa… ¿Qué podía decirle? La abracé. De bolas. Ella es como una hermana… Así nos criaron. A ella y a mí.
- Llámame para decirme si llegó bien… La abracé de nuevo. Seguro que sí. ¿Qué podía decir? Y a Dios gracias así fue. ¿Qué podíamos hacer más allá de esperar?
El desánimo se apoderó de tantos. O más bien ¿arrechera? ¡Qué sé yo! Regresé por el mismo sendero. Como los perros arrepentidos. Con el rabo entre las piernas. También sentía el peso de la caminata y el miedo. Muchas emociones juntas. Muchas actividades amontonadas en mi humanidad. ¿Y mi bonita? Pero, ¿quién lograba comunicarse?
- ¡Súbanse en el carro!
- ¿Qué? – Pregunté. Y mi ingenuidad me rebotó en un grito atronador: ¡Que se suban carajo!
Obedecí. De bolas. ¿Quién no? Me eché de cualquier modo dentro de la maleta de un Célica. Claro. Ahí no había menos de nueve o diez personas.
- Yo ando abrazando a un señor que ni conozco – Me causó gracia que una muchacha dijera eso mientras me abrazaba para impedir que me cayera de la maleta. Al menos hasta dejarnos botados en las callejuelas al norte del río. Del otro lado… del lado opuesto al de mi casa. ¿Qué hacemos? Por primera vez en toda mi vida sentí miedo, o más que eso, me sentí absolutamente inseguro. ¿Y mi bonita? ¿Cómo carajo se comunica uno? ¡Hasta que por fin cayó la maldita llamada…! Y mi hermano nos recogió y acogió en su casa mientras verificábamos rumores. Que si tomaban los edificios de la Industria. ¿Todos? Y es que ellos habían servido de matacán para las concentraciones opositoras. También que si hordas de pistoleros afectos al gobierno andaban desperdigados por la ciudad… ¿Cómo creerse esos cuentos? Si crecimos bajo gobiernos democráticos… ¿ocho? Sí. Ocho. Porque éste dejó de serlo. Pero, ¿cómo se reconoce lo que se desconoce?
- Dame un whisky – Dije. Pedí. Supliqué a mi cuñada. Recio. Necesitaba calmar mi ¿arrechera?, ¿miedo?, ¿ambos?
- ¿Viste? – Y sí. Miré como pistoleros disparaban impunemente contra la marcha opositora. Claro. La imagen estaba borrosa. El cable era la única salida de escape al mundo más allá de la cadena impuesta por el gobierno y la señal llegaba deficientemente.
- ¿Cómo estás? ¿Los tuyos? – Bien. Todos. Encerrados en nuestras casas. Igual con los míos.
- Te quiero – Y yo a ti. Cuídate. Su voz me aquietó. Desde luego. ¿A quién no le calma la voz susurrante de su amada?
Ya el sol se había marchado. Asustado. Tal vez. O se fue entristecido. 19 personas habían muerto. Y más de cien estaban heridas. ¿Me lo creo? ¿Y cómo no me lo creo? Todos lo vimos en la televisión. El sol se marchó entristecido. De luto. Se juntó con los ángeles que la víspera lloraron desconsoladamente. En su lugar, la luna salió. ¿Qué salió mal?
No llegué a mi casa antes de las once de la noche. ¿O las nueve? No lo sé. Pero a pesar de estar exhausto, no podía dormir. Los teléfonos no cesaban. ¿Qué sabes? Nada… ¿Y tú? Oí decir que se está conformando una Junta de Gobierno. ¡Claro! Ya antes, como a las cinco o seis de la tarde, un grupo de militares se pronunció en contra de la masacre. ¡Culparon al gobierno! Carajo… ¡como que sí! Como que sí cae… ¿Sí? Créelo… No sé.
- Estoy bien - ¿Estuvo muy feo? ¿Qué puedo decirte?
- Que estás bien – Eso era suficiente. Te quiero. Acuéstate. Duerme. ¿Podría?
¡Tumbaron la señal! ¿Qué? Ahora se invertía la vaina. Aquellos canales acallados durante la tarde anunciaban ahora que el gobierno caía… ¿Caía? ¡Sí! ¿Sí? Para ese momento, sí. Pero, nadie se echó a las calles… ¿Miedo? Ya lo creo.
- El hombre se entregó - ¿Cómo? Apenas dormitaba. A pesar de que eran ¿las cuatro de la mañana? Al fin de cuentas, toda la jornada me vapuleó finalmente.
- ¿Qué? ¿En serio?
- Sí. Se lo llevaron preso.
Se hacía justicia. Aunque fuese sólo por un rato. Claro, para evitar que nos acostumbráramos… ¡Por supuesto!
Se dijeron muchas fábulas. Que se limpió los mocos en la sotana del Cardenal. Porque a pesar de calificar al prelado con una vulgaridad descarada, corrió a refugiarse en su sotana cuando creyó que lo mataban. ¿Y lo matarían? Lo dudo. ¿Sí? Siempre hay una primera vez. ¿? Que se hizo encima. ¡De bolas! Alguien le dijo a no sé quien que le metiera un tiro en la cabeza. Que lloró mientras lo transportaban desde la capital. Que no lo echaran desde lo alto. Que pedía un avión. Que firmó la renuncia… que no la firmó. ¿Fábulas? Quién sabe.
- Va a hablar el Alto Mando – Y habló. Lo responsabilizó. Le endilgó la muerte de las 19 personas y las heridas a más de un centenar. Le achacó los sucesos acaecidos en las calles de la capital horas antes. Y también le pidió la renuncia… la cual aceptó. ¿Sí?
- ¿De qué trató todo esto? - ¿Un momento de vigilia en medio de una década de pesadillas?
- No lo sé… - ¿Será que despertaremos en algún momento? Ojalá.
domingo, 2 de noviembre de 2008
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