martes, 21 de marzo de 2017

El legado del comandante

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Un tinte cenizo pinta el rostro de un niño. Sus ropas hieden. Él también. No calza zapatos. Solo unas chanclas resguardan del asfalto sus pies roñosos. Sus hermanos igualan la estampa, que de lejos pierde los matices y se tiñe de un color opaco, terroso. Las manos tiernas penetran la fetidez de la bolsa negra y con la inocencia de quien aún no cumple dos lustros, extrae lo que puede. Sonríe, al ver a los transeúntes. Él no recuerda otros días mejores.  
            Más allá, bajo la luz exangüe del farol, un hombre profana otra bolsa. A pesar del hedor, no siente asco. El dinero jamás lo causa. Recolecta minuciosamente cosas: potes vacíos, zapatos y ropas, restos de equipos eléctricos… En esta Venezuela de hoy, hay un mercado para vender basura.
La noche va cayendo, pero su sayo apolillado no oculta. La luna mira y derrama una garúa de lágrimas sobre la ciudad. El sol se fue. Se esconde. No quiere ver.
Un viejo se tiende en la escalinata de un templo, a ver si los santos le ayudan. Se envuelve en frazadas mugrientas. Su piel la recubre una binza fétida. Fuma un cigarrillo. La calle no es lugar para dormir, y menos en Caracas, donde la muerte festeja cada noche, acompañada por sus diablos.
La mujer deja parte de su compra. No le alcanza. No comerá ella para que sus hijos sí. Y escasamente. Maldice, con rabia. No la culpo. En las madrugadas, cuando los retortijones le roben el sueño, pensará en su vida y en las promesas de los falsos. Pero su cuerpo débil ya no podrá siquiera gritar. Cuando mucho, sollozará y extenderá la mano para pedir, porque por robarle, los falsos le robaron los sueños y también la dignidad.
El hombre grita al fondo del autobús. Ofende su lenguaje soez y también su llanto desgarrado, porque nada entumece más el espíritu que ver a un hombre llorar, y confesar que no ha comido siquiera un mendrugo de pan duro. Pero su incertidumbre, que aguijonea su alma y su estómago, ofende mucho más; aunque lo nieguen y en sus mesas opulentas, los falsos harten sus tripas con avidez.
Comen basura y, como perros realengos, se disputan restos malolientes. Otros hacen negocio con la bazofia de una ciudad putrefacta. El hedor nauseabundo impregna el ambiente, con su tufo ácido, con ese olor penetrante que emana de la boñiga amontonada. Como perros hambreados se lanzan dentelladas, porque en la miseria no florece la solidaridad… solo prosperan la cizaña y el odio.
El niño color ceniza juega y sonríe, porque no ha vivido otra cosa. La mujer llora por su hijos, porque se mueren de mengua; y por las noches, a ella la muerden por igual el hambre y el resentimiento. El hombre grita en el fondo del autobús, mientras las sombras lastimeras de sus conciudadanos ocultan sus caras en un silencio atronador, porque saben que tarde o temprano, esos gritos serán suyos.
Y los falsos ríen en sus casonas. 

