miércoles, 18 de marzo de 2015

EL DEDO MÁGICO

            
            Soy yo, pobre. Malviviente que mora estos poblados cercanos a las costas frente a Iliria. Por caudales, tengo esta osamenta y este cuero reseco que la cubre, y, por suerte, este sayo barato que viste mi horrenda desnudez. Además de malas mañas, llevo conmigo hambre, y también desesperación, que bien se sabe, mala consejera es.
            Me dirigía a una feria en las cercanías de Rávena. Buscaba yo timar a algunos que deseando creer, siempre creen.
            Carezco de caballos y de carruajes. Por calzado, llevo unas cáligas que hurté hace tiempo a un centurión muerto. Había entrado de lleno el verano y por ello, el calor azotaba mi cuerpo con vigor, como aquella vez que por robar, me fueron impuestos diez latigazos, atizados con destreza. La sed me incendiaba las vísceras y el hambre me cegaba el entendimiento. Me arrimé hasta un manzano junto a la vieja estatua de un león. Me tendí para saciarme de lo único posible: la suave brisa que alborotaba sus aromas.  
            Surgió ante mí una sombra. Una silueta misteriosa. Su rostro se ocultaba detrás de un capirote profundo y oscuro. Su delgadez era aún mayor que la mía. Cubría su cuerpo un hábito negro como el cuervo que desde la cabeza del león me observaba con angustiante detenimiento. Sus pies desnudos no mostraban las heridas que el rigor del camino debió causarle. Intimidaba como un espectro. Curiosamente, también seducía como una hermosa mujer. 
Se sentó junto a mí. Emanaba un olor a flores, como esas que arden con los cuerpos en los funerales. Sus manos recordaban los pétalos de la rosa cuando ya decae su color y pronta está morir. Lucían delicadas como el rocío sobre las hojas. Sus dedos se alagaban como estiletes pero mentiría si afirmara que se asemejaban a los de un hechicero. Juntos miramos el paisaje pastoril. Disfrutamos del perfume de los campos.
-Bien sé que maldices tu suerte - me dijo.
-¡Claro! - Repliqué. Y tocando un guijarro con su dedo índice, largo y pálido, como deben ser los de Átropos, en oro transformó su áspero material.
-Tómalo, es tuyo.
Lo desdeñé, con rencor, aunque carecía hasta de un mendrugo mohoso para saciar el hambre. No se perturbó. No me miró. No censuró mi soberbia. Solo tocó la estatua del león. Su delicadeza evocó la de una noble mujer patricia. Como la maleza que cubre los muros, el oro arropó la estatua con su tentador brillo.
-Tómala, es tuya.
La dulzura de su voz me hizo saber que en la honda penumbra del tabardo que cubría su rosto, sonreía.
-¡No! - Grité, a pesar de ser yo tan miserable. La ira me bullía en las venas como la lava que calcina todo a su paso. Mil demonios me robaron la razón. Me arrojé sobre ese ser gentil y, al parecer, débil, que, sin pedir nada a cambio, me ofrecía tanto. Tomé su mano con rudeza y aun con los dientes, cual las ratas de un sumidero maloliente, traté de cortar ese dedo mágico. Solo entonces supe que quien vestía ese capote negro era la Muerte y que en su compañía, el oro vale nada.  

            

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