martes, 21 de marzo de 2017

Vergüenza

            
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La noche cae en Caracas como una sombra. La oscuridad ahuyenta a los habitantes que se refugian en sus casas. Aún temprano, cuando en otras épocas todavía restaban las últimas lumbres del tráfico diario, la ciudad luce abandonada. Ha envejecido Caracas y ya por las tardes, se cuida del sereno. La emoción decae y el vigor de otros años da lugar a rapiñadores que hurgan basureros en le negrura de unas tinieblas que empezaron hace más de tres lustros.
            Caracas se acuesta con el sol. Le huye a la luna. Se esconde de su mirada triste, que sin juzgar, observa avergonzada lo que va quedando: recuerdos, solo recuerdos. Todos se resguardan en sus cubiles. Todos se esconden porque la noche caraqueña depreda. Y la luna llora por los hijos que ya no estarán.
            Hincan los depredadores sus uñas pestilentes y del bubón exuda fetidez. Un hedor que impregna aun el alma de los pobladores de una urbe agónica. Nadie se salva de su pestilencia. Enferma y repugna. Caracas yace en esta grieta estrecha como yace el leproso, abandonado en un hoyo para que encuentre su destino, para que muera sin ofender. Caracas yace estertorosa a los pies de un sultán decepcionado al que incluso su nombre le fue robado.

            Sucursal del Cielo, antes. Hoy un sumidero, en el que las desgracias y las miserias se amontonan como el estiércol. Hiede Caracas, a dolor, a sangre putrefacta y a vicios inconfesables. Y de su hedor, repulsivo y nauseabundo como el perfume de la muerte, no conseguimos librarnos, ni siquiera encerrados en las celdas que de nuestras casas han hecho esos demontres, que una madrugada de febrero emergieron de sus sentinas mefíticas para corromperlo todo.  

Impudicia

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            La mentira se viste de verdad. Hablan y repiten estribillos pero sus ropajes ya no convencen. Desgastados y sucios, las hilachas van mostrando la impudicia de su desnudez. Enseñan rasgos grotescos, rasgos ofensivos. Nadie cree, todos dudan. ¿Cómo creer, si la realidad hinca sus dientes agudos en las tripas? Arde, duele, agobia. Ya nadie cree porque la verdad está desnuda. Y su desnudez no agrada. Por el contrario, repugna.
Fea y contrahecha, la verdad arrastra sus pasos deformes. Con su hedor, ofende al ciudadano, que tapa sus narices o, en el mejor de los casos, las protege con hojas de lavanda y menta. Plagada de bubones, la realidad deambula calle arriba y calle abajo, inspirando lástima… y provocando asco. Nadie cree, porque sufre. Y el sufrimiento es un clavo que atraviesa con aguda punzada hasta arrancar gritos.
Duele, la verdad. Y por eso, el disfraz se cae en jirones. También ofende, porque se sufre a diario, y no hay embuste o excusa que oculte las miserias. Pero el mentiroso insiste, porque adormece sus culpas creyéndose sus patrañas. Aunque por ganar con sus quimeras, no ganada nada. Solo pierde. Pierde porque enseña las mismas impudicias que sus mentiras.
Y al final a nadie engaña ese disfraz. La muerte no duerme jamás. Recorre arrabales y palacios sin reticencias. Y sus ojos, negros como lo desconocido, penetran en las honduras de las almas y extraen las verdades como el pus virulento de una llaga putrefacta y pestilente. 
Las mentiras no pueden disfrazarse, porque la muerte, por mucho que uno vista ropajes, siempre ve la desnudez, y vieja como es, ya nada le sorprende, ya nada le repugna