miércoles, 6 de abril de 2016

El color de los Nazarenos

No reconozco esta ciudad. No reconozco este país. Sí, en el que yo nací, hace cincuenta y dos años, existía la caída de agua más alta del mundo, el Salto Ángel. También existían dos obras de ingeniería de las cuales enorgullecerse: el puente Rafael Urdaneta y el complejo hidroeléctrico Raúl Leoni (Guri). Caracas estaba al pie del Ávila… y, ya voy comprendiendo, no lo estaba a los pies de un cerro llamado Guaraira Repano.
Nací en la parroquia Candelaria. La clínica ya no existe ni vive el médico que asistió a mi madre el día que llegué a esta vida. Creo que su nombre era Clínica Córdoba. Ya no está mi madre para corroborarlo. El nombre del médico sí lo sé: Domínguez Sisco. Al parecer, era él quien más partos atendía entonces. Por ello, mi partida de nacimiento está en una oficina a la que un día fui para solicitar una copia y descubrí que como en las casas viejas, los ratones igualmente hacen estragos.
Estudié en un colegio común y corriente. No estudiaban ahí los grandes apellidos, que preferían el San Ignacio de Loyola o La Salle… acaso, el Don Bosco, de cuyas aulas egresó el más notorio empresario venezolano. Pero es que su madre es militante de las respetadas Damas Salesianas. Claro, había otros, como el Santiago de León o El Peñón. Pero esos estaban destinados a los padres que optaban por una formación laica. De los viejos colegios y liceos de Caracas, como el Instituto San Pablo o el Liceo Experimental Venezuela, ya en esos años, los ’70, solo puedo confesar que empezaban a transitar ese destino fantasmal que la desidia va construyéndole a las cosas, y a la gente.
Me gradué en la UCAB. Para el año de mi grado, aún no contaba con edificios y mucho menos, con una feria de comida rápida (con sushi y todo). Pero en ese cafetín malo, hediondo a café hervido, amarré amistades que todavía conservo: una muchacha de la avenida Sucre de Catia que se casó con un marino mercante, el hijo de un expresidente, una muchacha del Country Club, que hoy vive en Miami. Otras más, desde luego. Como la nieta de un encumbrado médico venezolano, que como yo, ya solo atesora un linaje distinguido. En el campus de la UCAB disfruté de la compañía de esa variedad social que es Venezuela. En sus aulas conocí a mi primera novia formal: una sueca más pequeña que yo, y ya es bastante decir, cuyo padre vino a probar suerte en la tierra de su mujer. Hoy, ella vive en su ciudad natal: Gotemburgo. No la culpo.
Empecé a ejercer mi oficio, este de ser abogado, cuando la nación comenzaba a cegarse por la estupidez. En esos días, no solo hubo una conmoción social inédita para mi generación, dos golpes de Estado fallidos, sino además infinidad de rumores, de atentados, de fábulas que se consumaron finalmente con la victoria de un felón el 6 de diciembre de 1998.
Ya no deseo ejercer este oficio. El de abogado. Los registros públicos no parecen tales, sino calabozos sucios de una delegación policial. Sus funcionarios, ya no visten traje, sino bluyines tan pringosos que la fetidez puede verse. Sus camisas, franelas desleídas, asemejan un lampazo usado. Y por supuesto, nada sirve. Hasta las fotocopias, por las cuales se pagan derechos, las debe sacar uno, ¡y pagarlas! El centro de Caracas, ese que con tanto placer recorría cuando acudía a tribunales, es el de otra ciudad. Hay cosas loables, sí; pero una joven fotógrafa corre el riesgo de perder una pierna por un disparo que le pegaron unos malandros, precisamente para robarle la cámara intentando retratar las escalinatas de El Calvario, cuando tenían esa mirada del Gran Hermano pintada en sus estrechos peldaños. Aún más, espantan los grupúsculos de fanáticos, arengando con violencia sus consignas políticas, ofendiendo a todo aquel que tenga a bien no congeniar con ellos, y agrediendo a cuantos osen siquiera sugerir lo que es obvio, que su comandante supremo inventó, mucho, y erró demasiado.
Los supermercados, ahora feos y mugrientos, venden menos productos, aunque mucho más caros. Hoy, un café de máquina en una panadería cuesta más que el primer automóvil que compré, un Fiat Spazio, año ochenta y algo. Las colas para comprar, aun toallas sanitarias y papel higiénico, nos avergüenzan… o nos humillan… Y uno, que sacrificó tanto para obtener un grado universitario, se pregunta mientras tolera ofensas porque a alguien se le antoja que uno no colabora lo suficiente con la revolución aguantando más penas: ¿valió la pena?
A veces, sin embargo, me detengo a la sombra de algún árbol solo para admirar como sus flores moradas le visten con los colores del Nazareno, y aún más, como al caer, con los días, forma un hermoso alfombrado sobre la acera. Entonces caigo en cuenta que esta sí es Caracas, la ciudad en la que yo nací hace cincuenta y dos años, y que como todos los seres vivos, está enferma y que pronto, sanará… o al menos, eso deseo creer.


