miércoles, 18 de marzo de 2015

EL DEDO MÁGICO

            
            Soy yo, pobre. Malviviente que mora estos poblados cercanos a las costas frente a Iliria. Por caudales, tengo esta osamenta y este cuero reseco que la cubre, y, por suerte, este sayo barato que viste mi horrenda desnudez. Además de malas mañas, llevo conmigo hambre, y también desesperación, que bien se sabe, mala consejera es.
            Me dirigía a una feria en las cercanías de Rávena. Buscaba yo timar a algunos que deseando creer, siempre creen.
            Carezco de caballos y de carruajes. Por calzado, llevo unas cáligas que hurté hace tiempo a un centurión muerto. Había entrado de lleno el verano y por ello, el calor azotaba mi cuerpo con vigor, como aquella vez que por robar, me fueron impuestos diez latigazos, atizados con destreza. La sed me incendiaba las vísceras y el hambre me cegaba el entendimiento. Me arrimé hasta un manzano junto a la vieja estatua de un león. Me tendí para saciarme de lo único posible: la suave brisa que alborotaba sus aromas.  
            Surgió ante mí una sombra. Una silueta misteriosa. Su rostro se ocultaba detrás de un capirote profundo y oscuro. Su delgadez era aún mayor que la mía. Cubría su cuerpo un hábito negro como el cuervo que desde la cabeza del león me observaba con angustiante detenimiento. Sus pies desnudos no mostraban las heridas que el rigor del camino debió causarle. Intimidaba como un espectro. Curiosamente, también seducía como una hermosa mujer. 
Se sentó junto a mí. Emanaba un olor a flores, como esas que arden con los cuerpos en los funerales. Sus manos recordaban los pétalos de la rosa cuando ya decae su color y pronta está morir. Lucían delicadas como el rocío sobre las hojas. Sus dedos se alagaban como estiletes pero mentiría si afirmara que se asemejaban a los de un hechicero. Juntos miramos el paisaje pastoril. Disfrutamos del perfume de los campos.
-Bien sé que maldices tu suerte - me dijo.
-¡Claro! - Repliqué. Y tocando un guijarro con su dedo índice, largo y pálido, como deben ser los de Átropos, en oro transformó su áspero material.
-Tómalo, es tuyo.
Lo desdeñé, con rencor, aunque carecía hasta de un mendrugo mohoso para saciar el hambre. No se perturbó. No me miró. No censuró mi soberbia. Solo tocó la estatua del león. Su delicadeza evocó la de una noble mujer patricia. Como la maleza que cubre los muros, el oro arropó la estatua con su tentador brillo.
-Tómala, es tuya.
La dulzura de su voz me hizo saber que en la honda penumbra del tabardo que cubría su rosto, sonreía.
-¡No! - Grité, a pesar de ser yo tan miserable. La ira me bullía en las venas como la lava que calcina todo a su paso. Mil demonios me robaron la razón. Me arrojé sobre ese ser gentil y, al parecer, débil, que, sin pedir nada a cambio, me ofrecía tanto. Tomé su mano con rudeza y aun con los dientes, cual las ratas de un sumidero maloliente, traté de cortar ese dedo mágico. Solo entonces supe que quien vestía ese capote negro era la Muerte y que en su compañía, el oro vale nada.  

            

