lunes, 10 de abril de 2017

Desazón

Resultado de imagen para grabados antiguos hombres atormentadosLas moscas lo acosan. El hedor a su alrededor no cesa. Enciende sahumerios para aminorar la fetidez. Las sombras lo intimidan. Espectros aparecen. Lo atormentan. Su día empezó mal. Va para peor. Mucho peor. Quiere huir. Sin embargo, los demonios no le dejan. Lo azuzan y, a veces, lo fustigan con látigos. Hieren su carne para que entienda. Para que acepte que él ya no es libre. Que el poder es su cárcel. Y como todo preso, como todo esclavo, siente la soledad como un cepo, que además lacera su piel hasta abrir llagas purulentas.
            Sus carceleros lo humillan. Se mofan de él. Y puede que, mirando la ciudad desde el ventanal de su palacio, desnudo, porque no hay ropajes que puedan cubrirlo; se vea tal cual es, deforme, contrahecho, como lo es también su alma. Como lo es el alma de quien se la vende al diablo. Tal vez llegue a llorar, y, acaso, a maldecir su suerte. Mientras, desde las tinieblas de la muerte, emergen voces para acusarlo, para imponerle, y ya no sabe cómo huir de esas palabras fantasmales.
            Sonríe porque es más fácil mentir. Reconoce en ese recoveco íntimo, donde no hay modo de engañar, que su infierno es suyo y que él lo compró. El lujo no mitiga las punzadas penetrantes del arpón ni las laceraciones profundas de la guadaña. Hinchado por el lujo, no logra saciar su hambre. Solo engulle, más por hábito que por deseo. Y a ratos, vomita sus miserias y en el alfombrado, deja a sus pies emplastos gusanosos. En su boca rezuma el sabor acre y en arcadas dolorosas, sus tripas intentan arrojar lo que pudre su alma.

            Deambula por los corredores de su palacio, arrastrando sus culpas, sus pecados; que pese a negarlos y negárselos, le aguijonean sin piedad ni descanso. Deambula por los cuartos abandonados de su palacio, y pese al boato que le envuelve, solo ve niños hambrientos que en la basura buscan comida. No, no domeña su mente a ese intenso vacío que le recuerdan quién es… o qué es. 

jueves, 23 de marzo de 2017

Todos a una

Resultado de imagen para grabado de licantropoAcuclillada sobre un periódico, mira y no ve. Sus ojos no expresan la candidez de quien no podría llamarse mujer. Su mirada busca culpables. Sus ojos acusan. Ella es víctima y victimaria. Ella es solo una niña a la que le robaron su niñez.
Nunca conoció algo diferente. Algo mejor. Su vida ha sido corta y sus desgracias, un largo rosario. Tiznado todo su cuerpo por el hollín callejero, aguarda su destino sobre periódicos viejos, plagado de relatos trágicos que para ella son cotidianos. Y al llegar la primavera, el destino la encontró tendida sobre esos periódicos como un perro realengo. Sus manos hincaron el puñal que los falsos le hincaron a ella con saña. Si ella mató para robar bagatelas a algún desventurado, a ella le despojaron su vida… y no la mataron.  
Sus greñas enmarañadas dejan ver el hedor de la calle. Un tufo a letrina sucia. La mugre maquilla el rostro de esta mujer que hasta ayer solo era una niña. Una niña que no jugó con muñecas. Una niña que tal vez tuvo por juego la lascivia conducta del padrastro de turno, que en la fragilidad de su cuerpo sació deseos atávicos. En sus ojos no hay lágrimas. Solo odio. Solo rencor. En sus ojos se ve el resentimiento que corroe su alma. Y su alma es hoy, solo el hueso agusanado que ruñen perros hambrientos.
Irá a un reformatorio. O peor, tal vez la encierren en una cárcel. Su saña contra quien sea amenaza. Y el miedo, libre es. Irá al infierno a pesar de su niñez. Y en el infierno no purgará penas… avivará su odio. Y si algún día sale, ya no será una niña y sí un demonio al qué temer.   
Ella es hechura del error, del fracaso, de la mentira. No ha conocido otra cosa que odio, rencor, resentimiento… patadas. Sin importarles, crían cuervos los falsos, mientras celebran su dicha en sus cómodas casonas. Ella en cambio, creció en las cloacas donde el ser humano defeca todas sus mefíticas miserias.  
Y si hoy me preguntan quién mató a quién, solo queda responder: Venezuela señor, todos a una.  