miércoles, 18 de marzo de 2015

EL DEDO MÁGICO

            
            Soy yo, pobre. Malviviente que mora estos poblados cercanos a las costas frente a Iliria. Por caudales, tengo esta osamenta y este cuero reseco que la cubre, y, por suerte, este sayo barato que viste mi horrenda desnudez. Además de malas mañas, llevo conmigo hambre, y también desesperación, que bien se sabe, mala consejera es.
            Me dirigía a una feria en las cercanías de Rávena. Buscaba yo timar a algunos que deseando creer, siempre creen.
            Carezco de caballos y de carruajes. Por calzado, llevo unas cáligas que hurté hace tiempo a un centurión muerto. Había entrado de lleno el verano y por ello, el calor azotaba mi cuerpo con vigor, como aquella vez que por robar, me fueron impuestos diez latigazos, atizados con destreza. La sed me incendiaba las vísceras y el hambre me cegaba el entendimiento. Me arrimé hasta un manzano junto a la vieja estatua de un león. Me tendí para saciarme de lo único posible: la suave brisa que alborotaba sus aromas.  
            Surgió ante mí una sombra. Una silueta misteriosa. Su rostro se ocultaba detrás de un capirote profundo y oscuro. Su delgadez era aún mayor que la mía. Cubría su cuerpo un hábito negro como el cuervo que desde la cabeza del león me observaba con angustiante detenimiento. Sus pies desnudos no mostraban las heridas que el rigor del camino debió causarle. Intimidaba como un espectro. Curiosamente, también seducía como una hermosa mujer. 
Se sentó junto a mí. Emanaba un olor a flores, como esas que arden con los cuerpos en los funerales. Sus manos recordaban los pétalos de la rosa cuando ya decae su color y pronta está morir. Lucían delicadas como el rocío sobre las hojas. Sus dedos se alagaban como estiletes pero mentiría si afirmara que se asemejaban a los de un hechicero. Juntos miramos el paisaje pastoril. Disfrutamos del perfume de los campos.
-Bien sé que maldices tu suerte - me dijo.
-¡Claro! - Repliqué. Y tocando un guijarro con su dedo índice, largo y pálido, como deben ser los de Átropos, en oro transformó su áspero material.
-Tómalo, es tuyo.
Lo desdeñé, con rencor, aunque carecía hasta de un mendrugo mohoso para saciar el hambre. No se perturbó. No me miró. No censuró mi soberbia. Solo tocó la estatua del león. Su delicadeza evocó la de una noble mujer patricia. Como la maleza que cubre los muros, el oro arropó la estatua con su tentador brillo.
-Tómala, es tuya.
La dulzura de su voz me hizo saber que en la honda penumbra del tabardo que cubría su rosto, sonreía.
-¡No! - Grité, a pesar de ser yo tan miserable. La ira me bullía en las venas como la lava que calcina todo a su paso. Mil demonios me robaron la razón. Me arrojé sobre ese ser gentil y, al parecer, débil, que, sin pedir nada a cambio, me ofrecía tanto. Tomé su mano con rudeza y aun con los dientes, cual las ratas de un sumidero maloliente, traté de cortar ese dedo mágico. Solo entonces supe que quien vestía ese capote negro era la Muerte y que en su compañía, el oro vale nada.  

            