GABY, LA NIÑA DE LA PLAYA


            La vio por primera vez bajo el cují de la casa frente a la suya en la playa. Y se prendó de ella. Él tendría 14. Ella, 15. El sol de la tarde brillaba sobre su cabello. No era rubio, como en las películas. Tan solo castaño, como el de la mayoría de las niñas de origen europeo. Vestía un traje de baño entero y sobre éste, unos pantalones cortos que dejaban ver unas piernas forjadas por las clases de ballet. Un sinfín de pecas embellecía sus hombros. Blanca, como puede esperarse de la hija de unos italianos, la insistente costumbre de pasar temporadas en la casa de la playa le imprimió esa constelación de diminutas motas sobre sus hombros y pechos que se derramaban entre sus senos. Ya había padecido esas erecciones incómodas, causadas por la modorra del mediodía. Pero esta vez vino con un intenso deseo. Y ya no se debía a las revistas porno holandesas. Las hormonas comenzaron a recorrerle las venas con el vigor con el que fluye la sangre después de correr como loco, huyendo quién sabe de qué.
            Temeroso de una respuesta negativa, prefirió guardarse sus palabras de poeta ramplón. Con unas pocas lecturas, de ésas para muchachos, ¿qué podía decirle para lucir inteligente? Debo aclararlo, nuestro personaje era bien parecido, pero también bajo y enclenque, con unos cabellos negros imposibles de peinar y un aire desgarbado que tampoco ayudaba mucho. Además, esa poquedad que le había acompañado desde que alcanzó la pubertad le apelmazaba las palabras hasta volverlas un mazacote. Y sin embargo, era tan linda Gaby, porque era ése su nombre… Pero no pudo balbucear palabra alguna esa vez. Esa tarde solo la miró, supongo que con lujuria. La que puede tener quién apenas está descubriendo el placer oculto entre las piernas de una mujer, que, desde luego, no lo era Gaby entonces.  
            La noche cayó y ya Gaby no estaba bajo el cují. No le importó. Al fin de cuentas, siempre habría un día siguiente. 
            En su chinchorro, el sueño no le llegaba a nuestro personaje. En su lugar, hervían en su mente las imágenes vivas de los labios de Gaby, para él teñidos con la luz de las lámparas de los burdeles… ¡No, de los burdeles no!, parece gritarme nuestro personaje, que lo suyo es mucho más que eso. Su mente dibujaba la nariz perfilada y respingada que imponía distancia e incluso, altivez. También sus ojos azules. Pero, por sobre todas las imágenes, permanecía con insistencia maníaca la de sus pecas resbalándose entre sus senos. Y abrazando ese retrato, por fin logró dormir, debo decir, con placer.
            El sol salió más temprano. El pegote salitroso ya embadurnaba antes de lo habitual. La luz ya aguijoneaba hacía rato. Había despertado con el deseo encendido. Corrió por el corredor, robó una cayena carmesí del jardín y vio que ya no estaba Gaby. Su casa le lució abandonada y solitaria. El cují le pareció reseco y moribundo.
            Ésa fue su última vacación en la casa de la playa.
           Años después la encontró en un café. La luz cubría su cuerpo. Vestía melancolía. Fumaba un cigarrillo mientras leía “El ensayo sobre la ceguera”, de Saramago. Él se detuvo y por breves momentos la contempló, dibujada en un apacible jardín entre un grupo de mesas y gente orbitando a su alrededor, sobre una tarde luminosa que prometía ser perfecta. La reconoció, porque a pesar de los años, seguía teniendo los mismos ojos azules, la misma nariz perfilada y respingada, el mismo cabello castaño, esa tez enrojecida… y las pecas, inundando las vertientes de sus senos expuestos con discreción y encanto. Se contagió, nuestro personaje, de esa melancolía que en ella parecía costumbre. Era él un abogado exitoso. Un hombre culto e inteligente. Incluso, ya no era enclenque, y su cabellera negra comenzaba a mostrar una interesante pelambre gris… pero, pese a su sonrisa y del brillo en esa mirada pícara que conservaba desde aquellos días, Gaby, la niña de la playa, no era tan bonita.  