martes, 21 de marzo de 2017

Vergüenza

            
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La noche cae en Caracas como una sombra. La oscuridad ahuyenta a los habitantes que se refugian en sus casas. Aún temprano, cuando en otras épocas todavía restaban las últimas lumbres del tráfico diario, la ciudad luce abandonada. Ha envejecido Caracas y ya por las tardes, se cuida del sereno. La emoción decae y el vigor de otros años da lugar a rapiñadores que hurgan basureros en le negrura de unas tinieblas que empezaron hace más de tres lustros.
            Caracas se acuesta con el sol. Le huye a la luna. Se esconde de su mirada triste, que sin juzgar, observa avergonzada lo que va quedando: recuerdos, solo recuerdos. Todos se resguardan en sus cubiles. Todos se esconden porque la noche caraqueña depreda. Y la luna llora por los hijos que ya no estarán.
            Hincan los depredadores sus uñas pestilentes y del bubón exuda fetidez. Un hedor que impregna aun el alma de los pobladores de una urbe agónica. Nadie se salva de su pestilencia. Enferma y repugna. Caracas yace en esta grieta estrecha como yace el leproso, abandonado en un hoyo para que encuentre su destino, para que muera sin ofender. Caracas yace estertorosa a los pies de un sultán decepcionado al que incluso su nombre le fue robado.

            Sucursal del Cielo, antes. Hoy un sumidero, en el que las desgracias y las miserias se amontonan como el estiércol. Hiede Caracas, a dolor, a sangre putrefacta y a vicios inconfesables. Y de su hedor, repulsivo y nauseabundo como el perfume de la muerte, no conseguimos librarnos, ni siquiera encerrados en las celdas que de nuestras casas han hecho esos demontres, que una madrugada de febrero emergieron de sus sentinas mefíticas para corromperlo todo.  

Impudicia

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            La mentira se viste de verdad. Hablan y repiten estribillos pero sus ropajes ya no convencen. Desgastados y sucios, las hilachas van mostrando la impudicia de su desnudez. Enseñan rasgos grotescos, rasgos ofensivos. Nadie cree, todos dudan. ¿Cómo creer, si la realidad hinca sus dientes agudos en las tripas? Arde, duele, agobia. Ya nadie cree porque la verdad está desnuda. Y su desnudez no agrada. Por el contrario, repugna.
Fea y contrahecha, la verdad arrastra sus pasos deformes. Con su hedor, ofende al ciudadano, que tapa sus narices o, en el mejor de los casos, las protege con hojas de lavanda y menta. Plagada de bubones, la realidad deambula calle arriba y calle abajo, inspirando lástima… y provocando asco. Nadie cree, porque sufre. Y el sufrimiento es un clavo que atraviesa con aguda punzada hasta arrancar gritos.
Duele, la verdad. Y por eso, el disfraz se cae en jirones. También ofende, porque se sufre a diario, y no hay embuste o excusa que oculte las miserias. Pero el mentiroso insiste, porque adormece sus culpas creyéndose sus patrañas. Aunque por ganar con sus quimeras, no ganada nada. Solo pierde. Pierde porque enseña las mismas impudicias que sus mentiras.
Y al final a nadie engaña ese disfraz. La muerte no duerme jamás. Recorre arrabales y palacios sin reticencias. Y sus ojos, negros como lo desconocido, penetran en las honduras de las almas y extraen las verdades como el pus virulento de una llaga putrefacta y pestilente. 
Las mentiras no pueden disfrazarse, porque la muerte, por mucho que uno vista ropajes, siempre ve la desnudez, y vieja como es, ya nada le sorprende, ya nada le repugna