GABY, LA NIÑA DE LA PLAYA


            La vio por primera vez bajo el cují de la casa frente a la suya en la playa. Y se prendó de ella. Él tendría 14. Ella, 15. El sol de la tarde brillaba sobre su cabello. No era rubio, como en las películas. Tan solo castaño, como el de la mayoría de las niñas de origen europeo. Vestía un traje de baño entero y sobre éste, unos pantalones cortos que dejaban ver unas piernas forjadas por las clases de ballet. Un sinfín de pecas embellecía sus hombros. Blanca, como puede esperarse de la hija de unos italianos, la insistente costumbre de pasar temporadas en la casa de la playa le imprimió esa constelación de diminutas motas sobre sus hombros y pechos que se derramaban entre sus senos. Ya había padecido esas erecciones incómodas, causadas por la modorra del mediodía. Pero esta vez vino con un intenso deseo. Y ya no se debía a las revistas porno holandesas. Las hormonas comenzaron a recorrerle las venas con el vigor con el que fluye la sangre después de correr como loco, huyendo quién sabe de qué.
            Temeroso de una respuesta negativa, prefirió guardarse sus palabras de poeta ramplón. Con unas pocas lecturas, de ésas para muchachos, ¿qué podía decirle para lucir inteligente? Debo aclararlo, nuestro personaje era bien parecido, pero también bajo y enclenque, con unos cabellos negros imposibles de peinar y un aire desgarbado que tampoco ayudaba mucho. Además, esa poquedad que le había acompañado desde que alcanzó la pubertad le apelmazaba las palabras hasta volverlas un mazacote. Y sin embargo, era tan linda Gaby, porque era ése su nombre… Pero no pudo balbucear palabra alguna esa vez. Esa tarde solo la miró, supongo que con lujuria. La que puede tener quién apenas está descubriendo el placer oculto entre las piernas de una mujer, que, desde luego, no lo era Gaby entonces.  
            La noche cayó y ya Gaby no estaba bajo el cují. No le importó. Al fin de cuentas, siempre habría un día siguiente. 
            En su chinchorro, el sueño no le llegaba a nuestro personaje. En su lugar, hervían en su mente las imágenes vivas de los labios de Gaby, para él teñidos con la luz de las lámparas de los burdeles… ¡No, de los burdeles no!, parece gritarme nuestro personaje, que lo suyo es mucho más que eso. Su mente dibujaba la nariz perfilada y respingada que imponía distancia e incluso, altivez. También sus ojos azules. Pero, por sobre todas las imágenes, permanecía con insistencia maníaca la de sus pecas resbalándose entre sus senos. Y abrazando ese retrato, por fin logró dormir, debo decir, con placer.
            El sol salió más temprano. El pegote salitroso ya embadurnaba antes de lo habitual. La luz ya aguijoneaba hacía rato. Había despertado con el deseo encendido. Corrió por el corredor, robó una cayena carmesí del jardín y vio que ya no estaba Gaby. Su casa le lució abandonada y solitaria. El cují le pareció reseco y moribundo.
            Ésa fue su última vacación en la casa de la playa.
           Años después la encontró en un café. La luz cubría su cuerpo. Vestía melancolía. Fumaba un cigarrillo mientras leía “El ensayo sobre la ceguera”, de Saramago. Él se detuvo y por breves momentos la contempló, dibujada en un apacible jardín entre un grupo de mesas y gente orbitando a su alrededor, sobre una tarde luminosa que prometía ser perfecta. La reconoció, porque a pesar de los años, seguía teniendo los mismos ojos azules, la misma nariz perfilada y respingada, el mismo cabello castaño, esa tez enrojecida… y las pecas, inundando las vertientes de sus senos expuestos con discreción y encanto. Se contagió, nuestro personaje, de esa melancolía que en ella parecía costumbre. Era él un abogado exitoso. Un hombre culto e inteligente. Incluso, ya no era enclenque, y su cabellera negra comenzaba a mostrar una interesante pelambre gris… pero, pese a su sonrisa y del brillo en esa mirada pícara que conservaba desde aquellos días, Gaby, la niña de la playa, no era tan bonita.  