lunes, 5 de agosto de 2013

La daga del padre

La daga del padre
Su padre, un mercader exitoso del suroeste yemení, llegó a su casa en Murad, junto a las venteadas aguas del Mar Rojo. Traía consigo nuevas. Muy buenas, a su juicio, para no decir excelentes, que sería exagerar.
- ¡Se casa! – Dijo. La madre, devota y obediente, como era su deber, agradecía a Alá por la buena fortuna de su hija. Un buen marido siempre se agradece para una hija. Claro, confiaba ella que sería un buen hombre de la ciudad o, como mucho, de algún poblado vecino, y que sería, sobre todo, paciente. Y es que la madre, cuyo vientre no gozaba de suficientes bendiciones, pensaba tenerla a su lado un tiempo más, para continuar disfrutando de su compañía y, desde luego, de la ayuda que ofrecía en los quehaceres domésticos.
- Es un próspero mercader de cabras -  recalcó el padre, acariciando la empuñadura de su hermosa daga. Se regodeaba en la magnífica dote que él podía pagar - Vive al otro lado del mar, en Moulhoule, y es muy apreciado por sus vecinos - comentó, como si separar a la madre de su hija no fuese a causar penas al corazón de esta mujer, joven y vieja a la vez.
- ¿Cómo? - Replicó la madre de inmediato - al otro lado del mar… ¿en Yibuti? - Y puede que su voz dejase escapar algún tono quejoso, aunque con timidez e incluso, temor. Su marido, receloso del papel que corresponde a la mujer, según su entendimiento de las escrituras, le miró cauto, pronto a recriminarla. No lo hizo, en ese momento. Lo hizo, no obstante, instantes después, cuando su hombría se sintió quebrantada.
- Es un hombre con muchos caudales, creyente, respetuoso de la verdadera fe - Dijo, y de seguidas agregó - ¿qué reprochas mujer? – Se quedó mirándola. Murmuró algunos ruidos. Reclamos ininteligibles, para no desgraciar lo que a su entender, era un día venturoso.
- ¡Vaya a cocinar! - Ordenó luego, que viene a cenar con nosotros… Y la mujer obedeció.  
El hombre salió a comprar kat. También dátiles y aceitunas. Deseaba honrar a su futuro yerno como correspondía. Gracias a este casorio, aupado por una diligente casamentera de su pueblo, cosecharía frutos muy provechosos, y deseaba demostrar por ello, no la magnífica dote que podía dar, sino su solvencia como comerciante. Enseñar su prosperidad como carta aval de sus buenas artes para los negocios. Se sentía henchido, alegre. Una elocuente sonrisa ensanchaba su rostro. Su decisión era lo más sensato ¡Claro! Su hija desposaría a un próspero devoto, respetuoso de las virtudes que, según sus interpretaciones, proclamaba el Sagrado Corán. Y, como de paso a la tienda de abarrotes cruzó frente a la mezquita, entró a conversar y darle la buena nueva al imán. Era éste un hombre sereno, de temple muy juicioso y quizás, un tanto rebelde para muchos fieles conservadores de su fe.
- ¡Se casa mi hija! - Le anunció al clérigo. Por supuesto, después de pedir la bendición de Alá y reconocer la verdad del Profeta.
- Siéntate hijo, ven y acompáñame a beber una taza de té - Dijo el imán. Su voz no se perturbaba y su serenidad era la de un hombre sabio, que no busca imponer su criterio sino guiar, que, a su entender, era su verdadero oficio.
- Te conozco - Dijo, y luego agregó - desde que eras un niño, bastante terco, debo decir, y también he tenido la dicha de conocer a tu mujer y tu hija - arguyó y luego prosiguió - cuéntame, ¿quién es este hombre que has decidido para esposo de tu hija?
- Un mercader, de cabras – contestó el padre mientras acariciaba de nuevo su preciosa daga empuñada en oro - Vive en Moulhoule y Alá lo ha bendecido con riquezas – agregó.  
El imán no alteró su voz a pesar de la jactancia del visitante. Sólo repitió las palabras que momentos antes había dicho la madre de la hija a desposarse - ¿En Yibuti? - Bebió un sorbo de su té, sin alterarse, sin mostrar atisbos de censura. Y entonces preguntó en ese tono dulce que había aprendido a usar con el curso de los años - ¿No crees que su madre desee disfrutar de su compañía un tiempo más? ¿No crees que tu hija desee gozar de los buenos consejos de una mujer excepcional como lo es la tuya? Es lejos – agregó y tras una breve pausa para pensar sus palabras, continuó - Tu mujer, sabemos, no está en condiciones de viajar y tu hija no debería ausentarse del hogar de su esposo por mucho tiempo… Si es que su deseo es, desde luego y con el consentimiento de éste, acompañar a su madre, tu mujer.
De nuevo, el imán tomó la tasa de té y bebió sorbos diminutos.
El hombre, molesto por las respuestas del clérigo, insistió que ese hombre, próspero, era un hombre de fe, respetuoso del Corán.
- Me alegra escuchar que sea respetuoso de la fe, hijo obediente de Alá - Y luego de beber pausadamente otro sorbo de té, volvió a preguntar - ¿no crees que deberías pensarlo mejor?
Su voz pudo parecer la de un ángel pero el hombre no la quiso escuchar. Por el contrario, orgulloso, empuñando su daga recelosamente, pero sin ofender al imán, replicó, debo decir, con la terquedad del necio - No, no debería pensarlo. Estoy convencido de su idoneidad para desposar a mi hija. Es un mercader muy rico, un hombre de fe y mi hija estará feliz de desposarlo. 
