Santa Cruz de Huesca no tenía más de cuarenta casas. Todas paupérrimas. Construidas a mano con troncos atados recubiertos con lodo seco. Resguardadas del clima implacable de la selva por techumbres de paja y caña brava. Reunidas alrededor de un descampado en medio del follaje donde el sol golpeaba enérgicamente una glorieta pobre de cemento, tal como el herrero castiga el metal ardiente sobre su yunque. Un ejército de árboles fornidos protegía al caserío, habitado por unas doscientas almas. Y no eran menos porque procrear muchachos parecía ser la única diversión posible. Sus habitantes comenzaban a retozarse apenas surgían señas tempranas de pubertad. Únicamente podía accedérsele por el río. El camino pertenecía a la guerrilla desde que Pedro Antonio Marín asumió el nombre de Manuel Marulanda y el imaginario popular inventó a Tirofijo y
Ahí nació Martita hace veintitantos años. Hija de un bodeguero. Un rumano abandonado quién sabe por qué en ese lugar inhóspito tan lejos de su tierra natal. Su madre era una india hermosa que hechizó al rumano. Por eso Martita era pálida como la muerte. Sus genes paternos dominaron con tal enjundia su piel que el sol inmisericorde del trópico no lograba ruborizarla. Sus cabellos manaban generosamente para caer en una melena negra como el alma de Judas. Sus ojos mimetizaron el musgo fresco al pie de los árboles. Su rostro era achatado y redondo como el de su madre. Herencia de su linaje indio. Dibujaba rasgos agraciados que prometían una mujer hermosa. Su cuerpo era enjuto, por una niñez precaria. Sin embargo a medida que fue creciendo, sus formas fueron delineándose con más belleza y, sobre todo, sensualidad. El mestizaje hizo de ella una mujer todavía más hermosa que su madre. Sus pechos crecieron redondos y firmes en donde antes hubo un torso raquítico. Sus caderas, cenceñas, aumentaron, invitando a la idea de muchos hijos y, por supuesto, al acto de procrearlos. Su cintura conducía la vista a las ropas estrechas que calcaban sus intimidades. Sus muslos se tornearon perfectos de tanto caminar por esos montes perdidos. Por eso su madre le habló sobre las verdades de la vida aquel día que las sangres bajaron de su vientre por primera vez.
Su casa era como las demás. Misérrima. Un salón estrecho de piso de cemento repartía a sus habitantes en dos habitaciones. Una de menor tamaño albergaba a sus padres y en la otra dormían ella y sus dos hermanos mayores. No tenían puertas. Apenas unas cortinas raídas. Razón por la cual estaba habituada al jadeo de los muchachos complaciéndose a solas, así como al chirrido del tálamo de sus padres, un catre amplio y desvencijado, mientras aquel rumano descargaba su vigor en el vientre de aquella india de carnes firmes.
Apenas aprendió a escribir. Su madre sabía que su vida necesitaba más del arte femenino que de las enseñanzas que el sacerdote logró inculcarle. Sin embargo, demostraba avidez por saber. Claro, en un principio, el oficio de su madre: cocinar. Quién sabe cómo, heredó de sus antepasadas rumanas las artes del embrujo. Sus guisos encantaban a todos en ese pueblo. Hasta el sacerdote sucumbía ante el hechizo de sus cocimientos. Pero, más temprano que tarde, su voracidad por descubrir que había más allá de los confines de ese poblado la sedujo. Sobre todo aquella tarde, cuando descubrió que al otro lado del río se encontraba un país diferente. Quizás un reino, como ésos que relataban los cuentos de hadas que el cura usaba para enseñarle a leer, aunque sólo podía ver la misma estampa de este lado: ranchos similares a los de su propio poblado. Desde entonces, acompañaba a su madre al río, gustosa. Se detenía en un montículo para ver la orilla opuesta e inventarse historias y fábulas.
Una tarde, como cualquiera otra en ese infierno, ella acompañó a su madre al río. Apenas abandonaba la silueta enjuta de la niñez para definir la de una mujer. Su madre fregoteaba las camisas hediondas a jornada dura en el campo y ella las tendía sobre unos peñascos al borde de las aguas parduscas. Vestía una blusa que mostraba unos pechos incipientes. La falda raída y corta descubría las piernas torneadas y, a ratos, el viento soplaba con fuerza para desnudar sus partes más íntimas.
- ¡Muchacha! – gritaba su madre - ¡Cuídate que el diablo siempre asecha! – pero no hay hijo que obedezca a sus padres y menos cuando las hormonas comienzan a aflorar.