lunes, 5 de agosto de 2013

La daga del padre

La daga del padre
Su padre, un mercader exitoso del suroeste yemení, llegó a su casa en Murad, junto a las venteadas aguas del Mar Rojo. Traía consigo nuevas. Muy buenas, a su juicio, para no decir excelentes, que sería exagerar.
- ¡Se casa! – Dijo. La madre, devota y obediente, como era su deber, agradecía a Alá por la buena fortuna de su hija. Un buen marido siempre se agradece para una hija. Claro, confiaba ella que sería un buen hombre de la ciudad o, como mucho, de algún poblado vecino, y que sería, sobre todo, paciente. Y es que la madre, cuyo vientre no gozaba de suficientes bendiciones, pensaba tenerla a su lado un tiempo más, para continuar disfrutando de su compañía y, desde luego, de la ayuda que ofrecía en los quehaceres domésticos.
- Es un próspero mercader de cabras -  recalcó el padre, acariciando la empuñadura de su hermosa daga. Se regodeaba en la magnífica dote que él podía pagar - Vive al otro lado del mar, en Moulhoule, y es muy apreciado por sus vecinos - comentó, como si separar a la madre de su hija no fuese a causar penas al corazón de esta mujer, joven y vieja a la vez.
- ¿Cómo? - Replicó la madre de inmediato - al otro lado del mar… ¿en Yibuti? - Y puede que su voz dejase escapar algún tono quejoso, aunque con timidez e incluso, temor. Su marido, receloso del papel que corresponde a la mujer, según su entendimiento de las escrituras, le miró cauto, pronto a recriminarla. No lo hizo, en ese momento. Lo hizo, no obstante, instantes después, cuando su hombría se sintió quebrantada.
- Es un hombre con muchos caudales, creyente, respetuoso de la verdadera fe - Dijo, y de seguidas agregó - ¿qué reprochas mujer? – Se quedó mirándola. Murmuró algunos ruidos. Reclamos ininteligibles, para no desgraciar lo que a su entender, era un día venturoso.
- ¡Vaya a cocinar! - Ordenó luego, que viene a cenar con nosotros… Y la mujer obedeció.  
El hombre salió a comprar kat. También dátiles y aceitunas. Deseaba honrar a su futuro yerno como correspondía. Gracias a este casorio, aupado por una diligente casamentera de su pueblo, cosecharía frutos muy provechosos, y deseaba demostrar por ello, no la magnífica dote que podía dar, sino su solvencia como comerciante. Enseñar su prosperidad como carta aval de sus buenas artes para los negocios. Se sentía henchido, alegre. Una elocuente sonrisa ensanchaba su rostro. Su decisión era lo más sensato ¡Claro! Su hija desposaría a un próspero devoto, respetuoso de las virtudes que, según sus interpretaciones, proclamaba el Sagrado Corán. Y, como de paso a la tienda de abarrotes cruzó frente a la mezquita, entró a conversar y darle la buena nueva al imán. Era éste un hombre sereno, de temple muy juicioso y quizás, un tanto rebelde para muchos fieles conservadores de su fe.
- ¡Se casa mi hija! - Le anunció al clérigo. Por supuesto, después de pedir la bendición de Alá y reconocer la verdad del Profeta.
- Siéntate hijo, ven y acompáñame a beber una taza de té - Dijo el imán. Su voz no se perturbaba y su serenidad era la de un hombre sabio, que no busca imponer su criterio sino guiar, que, a su entender, era su verdadero oficio.
- Te conozco - Dijo, y luego agregó - desde que eras un niño, bastante terco, debo decir, y también he tenido la dicha de conocer a tu mujer y tu hija - arguyó y luego prosiguió - cuéntame, ¿quién es este hombre que has decidido para esposo de tu hija?
- Un mercader, de cabras – contestó el padre mientras acariciaba de nuevo su preciosa daga empuñada en oro - Vive en Moulhoule y Alá lo ha bendecido con riquezas – agregó.  
El imán no alteró su voz a pesar de la jactancia del visitante. Sólo repitió las palabras que momentos antes había dicho la madre de la hija a desposarse - ¿En Yibuti? - Bebió un sorbo de su té, sin alterarse, sin mostrar atisbos de censura. Y entonces preguntó en ese tono dulce que había aprendido a usar con el curso de los años - ¿No crees que su madre desee disfrutar de su compañía un tiempo más? ¿No crees que tu hija desee gozar de los buenos consejos de una mujer excepcional como lo es la tuya? Es lejos – agregó y tras una breve pausa para pensar sus palabras, continuó - Tu mujer, sabemos, no está en condiciones de viajar y tu hija no debería ausentarse del hogar de su esposo por mucho tiempo… Si es que su deseo es, desde luego y con el consentimiento de éste, acompañar a su madre, tu mujer.
De nuevo, el imán tomó la tasa de té y bebió sorbos diminutos.
El hombre, molesto por las respuestas del clérigo, insistió que ese hombre, próspero, era un hombre de fe, respetuoso del Corán.
- Me alegra escuchar que sea respetuoso de la fe, hijo obediente de Alá - Y luego de beber pausadamente otro sorbo de té, volvió a preguntar - ¿no crees que deberías pensarlo mejor?
Su voz pudo parecer la de un ángel pero el hombre no la quiso escuchar. Por el contrario, orgulloso, empuñando su daga recelosamente, pero sin ofender al imán, replicó, debo decir, con la terquedad del necio - No, no debería pensarlo. Estoy convencido de su idoneidad para desposar a mi hija. Es un mercader muy rico, un hombre de fe y mi hija estará feliz de desposarlo. 