El clérigo sólo le miró a los ojos, con los suyos, que eran cristalinos, como el agua del aljibe, claros como la verdad, y sentenció - Ojalá y estés en lo cierto y sea este viejo el que yerre sus pensamientos - Después lo besó en las mejillas, con la ternura de un hombre santo, que sólo busca obrar conforme a la voluntad de Dios.
El hombre salió de la mezquita y continuó su paso por las tiendas de abarrote. Compró kat y más té, compró también carne de cordero, aceitunas y buen aceite, porque no quería parecer avaro ni descortés con el mercader que desposaría a su hija. Y si bien marchaba contento, las palabras del imán le golpeaban insistentemente, no con la rudeza de una coz de burro, pero si como el repiqueteo del agua sobre la piedra, que excava la roca más obstinada. Se repetían una y otra vez en su mente, como si algún demonio se hubiese posesionado del clérigo para atormentarlo a él y machacarle culpas, sin fundamento, porque no dudaba de la rectitud de su proceder ¿Cómo era posible que no estuviese de acuerdo el noble imán? Si el hombre era devoto creyente, próspero comerciante… Sin dudas, bendecido por Alá.
- Debía ser eso - se dijo en voz baja. Por alguna razón el imán había resultado víctima de demonios, por algunos momentos, para tentarlo, para que le negase a su hija un matrimonio tan beneficioso. Y puede que al cruzar la esquina y no ver más el minarete, haya dejado de lado las palabras del imán, sobre todo cuando vino a su mente un negocio muy lucrativo, que iba a reportarle inimaginables bendiciones y, desde luego, dinero a sus arcas.
Regresó a su casa, este hombre, con un paso firme, seguro, propio de quien está orgulloso, confiado de sus decisiones, inspiradas en su juicio, que a su vez lo animaba su interpretación del Sagrado Corán. Y sin saber por qué, de repente, como quien pisa una piedra que lastima el pie, dolorosamente, regresaron las palabras del clérigo a su mente, para abrumarlo en esas horas que, según su criterio, debían ser jubilosas
- ¿Por qué? - Se preguntó - ¿Por qué me asaltan estos temores y estas angustias? - se decía, indagando la causa en su corazón. Aun llegó a reclamarse la visita al imán.
Al entrar a su casa, cargado de mercaderías para festejar tan venturosa ocasión, no pudo encontrar mejor fundamento a sus pesares. Su mujer, llorando, salió a recibirle al pórtico. Sus llantos eran quejosos, lastimeros y sobre todo, recriminatorios. Sus llantos eran dolorosos.
- ¿Qué ocurre? - Preguntó el hombre, sin siquiera imaginar la respuesta. Y la mujer, que entre llantos y rabias, apenas lograba esputar las palabras.
- Tu hija, nuestra hija, se ha quitado la vida. Ahora pende del techo de su cuarto como tus cabras del de tu negocio – le espetó, como si de un salivazo se tratase.
El hombre no dio crédito a las horrendas palabras de su mujer. Sus ojos se inundaron de lágrimas y como un pesado fardo, cayeron las palabras del imán sobre su consciencia y su cuerpo. Pensó, primero, en el mal augurio que esas frases implicaban. Y de nuevo, se recriminó, ahora con mayor dolor, la visita al imán
- ¡No debí visitarlo! – dijo. Le endilgó la culpa al clérigo, rabioso, iracundo, adolorido, por sus críticas, por sus frases incomprensibles - ¿Y qué voy a decirle? - pensó en voz alta. Ya no habría casorio, y, además, como bien se sabe, el Sagrado Corán, que es la única ley para los creyentes del Islam, también impone castigos muy severos a quienes atentan contra su propia vida - ¡Qué vergüenza! - pensó de nuevo, otra vez en voz alta, sintiéndose desdichado, porque con la muerte de su hija, con el castigo providencial, perdía las bendiciones que ese casamiento iba a otorgarle.
- Mi hija me ha condenado – dijo - Y por ello, perderé las bendiciones del Cielo – agregó mientras la madre, llorosa y profundamente desgarrada, miraba al esposo. En sus ojos no había fe, no había debida obediencia. Había sí, dolor, intenso, insoportable. Había odio.
- Tu hija no te ha condenado - Dijo el clérigo, cuando llegó hasta la casa del hombre, advertido por los vecinos de la desgracia. Posó su mano sobre el hombro, y, gentilmente, lo llevó a un salón más íntimo del hogar para hablarle con ese tono pausado y ciertamente amoroso.
- Has sido tú, que has pretendido robar a tu hija la inocencia de su niñez para desposarla con un hombre, un mercader, que tus ojos ven con agrado, pero no así los de tu hija, quien aún no cumplía los doce años y solo ayer, acaso, bajaron de su vientre los primeros días impuros – Sentenció sin tono áspero ni recriminaciones airadas - Confío que el amoroso Alá perdone a tu hija por un acto como éste, pero también espero que muestre indulgencia hacia ti - Y dicho esto, de nuevo besó su mejilla y se despidió.
El imán se perdió en medio de la multitud hasta desvanecerse en la polvareda y los chismes. El padre, sentado en un sillón de cuero, trataba de comprender las palabras del clérigo, que ahora, más que antes, confundían su entendimiento. Y por ello, su mujer se le acercó y posando sus manos sobre sus hombros, le besó la cabeza.
- Tú nos has condenado a todos – dijo, y apartándose de él hasta mirarlo reducido a un cuerpo apaleado, le espetó - te odio.
El hombre quedó solo en el salón, acariciando la empuñadura de oro de su daga. 