El legado del comandante

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Un tinte cenizo pinta el rostro de un niño. Sus ropas hieden. Él también. No calza zapatos. Solo unas chanclas resguardan del asfalto sus pies roñosos. Sus hermanos igualan la estampa, que de lejos pierde los matices y se tiñe de un color opaco, terroso. Las manos tiernas penetran la fetidez de la bolsa negra y con la inocencia de quien aún no cumple dos lustros, extrae lo que puede. Sonríe, al ver a los transeúntes. Él no recuerda otros días mejores.  
            Más allá, bajo la luz exangüe del farol, un hombre profana otra bolsa. A pesar del hedor, no siente asco. El dinero jamás lo causa. Recolecta minuciosamente cosas: potes vacíos, zapatos y ropas, restos de equipos eléctricos… En esta Venezuela de hoy, hay un mercado para vender basura.
La noche va cayendo, pero su sayo apolillado no oculta. La luna mira y derrama una garúa de lágrimas sobre la ciudad. El sol se fue. Se esconde. No quiere ver.
Un viejo se tiende en la escalinata de un templo, a ver si los santos le ayudan. Se envuelve en frazadas mugrientas. Su piel la recubre una binza fétida. Fuma un cigarrillo. La calle no es lugar para dormir, y menos en Caracas, donde la muerte festeja cada noche, acompañada por sus diablos.
La mujer deja parte de su compra. No le alcanza. No comerá ella para que sus hijos sí. Y escasamente. Maldice, con rabia. No la culpo. En las madrugadas, cuando los retortijones le roben el sueño, pensará en su vida y en las promesas de los falsos. Pero su cuerpo débil ya no podrá siquiera gritar. Cuando mucho, sollozará y extenderá la mano para pedir, porque por robarle, los falsos le robaron los sueños y también la dignidad.
El hombre grita al fondo del autobús. Ofende su lenguaje soez y también su llanto desgarrado, porque nada entumece más el espíritu que ver a un hombre llorar, y confesar que no ha comido siquiera un mendrugo de pan duro. Pero su incertidumbre, que aguijonea su alma y su estómago, ofende mucho más; aunque lo nieguen y en sus mesas opulentas, los falsos harten sus tripas con avidez.
Comen basura y, como perros realengos, se disputan restos malolientes. Otros hacen negocio con la bazofia de una ciudad putrefacta. El hedor nauseabundo impregna el ambiente, con su tufo ácido, con ese olor penetrante que emana de la boñiga amontonada. Como perros hambreados se lanzan dentelladas, porque en la miseria no florece la solidaridad… solo prosperan la cizaña y el odio.
El niño color ceniza juega y sonríe, porque no ha vivido otra cosa. La mujer llora por su hijos, porque se mueren de mengua; y por las noches, a ella la muerden por igual el hambre y el resentimiento. El hombre grita en el fondo del autobús, mientras las sombras lastimeras de sus conciudadanos ocultan sus caras en un silencio atronador, porque saben que tarde o temprano, esos gritos serán suyos.
Y los falsos ríen en sus casonas. 

miércoles, 6 de abril de 2016

El color de los Nazarenos

No reconozco esta ciudad. No reconozco este país. Sí, en el que yo nací, hace cincuenta y dos años, existía la caída de agua más alta del mundo, el Salto Ángel. También existían dos obras de ingeniería de las cuales enorgullecerse: el puente Rafael Urdaneta y el complejo hidroeléctrico Raúl Leoni (Guri). Caracas estaba al pie del Ávila… y, ya voy comprendiendo, no lo estaba a los pies de un cerro llamado Guaraira Repano.
Nací en la parroquia Candelaria. La clínica ya no existe ni vive el médico que asistió a mi madre el día que llegué a esta vida. Creo que su nombre era Clínica Córdoba. Ya no está mi madre para corroborarlo. El nombre del médico sí lo sé: Domínguez Sisco. Al parecer, era él quien más partos atendía entonces. Por ello, mi partida de nacimiento está en una oficina a la que un día fui para solicitar una copia y descubrí que como en las casas viejas, los ratones igualmente hacen estragos.
Estudié en un colegio común y corriente. No estudiaban ahí los grandes apellidos, que preferían el San Ignacio de Loyola o La Salle… acaso, el Don Bosco, de cuyas aulas egresó el más notorio empresario venezolano. Pero es que su madre es militante de las respetadas Damas Salesianas. Claro, había otros, como el Santiago de León o El Peñón. Pero esos estaban destinados a los padres que optaban por una formación laica. De los viejos colegios y liceos de Caracas, como el Instituto San Pablo o el Liceo Experimental Venezuela, ya en esos años, los ’70, solo puedo confesar que empezaban a transitar ese destino fantasmal que la desidia va construyéndole a las cosas, y a la gente.
Me gradué en la UCAB. Para el año de mi grado, aún no contaba con edificios y mucho menos, con una feria de comida rápida (con sushi y todo). Pero en ese cafetín malo, hediondo a café hervido, amarré amistades que todavía conservo: una muchacha de la avenida Sucre de Catia que se casó con un marino mercante, el hijo de un expresidente, una muchacha del Country Club, que hoy vive en Miami. Otras más, desde luego. Como la nieta de un encumbrado médico venezolano, que como yo, ya solo atesora un linaje distinguido. En el campus de la UCAB disfruté de la compañía de esa variedad social que es Venezuela. En sus aulas conocí a mi primera novia formal: una sueca más pequeña que yo, y ya es bastante decir, cuyo padre vino a probar suerte en la tierra de su mujer. Hoy, ella vive en su ciudad natal: Gotemburgo. No la culpo.
Empecé a ejercer mi oficio, este de ser abogado, cuando la nación comenzaba a cegarse por la estupidez. En esos días, no solo hubo una conmoción social inédita para mi generación, dos golpes de Estado fallidos, sino además infinidad de rumores, de atentados, de fábulas que se consumaron finalmente con la victoria de un felón el 6 de diciembre de 1998.
Ya no deseo ejercer este oficio. El de abogado. Los registros públicos no parecen tales, sino calabozos sucios de una delegación policial. Sus funcionarios, ya no visten traje, sino bluyines tan pringosos que la fetidez puede verse. Sus camisas, franelas desleídas, asemejan un lampazo usado. Y por supuesto, nada sirve. Hasta las fotocopias, por las cuales se pagan derechos, las debe sacar uno, ¡y pagarlas! El centro de Caracas, ese que con tanto placer recorría cuando acudía a tribunales, es el de otra ciudad. Hay cosas loables, sí; pero una joven fotógrafa corre el riesgo de perder una pierna por un disparo que le pegaron unos malandros, precisamente para robarle la cámara intentando retratar las escalinatas de El Calvario, cuando tenían esa mirada del Gran Hermano pintada en sus estrechos peldaños. Aún más, espantan los grupúsculos de fanáticos, arengando con violencia sus consignas políticas, ofendiendo a todo aquel que tenga a bien no congeniar con ellos, y agrediendo a cuantos osen siquiera sugerir lo que es obvio, que su comandante supremo inventó, mucho, y erró demasiado.
Los supermercados, ahora feos y mugrientos, venden menos productos, aunque mucho más caros. Hoy, un café de máquina en una panadería cuesta más que el primer automóvil que compré, un Fiat Spazio, año ochenta y algo. Las colas para comprar, aun toallas sanitarias y papel higiénico, nos avergüenzan… o nos humillan… Y uno, que sacrificó tanto para obtener un grado universitario, se pregunta mientras tolera ofensas porque a alguien se le antoja que uno no colabora lo suficiente con la revolución aguantando más penas: ¿valió la pena?
A veces, sin embargo, me detengo a la sombra de algún árbol solo para admirar como sus flores moradas le visten con los colores del Nazareno, y aún más, como al caer, con los días, forma un hermoso alfombrado sobre la acera. Entonces caigo en cuenta que esta sí es Caracas, la ciudad en la que yo nací hace cincuenta y dos años, y que como todos los seres vivos, está enferma y que pronto, sanará… o al menos, eso deseo creer.


