jueves, 5 de septiembre de 2019

Confieso que no había sufrido


       
A todos a los que directa o indirectamente cito en este texto, y muy especialmente a quien ha recorrido a mi lado más de veinticinco años, Ivette
      En la década de los ’80, principiaba mi adultez. Lo sé, entonces la mayoridad solo se alcanzaba a los veintiuno, como les ocurrió a mis hermanos mayores, Pili y Enrique. Sin embargo, pese a mi capitis deminutio, me hice adulto en septiembre de 1981. Nací el mismo año en el que Raúl Leoni ganaba las elecciones, que fue el mismo en el que Lee Harvey Oswald asesinara a John F. Kennedy, trigésimo quinto presidente estadounidense. Para ser precisos, vine a este mundo el 13 de octubre, un día después de haberse celebrado el 471° aniversario de lo que aún se conocía en esos años como el Descubrimiento de América y no por ese remoquete cursi, propio de los comunistas (como diría mi tío Luis Ramos Sucre, y sí, por si lo preguntan, hermano del poeta) y los majaderos políticamente correctos, tan ajeno a la realidad: «el encuentro».  
      En julio de 1981 me gradué de bachiller en ciencias, cosa que, tanto como hoy, no servía para mucho, salvo tener acceso a la educación superior en alguna de las más de cuarenta universidades y más de un centenar de colegios tecnológicos creados después de derrocamiento de la penúltima dictadura militar en Venezuela. Sí, la penúltima. Ese mismo día se casó mi prima María Luisa y por ello, mi abuelo materno, Vaivén, no pudo asistir al acto. Huérfano de padre como soy desde muy niño – cinco meses de edad –, él cumplió el rol de figura paterna. No obstante, jamás faltó a las bodas de sus nietas, y, por ser como fue, la Providencia lo premió, o eso, por lo menos, deseo creer. Todas contrajeron matrimonio antes de su muerte, días después del Caracazo.
      Muchos de los compañeros del bachillerato aún siguen siendo compinches, sin importar que sean parte de la diáspora venezolana y vivan en lugares tan remotos como Riad, Madrid, Lima o Wellington (Florida). Quizás fui torpe al no emularlos y quedarme en un país que ya no reconozco, un terreno baldío al que de paso, le cayó bachaco culón. Empecé a trabajar en septiembre, luego de pasarme un par de meses en casa de mis primos Gerardo y Alejandro en Valencia, hijos del hermano mayor de mi madre, mi tío Manolo. Trabajé como todero en la oficina de mi tío Luis Alberto, el hermano menor de mi abuelo, un caballero como ya no los hay, de quién aprendí esos gestos ahora en desuso, e incluso, desdeñados por una juventud malcriada y patana. Lo recuerdo, siempre erguido pese a su avanzada edad y siempre oloroso a ese perfume que creó la casa Guerlain para la casa imperial francesa y que comúnmente conocemos como «La Abejita». Con mi dinero pagué las entradas para ir con mi hermana Pili al concierto del grupo Queen en el Poliedro. No este, amputado por el SIDA en 1991, sino aquel que en la voz de Freddy Mercury inmortalizó Bohemian Rhapsody, Somebody to Love y We are the Champions. Las entradas costaron ciento veinticinco bolívares, unos 30 dólares. Tuve suerte, o tuvimos. Ella era más fanática que yo de la agrupación británica. Enzo Morera y la organización Parade se vieron forzados a cancelar los dos últimos conciertos por el duelo nacional decretado por el primer gobierno totalmente copeyano, tras la muerte del fundador de Acción Democrática y patriarca - ¿o un padrecito más? - de la democracia venezolana, Rómulo Betancourt, el 28 de septiembre de 1981.
      Había ido a otros eventos en la olla de la Rinconada pero fue ese, el primero al que acudí como adulto, o eso siento, cuando menos. Al año siguiente, de un plumazo me fue otorgada la mayoría de edad. El presidente Luis Herrera Campins me la concedió al firmar el ejecútese de la reforma del Código Civil adelantada por la licenciada Mercedes Pulido de Briceño. Mi tío Gustavo, el esposo de mi tía Inés, abrió una botella de champaña para celebrarlo, luego de un almuerzo dominical en La Alborada, su casa en La Lagunita. Al fin de cuentas, mi hermano Alonso y mi prima Gaby, su hija menor y mi compañera en las piñatas, también adquirían la mayoría de edad de ese modo. Y a él le encantaban esos gestos.
      En febrero de 1983 viajé por primera vez al exterior. Mi madre, una viuda pensionada por el Ministerio de Fomento sin mayores recursos que su inmenso amor por nosotros, sus cuatro hijos, no podía regalarnos ese tipo de lujos. Pudo criarnos bien y debo decirlo, nunca pasé penurias ni mucho menos, hambre. Mi infancia fue feliz. Muy feliz. Viajé como adulto pues, y como adulto, viajé a la ciudad de Nueva York. El vuelo de Viasa salió retrasado. Un desperfecto en un generador o algo así. No lo recuerdo. Por eso, por poco no llego. Media hora después de aterrizar, cerraron el JFK. La Guardia y Newark ya lo estaban. Tarde cuatro horas desde el aeropuerto al hotel en el corazón de Manhattan. Con un sueldo de ochocientos bolívares, de los de antes, me alojé en el New York Hilton. Volví una década después, siendo el gerente legal de una multinacional y apenas si pude pagar un modesto hotel en la 47, si mal no recuerdo, entre séptima y octava.