miércoles, 13 de febrero de 2013

Sin título


El amor es algo complejo. Nos hace felices, desde luego. Pero también nos hace sufrir. Debe ser de ese modo, claro, porque amar es sentirse vivo. Antes de conocerte, mi amor, todo era distinto. No voy a mentir, ya antes he sufrido. Sin embargo, contigo ha sido diferente. He llorado, que jode, por tu ausencia. Cada noche, no lo niego, resiento la falta de ti en mi cuerpo. Y digo mi cuerpo todo. No sólo porque amarte, físicamente, es importante, sino porque encontrarme con tu alma cada día y cada noche es una experiencia única. Eso me nutre, no te imaginas cuánto. Y, ¿sabes? Quisiera que tú sintieras lo mismo. Ojalá y sea así. Quiero creer que así es. Porque, créeme, te amo. Todo este tiempo ha sido un tránsito duro desde aquella mañana que te conocí hasta hoy, pero, sin lugar a dudas, aleccionador. Aprendí que te amo y que amarte es siempre beneficioso, aunque, no lo niego, a veces me duela. Me hace sentir vivo y, a pesar del distanciamiento doloroso, me reconforta sentir esto que ciertamente siento por ti. Te amo, amor, te adoro como tú sabes que lo hago. Eres, dicho del modo más simple pero precisamente por ello, perfecto: mi bonita.