El ruido ronco de un motor acalló los gritos de su madre. El oleaje se hizo más evidente y el espumajo lechoso de unas aguas turbias salpicó las rocas y, quizás, la ropa que Martita estaba tendiendo. Ella miró el bote que cruzaba el caudal. Su madre, mujer resabiada en esas tierras inhóspitas, se acercó para ocultar a su hija. Sin embargo, le resultó imposible impedir que los ojos de Martita se encontrasen con los del hombre en el lanchón. Negros e insondables. Hincados en unas cuencas profundas y ojerosas. Su cabello, atezado como una noche sin luna ni estrellas se confundía con la pelambre enmarañada que cubría gran parte del rostro. Quizás sólo fueron unos instantes, pero Martita sintió aquella mirada de tal modo, que pudo sentir las manos huesudas del hombre asirle con firmeza los muslos y el aliento fétido a tabaco negro sobre su cuello.
- ¡Válgame Dios! Ese hombre tenía la mirada de Lucifer – dijo su madre y se persignó.
Esa misma noche Martita no pudo dormir. Sentía aquellas manos huesudas acariciarle los pechos y sus otras partes. Jadeaba ¡Como sus hermanos! La piel hervía como si tuviera las calenturas de una fiebre. Los vellos se erizaban y su respiración se cortaba a ratos. Sus muslos cedían al paso indecente de las manos. Toda ella temblaba. Sentía un hormigueo a través del cuerpo, cada vez más vigoroso. Se volteó, cara a la pared. Se cubrió con unas mantas, a pesar del sofocón. Quizás avergonzada. Estrechaba sus piernas mientras las manos acariciaban sus partes. Toda ella temblaba. Mordía la almohada para ocultar su jadeo. Hasta que un estallido de cosquillas y espasmos le recorrió el vientre. Sus piernas se relajaron y su respiración retomó su ritmo habitual. Sólo entonces logró dormirse.
Augusto Fernández huyó de la facultad. Quizás deseaba estudiar economía. Pero una tarde escuchó sobre
- ¿Será que usted tiene madera pa’ esto? – preguntó, malicioso, algún jefe guerrillero que le tocó en suerte – A ver – agregó, y tomó su pistola y se la entregó. Los ojos se inyectaron de odio, de encono viscoso. Entonces espetó sin pudor: vuélale los sesos a este hijoeputa. Augusto tomó la pistola y la posó sobre la nuca del infeliz. Su mirada era en esos años ingenua y despistada...
- ¿Será que usted tiene cojones pa’ esto? – gritó. Todos los músculos del cuerpo de Augusto se tensaron. Aun los de la mano. El sonido fue sordo. Seco. Rápido. El cuerpo del infeliz cayó como un saco de papas sobre el fango. Ese mismo día Augusto Fernández asumió el nombre de Comandante Facundo. Ese mismo día perdió la mirada infantil del joven estudiante y adquirió la mirada del mismo Lucifer.
Martita creció. Sus formas femeninas se dibujaron a plenitud y, de ser la niña flaquita que cocinaba sabroso, se transformó en la apetencia de los jóvenes del caserío. La cortejaban con regalos. Aun los más afortunados acudían con frecuencia al negocio de su madre para comprar sus guisos y, sobre todo, galantearla. Una tarde, húmeda y caliente, salió a caminar, para desprenderse de los calores del fogón de su madre. Había brisa aunque en vez de refrescar, arrastraba un vaho denso y pegajoso. Se desnudó en un recodo del río. Una suerte de poza fría donde aquietó el calor desesperante. Su cuerpo ya no era el de una niña. Por el contrario, a pesar de su juventud – apenas dieciséis años – mostraba formas de una mujer mayor. Su cabello largo y negro flotaba sobre las aguas turbias que ocultaban su desnudez del mancebo oculto tras los arbustos.
- Sal de ahí Tulio – dijo. Tal vez había heredado las artes taumatúrgicas de sus ancestros rumanos.
- Mierda... Usted como en verdad es bruja – respondió Tulio.
- ¿Quieres meterte? – Tulio no aguardó. De inmediato se zambulló en aquella poza junto a esa mujer hermosa.
Él la besó primero en la mejilla. Como otras veces. Cuando le llevaba flores silvestres arrancadas de los montes vecinos. Ella lo miró. Otro beso más. Claro, pero esta vez en los labios carnosos. Luego las manos recorrieron el torso, con suavidad, hasta reunirse sobre los pechos generosos.