El legado del comandante

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Un tinte cenizo pinta el rostro de un niño. Sus ropas hieden. Él también. No calza zapatos. Solo unas chanclas resguardan del asfalto sus pies roñosos. Sus hermanos igualan la estampa, que de lejos pierde los matices y se tiñe de un color opaco, terroso. Las manos tiernas penetran la fetidez de la bolsa negra y con la inocencia de quien aún no cumple dos lustros, extrae lo que puede. Sonríe, al ver a los transeúntes. Él no recuerda otros días mejores.  
            Más allá, bajo la luz exangüe del farol, un hombre profana otra bolsa. A pesar del hedor, no siente asco. El dinero jamás lo causa. Recolecta minuciosamente cosas: potes vacíos, zapatos y ropas, restos de equipos eléctricos… En esta Venezuela de hoy, hay un mercado para vender basura.
La noche va cayendo, pero su sayo apolillado no oculta. La luna mira y derrama una garúa de lágrimas sobre la ciudad. El sol se fue. Se esconde. No quiere ver.
Un viejo se tiende en la escalinata de un templo, a ver si los santos le ayudan. Se envuelve en frazadas mugrientas. Su piel la recubre una binza fétida. Fuma un cigarrillo. La calle no es lugar para dormir, y menos en Caracas, donde la muerte festeja cada noche, acompañada por sus diablos.
La mujer deja parte de su compra. No le alcanza. No comerá ella para que sus hijos sí. Y escasamente. Maldice, con rabia. No la culpo. En las madrugadas, cuando los retortijones le roben el sueño, pensará en su vida y en las promesas de los falsos. Pero su cuerpo débil ya no podrá siquiera gritar. Cuando mucho, sollozará y extenderá la mano para pedir, porque por robarle, los falsos le robaron los sueños y también la dignidad.
El hombre grita al fondo del autobús. Ofende su lenguaje soez y también su llanto desgarrado, porque nada entumece más el espíritu que ver a un hombre llorar, y confesar que no ha comido siquiera un mendrugo de pan duro. Pero su incertidumbre, que aguijonea su alma y su estómago, ofende mucho más; aunque lo nieguen y en sus mesas opulentas, los falsos harten sus tripas con avidez.
Comen basura y, como perros realengos, se disputan restos malolientes. Otros hacen negocio con la bazofia de una ciudad putrefacta. El hedor nauseabundo impregna el ambiente, con su tufo ácido, con ese olor penetrante que emana de la boñiga amontonada. Como perros hambreados se lanzan dentelladas, porque en la miseria no florece la solidaridad… solo prosperan la cizaña y el odio.
El niño color ceniza juega y sonríe, porque no ha vivido otra cosa. La mujer llora por su hijos, porque se mueren de mengua; y por las noches, a ella la muerden por igual el hambre y el resentimiento. El hombre grita en el fondo del autobús, mientras las sombras lastimeras de sus conciudadanos ocultan sus caras en un silencio atronador, porque saben que tarde o temprano, esos gritos serán suyos.
Y los falsos ríen en sus casonas. 

