La noche cae en Caracas como una sombra. La
oscuridad ahuyenta a los habitantes que se refugian en sus casas. Aún temprano,
cuando en otras épocas todavía restaban las últimas lumbres del tráfico diario,
la ciudad luce abandonada. Ha envejecido Caracas y ya por las tardes, se cuida
del sereno. La emoción decae y el vigor de otros años da lugar a rapiñadores
que hurgan basureros en le negrura de unas tinieblas que empezaron hace más de tres
lustros.
Caracas se acuesta con el sol. Le
huye a la luna. Se esconde de su mirada triste, que sin juzgar, observa
avergonzada lo que va quedando: recuerdos, solo recuerdos. Todos se resguardan
en sus cubiles. Todos se esconden porque la noche caraqueña depreda. Y la luna
llora por los hijos que ya no estarán.
Hincan los depredadores sus uñas
pestilentes y del bubón exuda fetidez. Un hedor que impregna aun el alma de los
pobladores de una urbe agónica. Nadie se salva de su pestilencia. Enferma y repugna.
Caracas yace en esta grieta estrecha como yace el leproso, abandonado en un
hoyo para que encuentre su destino, para que muera sin ofender. Caracas yace
estertorosa a los pies de un sultán decepcionado al que incluso su nombre le
fue robado.
Sucursal del Cielo, antes. Hoy un
sumidero, en el que las desgracias y las miserias se amontonan como el
estiércol. Hiede Caracas, a dolor, a sangre putrefacta y a vicios
inconfesables. Y de su hedor, repulsivo y nauseabundo como el perfume de la
muerte, no conseguimos librarnos, ni siquiera encerrados en las celdas que de
nuestras casas han hecho esos demontres, que una madrugada de febrero
emergieron de sus sentinas mefíticas para corromperlo todo.

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