El clérigo sólo le miró a los ojos, con los suyos, que eran cristalinos, como el agua del aljibe, claros como la verdad, y sentenció - Ojalá y estés en lo cierto y sea este viejo el que yerre sus pensamientos - Después lo besó en las mejillas, con la ternura de un hombre santo, que sólo busca obrar conforme a la voluntad de Dios.
El hombre salió de la mezquita y continuó su paso por las tiendas de abarrote. Compró kat y más té, compró también carne de cordero, aceitunas y buen aceite, porque no quería parecer avaro ni descortés con el mercader que desposaría a su hija. Y si bien marchaba contento, las palabras del imán le golpeaban insistentemente, no con la rudeza de una coz de burro, pero si como el repiqueteo del agua sobre la piedra, que excava la roca más obstinada. Se repetían una y otra vez en su mente, como si algún demonio se hubiese posesionado del clérigo para atormentarlo a él y machacarle culpas, sin fundamento, porque no dudaba de la rectitud de su proceder ¿Cómo era posible que no estuviese de acuerdo el noble imán? Si el hombre era devoto creyente, próspero comerciante… Sin dudas, bendecido por Alá.
- Debía ser eso - se dijo en voz baja. Por alguna razón el imán había resultado víctima de demonios, por algunos momentos, para tentarlo, para que le negase a su hija un matrimonio tan beneficioso. Y puede que al cruzar la esquina y no ver más el minarete, haya dejado de lado las palabras del imán, sobre todo cuando vino a su mente un negocio muy lucrativo, que iba a reportarle inimaginables bendiciones y, desde luego, dinero a sus arcas.
Regresó a su casa, este hombre, con un paso firme, seguro, propio de quien está orgulloso, confiado de sus decisiones, inspiradas en su juicio, que a su vez lo animaba su interpretación del Sagrado Corán. Y sin saber por qué, de repente, como quien pisa una piedra que lastima el pie, dolorosamente, regresaron las palabras del clérigo a su mente, para abrumarlo en esas horas que, según su criterio, debían ser jubilosas
- ¿Por qué? - Se preguntó - ¿Por qué me asaltan estos temores y estas angustias? - se decía, indagando la causa en su corazón. Aun llegó a reclamarse la visita al imán.
Al entrar a su casa, cargado de mercaderías para festejar tan venturosa ocasión, no pudo encontrar mejor fundamento a sus pesares. Su mujer, llorando, salió a recibirle al pórtico. Sus llantos eran quejosos, lastimeros y sobre todo, recriminatorios. Sus llantos eran dolorosos.
- ¿Qué ocurre? - Preguntó el hombre, sin siquiera imaginar la respuesta. Y la mujer, que entre llantos y rabias, apenas lograba esputar las palabras.
- Tu hija, nuestra hija, se ha quitado la vida. Ahora pende del techo de su cuarto como tus cabras del de tu negocio – le espetó, como si de un salivazo se tratase.
El hombre no dio crédito a las horrendas palabras de su mujer. Sus ojos se inundaron de lágrimas y como un pesado fardo, cayeron las palabras del imán sobre su consciencia y su cuerpo. Pensó, primero, en el mal augurio que esas frases implicaban. Y de nuevo, se recriminó, ahora con mayor dolor, la visita al imán
- ¡No debí visitarlo! – dijo. Le endilgó la culpa al clérigo, rabioso, iracundo, adolorido, por sus críticas, por sus frases incomprensibles - ¿Y qué voy a decirle? - pensó en voz alta. Ya no habría casorio, y, además, como bien se sabe, el Sagrado Corán, que es la única ley para los creyentes del Islam, también impone castigos muy severos a quienes atentan contra su propia vida - ¡Qué vergüenza! - pensó de nuevo, otra vez en voz alta, sintiéndose desdichado, porque con la muerte de su hija, con el castigo providencial, perdía las bendiciones que ese casamiento iba a otorgarle.
- Mi hija me ha condenado – dijo - Y por ello, perderé las bendiciones del Cielo – agregó mientras la madre, llorosa y profundamente desgarrada, miraba al esposo. En sus ojos no había fe, no había debida obediencia. Había sí, dolor, intenso, insoportable. Había odio.
- Tu hija no te ha condenado - Dijo el clérigo, cuando llegó hasta la casa del hombre, advertido por los vecinos de la desgracia. Posó su mano sobre el hombro, y, gentilmente, lo llevó a un salón más íntimo del hogar para hablarle con ese tono pausado y ciertamente amoroso.
- Has sido tú, que has pretendido robar a tu hija la inocencia de su niñez para desposarla con un hombre, un mercader, que tus ojos ven con agrado, pero no así los de tu hija, quien aún no cumplía los doce años y solo ayer, acaso, bajaron de su vientre los primeros días impuros – Sentenció sin tono áspero ni recriminaciones airadas - Confío que el amoroso Alá perdone a tu hija por un acto como éste, pero también espero que muestre indulgencia hacia ti - Y dicho esto, de nuevo besó su mejilla y se despidió.
El imán se perdió en medio de la multitud hasta desvanecerse en la polvareda y los chismes. El padre, sentado en un sillón de cuero, trataba de comprender las palabras del clérigo, que ahora, más que antes, confundían su entendimiento. Y por ello, su mujer se le acercó y posando sus manos sobre sus hombros, le besó la cabeza.
- Tú nos has condenado a todos – dijo, y apartándose de él hasta mirarlo reducido a un cuerpo apaleado, le espetó - te odio.
El hombre quedó solo en el salón, acariciando la empuñadura de oro de su daga. 