viernes, 16 de marzo de 2012

También y tampoco


Si soñar es una forma de vivir, entonces nuestro amor es una verdad. Y ojalá que cada vez que sueño, de alguna forma mi sueño sea también tuyo. Que cada noche, al cerrar los ojos, tus besos y los míos se encuentren en ese ámbito onírico, que invade mi corazón y que espero, invada también el tuyo. Y si por soñar vivo, de algún modo, en ese mundo tú y yo seguimos juntos y nos amamos, como los amantes se aman. Y pido al Cielo que en ese mundo, juntos tú y yo, tú también desees amarme, como yo te he amado desde el día que te conocí. Y por eso, quiero y a Dios le pido, que así como yo no he sido capaz de olvidarte, tú tampoco. 

martes, 14 de febrero de 2012

Unas breves palabras


Si soñar es una forma de vivir, entonces vivo contigo mi amor, que cada noche, cuando apago la luz y en la penumbra contemplo tu foto, vienes a mi vida con tu calidez y tu vigor para amarme como yo quiero que me ames. 

jueves, 2 de febrero de 2012

Los visitantes


Imagine que sí hubo un incidente en ese poblado de Nuevo México, que precisamente por ese suceso, por lo demás extraño, apareció en los mapas y la gente, que por curiosa y sin oficio visita las cosas más inusitadas, le otorgó cierta popularidad y, por supuesto, el dinerillo, nada despreciable, que los turistas se gastan no sólo en comida y hospedaje, sino también en las muchas bobadas, recuerditos de sus visitas, que en este caso, con el asunto del incidente tienen mucho que ver. Supongamos pues, que sí hubo un accidente, no de una nave, sino de tres, y que en lugar de tres cuerpos, hallaron nueve, y, de paso, uno de ellos aún con vida. Y digamos por último que éste es el cuento, que al fin de cuentas, de esto trata este oficio de contar, y, por ello, no hacen falta probanzas ni explicaciones, que son ciertas porque yo quiero que lo sean y no porque las haya probado.
            Llovía torrencialmente. Nada raro durante los días veraniegos, sobre todo en esas tierras septentrionales, aunque debo decir, no era de día sino de noche, porque por llover, llueve también por las noches. Un granjero, cuyo nombre salió del anonimato gracias al incidente de marras, pero que yo prefiero omitir, limpiaría su rifle, un Winchester, con esmero, apaciblemente, mientras escuchaba la radio, seguramente alguna melodía de las Grandes Bandas, la de Benny Goodman o Glenn Miller, cuando de súbito, le sorprendió un destello y, de seguidas, un estruendo. Pudiéramos creer nosotros, que, al menos algunos, granjeros no somos, que se trataba de un trueno, un relámpago, que en verano, con esas tormentas, normalmente violentas, nada raro sería pues, como tampoco que por esa misma razón se viniera al suelo cualquier cosa que por ahí anduviese volando. Pero este hombre era granjero, y, claro, bien sabía distinguir de un estallido, un trueno y una centella. Y pudo ser, desde luego, ambas cosas, que por los relámpagos, se decompusiese la nave y por ello, acabara en el suelo, hecha añicos. Miró a través de la ventana de su estudio, rifle en mano, pero como todo estaba negrecido por aquel aguacero, no vio más que las plantas sembradas al pie del alféizar y acaso, uno que otro bicho guarecerse. Tal vez por miedo, tal vez por desidia, decidió investigar el suceso más tarde, y por más tarde me refiero al día siguiente, cuando el sol ya hubiese salido y, sobre todo, alumbrase, que se cree, comúnmente, los espantos se ocultan en las sombras de la noche.
            Durmió, o quizás no, por la curiosidad o el miedo, quién sabe, la verdad poco importa, pero, temprano, a primeras horas, después de beber una taza grande de café, se adentró en su propiedad para indagar, que si había sido un relámpago, habría golpeado algo para causar tamaño estruendo. Y sabemos que algo golpeó, pero entonces, temía este hombre que hubiese causado daños en su propiedad. Recorrió los campos sin ver más que plantas de ágave, principal producto de su fundo, del que se extrae, por cierto, el tequila, y no digo con esto, que este hombre deliraba por el exceso de licor cuando escuchó lo que escuchó, que entre los pobladores del centro de Estados Unidos, y en especial en esas zonas campesinas, abundan los conservadores, herederos de todas las rigideces cuáqueras, y ya decir esto, es decir mucho. Sin embargo, su búsqueda terminó cuando, detrás de unos galpones, ésos hechos con láminas de latón y tubos, junto a uno de esos molinos para extraer agua de pozos, lo único verdaderamente dañado, para fortuna del granjero, halló restos de un material extraño. Era ése un metal insólito, en cierto modo asombroso, porque distinto de los por él conocidos, éste, más que fierros retorcidos, en este caso por razones obvias, parecían lienzos grisáceos. Pero, a pesar de su ignorancia sobre nuevos elementos y materiales, justificada desde luego, como lo es la ignorancia de todo tipo, sabía – o intuía - que aquel despojo era metálico. No podía ser otro elemento, al menos de los que tuviese conocimiento, que, como ya hemos dicho, no eran muchos. También encontró rescoldos, aún ardientes, tal vez de algunas matas, sean de ágave o de otra índole, todas suyas, chamuscadas por el estallido, que, no podía dudarlo este hombre, al ver esas chatarras, extrañas pero chatarra al fin de cuentas, no podía negarse, aquel estallido de luces fue eso, y el accidente de lo que hayan sido esos restos, la causa del ruido. No había dudas, al menos para este hombre y luego, miles más, ahí había caído algo, una nave o cualquier cosa semejante, y si le afanaban respuestas, como suelen exigirlas los reporteros, no lo pensaría dos veces para asegurar, como cualquiera en condiciones análogas, que de este mundo, ciertamente no era. Llamó por ello al alguacil del pueblo y éste, que de esas cosas también entendía escasamente, al comandante de una base militar, una cercana al lugar del incidente, para muchos, el más famoso de cuantos hay en materia de objetos voladores no identificados.