miércoles, 18 de marzo de 2015

EL DEDO MÁGICO

            
            Soy yo, pobre. Malviviente que mora estos poblados cercanos a las costas frente a Iliria. Por caudales, tengo esta osamenta y este cuero reseco que la cubre, y, por suerte, este sayo barato que viste mi horrenda desnudez. Además de malas mañas, llevo conmigo hambre, y también desesperación, que bien se sabe, mala consejera es.
            Me dirigía a una feria en las cercanías de Rávena. Buscaba yo timar a algunos que deseando creer, siempre creen.
            Carezco de caballos y de carruajes. Por calzado, llevo unas cáligas que hurté hace tiempo a un centurión muerto. Había entrado de lleno el verano y por ello, el calor azotaba mi cuerpo con vigor, como aquella vez que por robar, me fueron impuestos diez latigazos, atizados con destreza. La sed me incendiaba las vísceras y el hambre me cegaba el entendimiento. Me arrimé hasta un manzano junto a la vieja estatua de un león. Me tendí para saciarme de lo único posible: la suave brisa que alborotaba sus aromas.  
            Surgió ante mí una sombra. Una silueta misteriosa. Su rostro se ocultaba detrás de un capirote profundo y oscuro. Su delgadez era aún mayor que la mía. Cubría su cuerpo un hábito negro como el cuervo que desde la cabeza del león me observaba con angustiante detenimiento. Sus pies desnudos no mostraban las heridas que el rigor del camino debió causarle. Intimidaba como un espectro. Curiosamente, también seducía como una hermosa mujer. 
Se sentó junto a mí. Emanaba un olor a flores, como esas que arden con los cuerpos en los funerales. Sus manos recordaban los pétalos de la rosa cuando ya decae su color y pronta está morir. Lucían delicadas como el rocío sobre las hojas. Sus dedos se alagaban como estiletes pero mentiría si afirmara que se asemejaban a los de un hechicero. Juntos miramos el paisaje pastoril. Disfrutamos del perfume de los campos.
-Bien sé que maldices tu suerte - me dijo.
-¡Claro! - Repliqué. Y tocando un guijarro con su dedo índice, largo y pálido, como deben ser los de Átropos, en oro transformó su áspero material.
-Tómalo, es tuyo.
Lo desdeñé, con rencor, aunque carecía hasta de un mendrugo mohoso para saciar el hambre. No se perturbó. No me miró. No censuró mi soberbia. Solo tocó la estatua del león. Su delicadeza evocó la de una noble mujer patricia. Como la maleza que cubre los muros, el oro arropó la estatua con su tentador brillo.
-Tómala, es tuya.
La dulzura de su voz me hizo saber que en la honda penumbra del tabardo que cubría su rosto, sonreía.
-¡No! - Grité, a pesar de ser yo tan miserable. La ira me bullía en las venas como la lava que calcina todo a su paso. Mil demonios me robaron la razón. Me arrojé sobre ese ser gentil y, al parecer, débil, que, sin pedir nada a cambio, me ofrecía tanto. Tomé su mano con rudeza y aun con los dientes, cual las ratas de un sumidero maloliente, traté de cortar ese dedo mágico. Solo entonces supe que quien vestía ese capote negro era la Muerte y que en su compañía, el oro vale nada.  