- Usted sí que es bonita – dijo Tulio. Su voz titiritaba. Tal vez por la frialdad de las aguas del río o quizá por el caudal de hormonas que ya le arrebataban el entendimiento. El roce de la piel los excitaba mientras danzaban uno alrededor del otro.
- Mi tío, usted sabe, el que ha estado reclutando muchachos por estas tierras, me ha pedido que me una a la lucha contra las injusticias – dijo Tulio, y mientras las manos ásperas del joven osaban abrir sus piernas impúdicamente, ella recordaba los sermones del padre, un cura exiliado a esos parajes del fin del mundo por su filiación a la teoría de la liberación. Sus manos, endurecidas por el trabajo junto al fogón de su madre palpaban las imperfecciones del rostro de Tulio, un prospecto de hombre tallado a golpes sobre un niño. A ratos, Martita recordaba las frases de su padre, ya fallecido, sobre la revolución en su país. Otro beso, más intenso, y escuchaba el discurso de su madre, maldiciendo al gobierno de la capital por haber olvidado aquel hueco en medio de la nada.
- Será que más nunca voy a verle – alegó Tulio, para excusar su atrevimiento, porque los deseos desbordaban su razón.
- Será que usted va a dejar de decir pendejadas – respondió Martita a la vez que invitaba a Tulio a acercarse más. Tomaba sus manos y las posaba sobre sus pechos. Tulio titiritaba de frío, tal vez. Otro beso, todavía más apasionado. Martita recordaba los cuentos sobre
El imaginario popular inventó leyendas sobre el Comandante Augusto. Algunos decían que era Ché reencarnado. Y tal vez lo fuese, porque una tarde de mayo, masacró a un grupo de soldados del ejército colombiano con su propia mano, como Ché a los infelices de
Martita ya tenía un año viviendo con Tulio cuando el comandante Facundo entró en Santa Cruz de Huesca. Sus hombres se apoderaron de todo, al sacerdote, envejecido, lo mataron como quien mata a un perro. A la madre de Martita le obligaron a pagar una contribución para la lucha armada y a los pocos campesinos, les exigieron donar sus gallinas y sus chivos para alimentar a los combatientes. A los muchachos los reclutaron. E hicieron de Santa Cruz de Huesca su campamento. Quizás porque la frontera estaba tan cerca y este hecho facilitaba su huída del ejército colombiano. Al prefecto lo balearon en medio de la glorieta.
- ¡Ay mi Dios! – dijo la madre de Martita. El rostro de Lucifer no se olvida fácilmente. Quiso resguardar a su hija pero ya era tarde. De nuevo, los ojos insondables de aquel demonio se encontraron con los de su hija. Martita pudo sentir otra vez las manos lascivas hurgándole sus partes. Tal vez sintió miedo, pero el hormigueo le abrumó el cuerpo. Su piel se erizó. Corrió. Huyó.
- ¡La autoridad soy yo! – vociferó el comandante Facundo. En ese momento, Tulio salió a abrazar a su tío. La presencia de su sobrino le aquietó el mal genio.
- ¿Quién era esa jovencita? – preguntó.
- Mi mujer, tío – respondió Tulio.
- Carajo, tan mozo y ya con una hembra fija...
Esa misma noche, Tulio murió.
El comandante Facundo ya llevaba meses dominando al pueblo. Hizo de éste su propio predio. Y como tal, asignaba tareas a los pobladores. Martita debía cuidar al hijo de un empresario venezolano secuestrado. El joven no tendría treinta años y ya mostraba señas de fatiga y maltrato. Su cuerpo, antes robusto, era enjuto y maltrecho. Sus cabellos largos y su barba descuidada ocultaban un rostro huesudo, pero bien parecido. Su mirada era triste. Desesperanzada.
- Por éste nos pueden dar diez millones de dólares – dijo el comandante Facundo, como si ese muchacho fuese una res en vez de un ser humano. Martita era muy muchacha entonces y, como era de esperarse, se prendó del venezolano.
- ¿Tú qué te crees? – preguntó el comandante Facundo. El joven no comprendía o, acaso, no quería comprender. El comandante Facundo no era paciente ¡Que va! Cogió al joven por un brazo y lo llevó monte adentro. Nadie escuchó los disparos. Martita entendió. Nadie podía acercársele. Todo el pueblo pertenecía al comandante Facundo. Incluso las almas... Y sobre todo, ella.
- Voy a visitar a mi abuela enferma – dijo. Su voz estaba quieta. Sin embargo, creyó que sus pensamientos la delatarían – mire, si sólo llevo estas tres pendejadas porque vuelvo en unos dos días – agregó. Así burló el cerco construido por el comandante Facundo, para que ella no huyese del pueblo. Qiuzás minimizó la astucia femenina.