            El alguacil ya se encontraba en el lugar, con dos agentes más, cuando llegó el mayor, cuyo nombre también nos reservamos; así como el correspondiente contingente de soldados, todos rasos, que, diligentemente, se dieron a la tarea de rebuscar cada palmo del mayorazgo hasta recoger, como les fue ordenado por sus superiores, todos los restos de aquel desastre, accidente de un supuesto platillo volador, como en un principio lo calificó a los medios, presentes a través de una caterva de reporteros todos ávidos de noticias como del estiércol lo están las moscas, este mayor del ejército, cuyas palabras fueron luego desmentidas por sus propios superiores, claro, quienes atribuyeron los mendrugos de aquello a un globo aerostático, parte de un proyecto secreto para la defensa del país de los comunistas, que para entonces, julio de 1947, dos años hacían ya que los nazis y los fascistas habían sido defenestrados y que por enemigo, por eso de que uno siempre hay que tener para salvaguardar al país de ideas alocadas, se tenía pues, a los soviéticos. Sin embargo, como no sólo se encontraron aquellos discos, razón del mayor del ejército estadounidense para llamarlos platillos voladores, sino unos cuerpos, chamuscados y maltrechos, como quedarían los cuerpos de cualquiera en éste u otro mundo después de estrellarse de ese modo, visto el estado de ruindad de los restos desde luego, se argumentaron luego infinidad de teorías, todas extrañas e incluso, inverosímiles. Desde que eran monos hasta niños, mártires de un experimento siniestro de vaya a saber uno qué hijo de puta. Porque hay que ser bien coño de su madre para usar niños en cosas macabras como ésas hechas a ratos por los científicos. Uno de los cuerpos, no obstante, estaría medio muerto, por el accidente, claro, pero decir medio muerto es también decir medio vivo. Ignoro que milagro le salvó, distinto de sus desventurados compañeros de viaje a través de las estrellas, que de tan lejos vinieron para morir en estas tierras.
            Los marcianos habían llegado, finalmente, pero, como aún recordaban la histeria causada entre los estadounidenses por aquella travesura radial de Orson Wells, mejor no decirlo, para evitar problemas mayores, aunque más razonable luce la otra tesis, de que no era ese temor reverencial a la muchedumbre enardecida la causa del secreto, sino la avidez malsana de hacerse de esa tecnología para propósitos bélicos, por ese vicio de los seres humanos, que tanto afanan para martirizar a sus iguales. Se adjudicaron los fierros retorcidos a un fulano proyecto Mogul. Por supuesto, el ejército estadounidense poseía entonces proyectos por centenares, unos reales y otros, no. Recién terminaba una guerra y otra se cernía sobre ellos, mucho más peligrosa y devastadora que otras muchas del pasado. Las armas desarrolladas en esos años, por el mismo demonio parecían haber sido hechas. Y de los cuerpos, trató de no hablarse mucho, y cuando no quedó de otra sino hablar, decir que eran monos, usados con fines científicos, que en nombre de la ciencia y del conocimiento se pueden perpetrar esas atrocidades sin remilgos. Claro, esa era la historia para los medios, para la gente, pero otra diferente le fue relatada al presidente de Estados Unidos, a quien los militares, subordinados a su mando, no podían andarle con cuentos chinos, que por razones obvias no eran chinos, aunque tampoco marcianos, porque incluso en esos años, cuando poco se conocía todavía sobre las estrellas, se sabía que en Marte no había más que rojizos peñascos estériles. Se supo no obstante, después, que los visitantes procedían de un sistema solar parecido al nuestro, al parecer ubicado en la constelación de Retículo, y que, además de humanoides, eran grises como el humo y no más altos que un chiquillo de ocho años. Y no es que no hubiera otros, que si hay razas diferentes en este planeta nuestro, imagine la variedad que debe haber en el inmenso cosmos, pero, al menos en ese sembradío de ágaves, eran éstos y no de otra raza los que vinieron a malograrse.
            Señor Presidente, dijo alguno, hemos encontrado esto en las afueras de una finca cercana a un poblado, de Nuevo México, por lo demás bastante pequeño, a Dios gracias, concluyó este interlocutor lo más rápido posible, temeroso por las mismas razones que los escuchas de aquel programa de Orson Wells sobre la Guerra de los Mundos. No creo yo, que el presidente de Estados Unidos no espute palabras obscenas por la boca como cualquiera otro y, por ello, supongo, ante la magnitud de la novedad planteada por este informante, que no miraría formas y protocolos y expresaría sin tapujos, como cualquier otro, ¡Carajo! Sus palabras, muy humanas, ya lo creo, desnudarían su asombro. No es fácil tragarse así no más que no estamos solos en este vasto universo, que no sólo no estamos solos, sino que además, seres de otro mundo han venido, vaya a saber para qué, a este mundo nuestro. Esto debe comunicarse a la gente, proclamó impensadamente el presidente, razonando como un hombre civilizado, pero de inmediato, sus asesores, en su mayoría militares, le invitaron a esperar, que, en primer lugar, no estaban ellos al tanto de qué tan bien tomaría la gente una confidencia como ésa, y, más importante, que esa tecnología podía serles muy útil a ellos para esos fines que ya imaginará el lector, y mucho más si de paso, los demás carecían de ella. Y esto, lo de querer acaparar una tecnología de otro mundo, por las mismas razones que usted supone. ¿Qué dice? ¿Usted recuerda el proyecto Manhattan? Respondió el asesor. Claro, replicó el presidente. Y por claro tenía este asesor, un oficial militar, que recordaba el proyecto, por una parte, pero también que comprendía el presidente, la necesidad del secreto férreo sobre el particular. Y por ello, los restos de aquellas naves alienígenas fueron llevados a la Base Wright-Patterson en algún pueblo, igualmente minúsculo, de Ohio, como se lo informó al presidente, este asesor, que ya hemos dicho, también era militar, y, por ello, pendiente siempre de cómo hacerse de mejores armas, que lo mismo da decir esto que mejores formas de matar. Hay algo más, señor, dijo este asesor, esta vez con la voz aquietada detrás de la timidez que escondía su horror. ¿Qué será? Uno de ellos sobrevivió. No imagina mal usted si se figura al señor presidente de una nación tan seria como los Estados Unidos diciendo Coño, carajo, ¿cómo es esa vaina?  