            

GABY, LA NIÑA DE LA PLAYA


            La vio por primera vez bajo el cují de la casa frente a la suya en la playa. Y se prendó de ella. Él tendría 14. Ella, 15. El sol de la tarde brillaba sobre su cabello. No era rubio, como en las películas. Tan solo castaño, como el de la mayoría de las niñas de origen europeo. Vestía un traje de baño entero y sobre éste, unos pantalones cortos que dejaban ver unas piernas forjadas por las clases de ballet. Un sinfín de pecas embellecía sus hombros. Blanca, como puede esperarse de la hija de unos italianos, la insistente costumbre de pasar temporadas en la casa de la playa le imprimió esa constelación de diminutas motas sobre sus hombros y pechos que se derramaban entre sus senos. Ya había padecido esas erecciones incómodas, causadas por la modorra del mediodía. Pero esta vez vino con un intenso deseo. Y ya no se debía a las revistas porno holandesas. Las hormonas comenzaron a recorrerle las venas con el vigor con el que fluye la sangre después de correr como loco, huyendo quién sabe de qué.
            Temeroso de una respuesta negativa, prefirió guardarse sus palabras de poeta ramplón. Con unas pocas lecturas, de ésas para muchachos, ¿qué podía decirle para lucir inteligente? Debo aclararlo, nuestro personaje era bien parecido, pero también bajo y enclenque, con unos cabellos negros imposibles de peinar y un aire desgarbado que tampoco ayudaba mucho. Además, esa poquedad que le había acompañado desde que alcanzó la pubertad le apelmazaba las palabras hasta volverlas un mazacote. Y sin embargo, era tan linda Gaby, porque era ése su nombre… Pero no pudo balbucear palabra alguna esa vez. Esa tarde solo la miró, supongo que con lujuria. La que puede tener quién apenas está descubriendo el placer oculto entre las piernas de una mujer, que, desde luego, no lo era Gaby entonces.  
            La noche cayó y ya Gaby no estaba bajo el cují. No le importó. Al fin de cuentas, siempre habría un día siguiente. 
            En su chinchorro, el sueño no le llegaba a nuestro personaje. En su lugar, hervían en su mente las imágenes vivas de los labios de Gaby, para él teñidos con la luz de las lámparas de los burdeles… ¡No, de los burdeles no!, parece gritarme nuestro personaje, que lo suyo es mucho más que eso. Su mente dibujaba la nariz perfilada y respingada que imponía distancia e incluso, altivez. También sus ojos azules. Pero, por sobre todas las imágenes, permanecía con insistencia maníaca la de sus pecas resbalándose entre sus senos. Y abrazando ese retrato, por fin logró dormir, debo decir, con placer.
            El sol salió más temprano. El pegote salitroso ya embadurnaba antes de lo habitual. La luz ya aguijoneaba hacía rato. Había despertado con el deseo encendido. Corrió por el corredor, robó una cayena carmesí del jardín y vio que ya no estaba Gaby. Su casa le lució abandonada y solitaria. El cují le pareció reseco y moribundo.
            Ésa fue su última vacación en la casa de la playa.
           Años después la encontró en un café. La luz cubría su cuerpo. Vestía melancolía. Fumaba un cigarrillo mientras leía “El ensayo sobre la ceguera”, de Saramago. Él se detuvo y por breves momentos la contempló, dibujada en un apacible jardín entre un grupo de mesas y gente orbitando a su alrededor, sobre una tarde luminosa que prometía ser perfecta. La reconoció, porque a pesar de los años, seguía teniendo los mismos ojos azules, la misma nariz perfilada y respingada, el mismo cabello castaño, esa tez enrojecida… y las pecas, inundando las vertientes de sus senos expuestos con discreción y encanto. Se contagió, nuestro personaje, de esa melancolía que en ella parecía costumbre. Era él un abogado exitoso. Un hombre culto e inteligente. Incluso, ya no era enclenque, y su cabellera negra comenzaba a mostrar una interesante pelambre gris… pero, pese a su sonrisa y del brillo en esa mirada pícara que conservaba desde aquellos días, Gaby, la niña de la playa, no era tan bonita.