miércoles, 6 de abril de 2016

El color de los Nazarenos

No reconozco esta ciudad. No reconozco este país. Sí, en el que yo nací, hace cincuenta y dos años, existía la caída de agua más alta del mundo, el Salto Ángel. También existían dos obras de ingeniería de las cuales enorgullecerse: el puente Rafael Urdaneta y el complejo hidroeléctrico Raúl Leoni (Guri). Caracas estaba al pie del Ávila… y, ya voy comprendiendo, no lo estaba a los pies de un cerro llamado Guaraira Repano.
Nací en la parroquia Candelaria. La clínica ya no existe ni vive el médico que asistió a mi madre el día que llegué a esta vida. Creo que su nombre era Clínica Córdoba. Ya no está mi madre para corroborarlo. El nombre del médico sí lo sé: Domínguez Sisco. Al parecer, era él quien más partos atendía entonces. Por ello, mi partida de nacimiento está en una oficina a la que un día fui para solicitar una copia y descubrí que como en las casas viejas, los ratones igualmente hacen estragos.
Estudié en un colegio común y corriente. No estudiaban ahí los grandes apellidos, que preferían el San Ignacio de Loyola o La Salle… acaso, el Don Bosco, de cuyas aulas egresó el más notorio empresario venezolano. Pero es que su madre es militante de las respetadas Damas Salesianas. Claro, había otros, como el Santiago de León o El Peñón. Pero esos estaban destinados a los padres que optaban por una formación laica. De los viejos colegios y liceos de Caracas, como el Instituto San Pablo o el Liceo Experimental Venezuela, ya en esos años, los ’70, solo puedo confesar que empezaban a transitar ese destino fantasmal que la desidia va construyéndole a las cosas, y a la gente.
Me gradué en la UCAB. Para el año de mi grado, aún no contaba con edificios y mucho menos, con una feria de comida rápida (con sushi y todo). Pero en ese cafetín malo, hediondo a café hervido, amarré amistades que todavía conservo: una muchacha de la avenida Sucre de Catia que se casó con un marino mercante, el hijo de un expresidente, una muchacha del Country Club, que hoy vive en Miami. Otras más, desde luego. Como la nieta de un encumbrado médico venezolano, que como yo, ya solo atesora un linaje distinguido. En el campus de la UCAB disfruté de la compañía de esa variedad social que es Venezuela. En sus aulas conocí a mi primera novia formal: una sueca más pequeña que yo, y ya es bastante decir, cuyo padre vino a probar suerte en la tierra de su mujer. Hoy, ella vive en su ciudad natal: Gotemburgo. No la culpo.
Empecé a ejercer mi oficio, este de ser abogado, cuando la nación comenzaba a cegarse por la estupidez. En esos días, no solo hubo una conmoción social inédita para mi generación, dos golpes de Estado fallidos, sino además infinidad de rumores, de atentados, de fábulas que se consumaron finalmente con la victoria de un felón el 6 de diciembre de 1998.
Ya no deseo ejercer este oficio. El de abogado. Los registros públicos no parecen tales, sino calabozos sucios de una delegación policial. Sus funcionarios, ya no visten traje, sino bluyines tan pringosos que la fetidez puede verse. Sus camisas, franelas desleídas, asemejan un lampazo usado. Y por supuesto, nada sirve. Hasta las fotocopias, por las cuales se pagan derechos, las debe sacar uno, ¡y pagarlas! El centro de Caracas, ese que con tanto placer recorría cuando acudía a tribunales, es el de otra ciudad. Hay cosas loables, sí; pero una joven fotógrafa corre el riesgo de perder una pierna por un disparo que le pegaron unos malandros, precisamente para robarle la cámara intentando retratar las escalinatas de El Calvario, cuando tenían esa mirada del Gran Hermano pintada en sus estrechos peldaños. Aún más, espantan los grupúsculos de fanáticos, arengando con violencia sus consignas políticas, ofendiendo a todo aquel que tenga a bien no congeniar con ellos, y agrediendo a cuantos osen siquiera sugerir lo que es obvio, que su comandante supremo inventó, mucho, y erró demasiado.
Los supermercados, ahora feos y mugrientos, venden menos productos, aunque mucho más caros. Hoy, un café de máquina en una panadería cuesta más que el primer automóvil que compré, un Fiat Spazio, año ochenta y algo. Las colas para comprar, aun toallas sanitarias y papel higiénico, nos avergüenzan… o nos humillan… Y uno, que sacrificó tanto para obtener un grado universitario, se pregunta mientras tolera ofensas porque a alguien se le antoja que uno no colabora lo suficiente con la revolución aguantando más penas: ¿valió la pena?
A veces, sin embargo, me detengo a la sombra de algún árbol solo para admirar como sus flores moradas le visten con los colores del Nazareno, y aún más, como al caer, con los días, forma un hermoso alfombrado sobre la acera. Entonces caigo en cuenta que esta sí es Caracas, la ciudad en la que yo nací hace cincuenta y dos años, y que como todos los seres vivos, está enferma y que pronto, sanará… o al menos, eso deseo creer.