En efecto, Martita no volvió.
Martita llegó a un poblado, San José del Río, otro caserío olvidado en medio de las selvas de San Camilo. Muy cerca de la frontera venezolana. Dos semanas después se encontraba en Barinas. Y unos meses más tarde, ya vivía en Caracas. Sin documentos, claro. Pero alejada de los ojos insondables. Perversos y por eso, atractivos... Seguramente más de lo que ella misma podía imaginar, porque no hubo noche en muchas semanas que Martita no sintiese el vigor del comandante Facundo sobre su vientre.
Supo, por esos correos informales, que el comandante Facundo había arrasado con Santa Cruz de Huesca. Que había fusilado al infeliz que la dejó marcharse. Que la persiguió por todos los confines de ese rincón del mundo, olvidado por todos. Supo, incluso, que por poco mata a una joven parecida a ella en otro caserío aledaño. Pero el tiempo siempre se ocupa de borrarlo todo, sobre todo los malos recuerdos ¿Sí? Quién sabe.
Martita ya no sentía las manos impúdicas. Se había acostumbrado a vivir sola. Santa Cruz de Huesca era cenizas en sus recuerdos. Pero Satanás es maligno. Nos atormenta con esas cosas que más tememos. Una tarde, mientras ella servía el café a unos invitados en la casa de sus patronos, encontró de nuevo aquellos ojos profundos, inexpugnables, ésos que tanto la torturaron y ¿complacieron? en el pasado. Su rostro, descubierto de las pelambres desordenadas, se mostraba aun afable. Su cabello, corto y acicalado, dejaba ver a un hombre adusto y bien parecido.
- Gracias Martita – dijo la dueña de casa. Martita corrió a su cuarto. Otra vez las manos indecentes hurgaban debajo de sus faldas. Asían sus muslos con vigor viril. Jadeaba de nuevo, como si un embrujo le hiciese sentir el hormigueo incesante, los espasmos y los calambres... ese cosquilleo en el vientre.
- Ay, mi buen Dios – dijo. Después se sentó, para llorar. Claro, a solas. Sus pensamientos podían delatarla: ¿Qué diría la señora?
Quizás consiguió calmarse. Pensar. Tomó un cuchillo. Uno grande para despostar carne y lo ocultó en su delantal. La invisibilidad de su trabajo le facilitó las cosas.
- Ay, mi Dios... Martita ¿Qué hace? – preguntó otra mujer, mayor y con más años trabajando en esa casa. Martita no respondió, la rabia y el dolor impregnaban sus ojos y su garganta de tal modo, que las palabras se ahogaban. Salió de nuevo al salón y sin detener su paso, para no acobardarse, avanzó hacia ese hombre que la desgració tanto. La sangre derramada manchó todo...
- ¡Virgen Santísima! – gritó la señora - ¿Qué has hecho, mujer? – increpó.
- Terminar con mi agonía – respondió. Luego cayó al suelo y empezó a llorar.
La luz mañanera iluminó aquel edificio feo, raído. El cielo estaba lavado, luego de una noche lluviosa. Grandes charcos creaban pozas en el pavimento irregular, donde pájaros tomaban agua y lavaban sus alas. El rocío emulsionaba con infinidad de gotas las hojas de la maleza junto al enorme portón metálico. El chirrido estremeció a la madre de Martita. Habían transcurrido doce años, ocho meses y cuatro días desde que el juez la echó en ese hueco por asesinar a un hijoeputa. El hedor penetró violentamente las narices de aquella mujer, envejecida por el dolor más que por los años. Acre. Como si hubiesen concentrado galones de orine. Una mujer hombruna la recibió.
- Pase Usted – dijo. Su tono era amargo, como las malas noticias.
- ¿Pasó algo? – increpó la madre, angustiada.
- No. Sólo espere aquí.
Al rato, largo, desesperante, regresó la mujer hombruna y detrás venía Martita. Sus cabellos, negros como su suerte, se habían desteñido y mostraban un tono grisáceo. Sus ojos verdes y enormes reflejaban amargura y dolor. Sus caderas ya no eran hermosas y sensuales, sino amplias y fofas, como sus nalgas. Sus senos, grandes, desprendidos, como si el peso de tantas desventuras los hubiese aflojado.
- Mija... – la madre lloró. Claro. Martita también. Desde luego.
- Al menos soy libre – sentenció.

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