miércoles, 13 de febrero de 2013

Sin título


El amor es algo complejo. Nos hace felices, desde luego. Pero también nos hace sufrir. Debe ser de ese modo, claro, porque amar es sentirse vivo. Antes de conocerte, mi amor, todo era distinto. No voy a mentir, ya antes he sufrido. Sin embargo, contigo ha sido diferente. He llorado, que jode, por tu ausencia. Cada noche, no lo niego, resiento la falta de ti en mi cuerpo. Y digo mi cuerpo todo. No sólo porque amarte, físicamente, es importante, sino porque encontrarme con tu alma cada día y cada noche es una experiencia única. Eso me nutre, no te imaginas cuánto. Y, ¿sabes? Quisiera que tú sintieras lo mismo. Ojalá y sea así. Quiero creer que así es. Porque, créeme, te amo. Todo este tiempo ha sido un tránsito duro desde aquella mañana que te conocí hasta hoy, pero, sin lugar a dudas, aleccionador. Aprendí que te amo y que amarte es siempre beneficioso, aunque, no lo niego, a veces me duela. Me hace sentir vivo y, a pesar del distanciamiento doloroso, me reconforta sentir esto que ciertamente siento por ti. Te amo, amor, te adoro como tú sabes que lo hago. Eres, dicho del modo más simple pero precisamente por ello, perfecto: mi bonita.

viernes, 16 de marzo de 2012

También y tampoco


Si soñar es una forma de vivir, entonces nuestro amor es una verdad. Y ojalá que cada vez que sueño, de alguna forma mi sueño sea también tuyo. Que cada noche, al cerrar los ojos, tus besos y los míos se encuentren en ese ámbito onírico, que invade mi corazón y que espero, invada también el tuyo. Y si por soñar vivo, de algún modo, en ese mundo tú y yo seguimos juntos y nos amamos, como los amantes se aman. Y pido al Cielo que en ese mundo, juntos tú y yo, tú también desees amarme, como yo te he amado desde el día que te conocí. Y por eso, quiero y a Dios le pido, que así como yo no he sido capaz de olvidarte, tú tampoco.