            Se le llamó EBE. Y lo mismo sirve se explique el significado de estas siglas en español o inglés, que de todos modos siempre queda igual si se dice Extraterrestrial Biological Entity que Entidad Biológica Extraterrestre, pero han podido llamarlo Claudia o Claudio, que su sexo era una incógnita. De hecho, hubo que buscarse a un experto, si es que, por razones obvias, podía haber expertos que de ese ser supieran algo, para curarle las heridas, que así como todo artefacto mecánico es susceptible de estropearse y estrellarse, como estas naves alienígenas, todo ser vivo puede morir, más aún si resulta tan aporreado como este tal EBE. Y el experto resultó ser un botánico y no un médico, porque, al parecer, desde un punto de vista fisiológico, más que gente, parecía una mata este visitante del espacio exterior. Pudo sanarle las heridas, ese botánico. Sin embargo, si bien EBE agradecía la sanación de sus heridas, que ni eran pocas ni tampoco leves, resentía más aquel encierro forzoso, como si fuese un delincuente. Resentía el trato, como si fuera un criminal tan peligroso como John Dillinger. Pudo ser, no lo dudo, un inmigrante ilegal al que, fatalmente, no tenían forma deportar. Tampoco muchas ganas, creo yo.
            Suponga que se encuentra solo, en un lugar del cual no entiende nada. Así debió sentirse EBE, que, como cualquiera otro, más tarde o más temprano, en este caso, por razones de lenguaje, más tarde, acaba por quebrársele la voluntad si se hace lo debido, y la de EBE, se quebró finalmente, aunque tardó, como hemos dicho, para comunicarse con sus captores, porque, procedente de otro mundo, literalmente, hasta su lenguaje corporal era diferente del nuestro, pero, inteligente, claro, y, al parecer, dado como los humanos, a habituarse hasta lo malo, al fin de cuentas acabó por acostumbrarse, primero a su cautiverio, que supo era inevitable, pero luego, a su nueva realidad. No era E.T., que podía llamar a su casa para que vinieran a buscarlo, sino un náufrago en esta tierra extraña de la cual no podría huir jamás. Y creo que los militares  tampoco le dejarían. Por eso, vencidas las resistencias naturales y el orgullo, porque no dudo, Dios nos creó a todos por igual en éste y cualquiera otro mundo, con las mismas virtudes e idénticos defectos, empezó EBE por aprender a hablar inglés, la lengua de sus captores, y algo de español. Y se preguntará por qué aprendió un poco la lengua de Cervantes. Aunque entonces no era todavía Estados Unidos refugio de millones de latinoamericanos, su médico, un botánico ya hemos dicho, era de origen hispano. Hijo de uno de esos mexicanos que apretado por las necesidades, hizo de lado el orgullo y se fue a vivir al otro lado de una frontera dibujada después de una guerra desigual. Pero luego, EBE se interesó un poco más por la cultura de este nuevo mundo, donde sería enterrado, cuando le llegase la hora, como a cualquiera. Bien se sabe, para morirse sólo se requiere estar vivo.
            Poco a poco, sus captores dejaron de serlo y, tal vez por eso del síndrome de Estocolmo, hasta cariño se tomaron unos y otro. Aprendió EBE a jugar al póquer, como un verdadero tahúr, que esta persona proveniente del espacio era inteligente, bastante, y por aprender, aprendía rápido, las buenas costumbres, por supuesto, pero también las malas, como todos, aquí y acullá. O sería tal vez porque aprender también era una forma de sobrevivir, y tanto como los seres humanos, su instinto le obligaba resistir. Gracias a ello, pudieron ellos saber que era de la constelación de Retículo, como ya se dijo, de un planeta del sistema binario Zeta 2, llamado de un modo extraño, impronunciable para cualquiera de las gargantas de este planeta nuestro. Se supo por EBE, igualmente, que había otros seres extraterrestres, digamos que otras razas pues, unas más apacibles que otras, unas más inteligentes que otras, unas capaces de llegar a donde otras, no, y, como ocurre entre nosotros, que humanos somos todos, unas tienen un afán bélico que otras, no. Y por ello, surgió la pregunta de rigor, ¿Estamos en peligro? A lo que EBE contestó sin inquietarse, Tanto como lo están respecto de otras naciones de este planeta. Y decir aquello y preguntar esto fue lo mismo, ¿Qué tanto saben esos seres de nosotros? Pero no era mucho más lo que ellos sabían sobre nosotros de lo que nosotros podíamos saber acerca de ellos. No sabemos, si eso era beneficioso o por el contrario, perjudicial.
            La revelación de EBE, que murió de viejo, con más amigos y menos captores, en un nuevo hogar, otra base de la Fuerza Aérea estadounidense, conocida por algunos como Área 51, les causó a los jefes militares más angustias que respuestas. No sabía EBE de las intenciones de otras razas alienígenas para la Tierra. Ni podía saberlas, que eran astutos esos tales grises de Retículo, pero jamás, adivinos. Sólo pudo decirle que unos, al parecer una forma de estado evolutivo superior de reptiles, como en este mundo nuestro lo somos los humanos respecto de los mamíferos, eran supremamente agresivos y que, de poder llegar hasta este mundo, también podían. Y lo peor, que nuestras armas, muy desarrolladas para nosotros, como la Bomba H que recientemente habían probado los estadounidenses en el Atolón de Bikini, no eran más que petardos para ellos, les dijo EBE, en ese inglés suyo, difícil de entender, por la herencia fonética de su especie, biológicamente diferente a los seres humanos, como parece lógico si sus condicionantes evolutivos fueron radicalmente distintos. Por ello, por ese temor reverencial a un ataque extraterrestre, un grupo muy reducido de militares, científicos y empresarios de diversas partes de Estados Unidos, todos ellos afanados por su propio interés, que, de paso, no necesariamente resultaban coincidentes, se reunieron con el presidente para crear una comisión de altísimo nivel y, desde luego, de estricto carácter secreto, a lo que el señor presidente aceptó, no sabemos si a regañadientes. Se constituyó pues, este comité, que por nombre recibió Majestic 12. Estaba integrada por un almirante, no podía presidirla por supuesto, un profesional distinto al de las armas y el uso de la violencia contra otros, así como por diversos científicos y empresarios, y un ministro del gobierno, todos personajes que otros fabuladores han vinculado con la supuesta creación de un Nuevo Orden Mundial y de unos tales Bilderbergers, herederos de los Iluminati y de esa fulana conspiración judeo-masónica. Su misión era recaudar toda la información posible sobre los visitantes y de su tecnología y de ser posible, conseguir acuerdos diplomáticos con estos visitantes, que, escuchadas las palabras de EBE, atentamente, por supuesto, ésta parecía ser la mejor opción. Ése, no obstante, ya es otro cuento.