En aquel primer viaje aprendí la diferencia entre la belleza y la espectacularidad. Supe lo que eran los besos salivosos de unas desnudistas en un bar de la calle 42, zona de tolerancia neoyorquina en esos años, y lo desagradable que es una borrachera con whisky, escocés y no ese brebaje de mal sabor, el bourbon. Conocí el frío y experimenté la tormenta del ’83, que cubrió con medio metro de nieve a Manhattan y buena parte de la costa este estadounidense, y a mi regreso, la que se desató en Venezuela ese febrero.
En octubre ingresé a la UCAB, mi alma máter. En sus jardines y aulas encontré nuevas amistades y nuevos amores, y, debo decirlo, tuve mi primer noviazgo serio, Cecilia. Sé que vivió en su país natal, Suecia, y que ahora regenta un hermosísimo hostal en el Camino de Santiago, en Galicia. Otros amigos también se han sumado al éxodo de venezolanos: Guadalupe, Gaby, Luis Manuel y Beatriz… Sé que hay más, muchos más. No los puedo nombrar a todos.
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Con dinero en el bolsillo, empecé a vivir mi adultez. Salía de parranda cada viernes y cada sábado. El domingo, al cine o a tomar helados en Ruffus, para descansar el hígado. Iba a cenar a restaurantes. Las areperas eran solo el refugio, luego de beber y bailar, porque entonces, abrían 24 por 7. A McDonald’s también. Por la novedad. Y para saciar un pecado: el sundae de mantecado con doble topping de chocolate. Mis restaurantes preferidos eran La Buzzola en la calle Acueducto de Sabana Grande, Le Coq D’Or, en la calle Los Mangos de Las Delicias, detrás de Selemar, el Lee Hamilton en la avenida San Felipe y el Carrizo, en la Blandín. A ratos, la gastronomía dirigida de D’Emore Teresa en el Concresa. Bebía whisky doce años, Buchanan’s, mi preferido, o Johnny Walker, etiqueta negra.
Estaba de moda un local en el segundo piso de un edificio en Las Mercedes. Olvidé su nombre, pero ahí escuché una vez a pedro Castillo, tocar guitarra y cantar Love in the Seventh Wave, de Sting, y mil veces al grupo de Elisa Rego, ES-3. Ya la había escuchado en un tabuco por los lados de Chacaito, cerca de dos burdeles frecuentados por quinceañeros rebosantes de hormonas y de curiosidad por saber de qué murió la abuelita. Uno llevaba el nombre del edificio en el que se encontraba y el otro, el de la tienda de artículos deportivos en la planta de abajo. Jamás los visité. No sé si por miedo a contraer una enfermedad venérea y tener que contárselo a mi madre o por el asco reverencial que aún siento hacia los lupanares. Si no me engañan los recuerdos, el local se llamaba Julius y en su entarimado, Elisa Rego me adentró en la música de Mecano, una novedad para mí que desdeñaba el rock en español.
En esos años, le tomé el gusto al whisky, al vino y a los escargots bourguignonne. También a la cerveza y a los libros, a la fotografía y a este vicio, el de escribir.
Fui a los conciertos en el Poliedro de Queen y Van Halen. También el de Cindy Lauper, la banda canadiense Saga (en dos ocasiones), Joan Jett y Mecano, ¡y cuando todavía eran superstars! En el Teresa Carreño, escuché a Zubin Mehta dirigir la filarmónica de Nueva York y vi los musicales Evita y Jesucristo Superestrella. Durante aquellas fiestas que fueron para nosotros los Juegos Panamericanos de Caracas en el ’83, presencié la carrera en la que William Wuycke se cayó, y, en el complejo de piscinas del Naciones Unidas, disfruté de los magníficos clavados de Greg Louganis y Wendy Wylan. Me di el gusto de ver con mi hermano Alonso como la Fura dels Baus levantaba el telón en uno de los festivales de teatro de Caracas, en la plaza Brion de Chacaito, ¡y a las doce de la noche!
Para el ‘89, ya trabajaba en la Procuraduría General de República y, cuando aún era un orgullo trabajar en ese organismo, descubrí mi vocación por el derecho administrativo. En los pasillos feos del edificio, entre piso y piso, conocí a quien se casó conmigo y quien, a pesar de habernos divorciado, hoy sigue siendo mi mejor amiga: Ivette.
Debo confesarlo, los ’80 fueron mis propios locos años veinte, y es muy probable que también para los que como yo, iniciamos el resto de nuestras vidas a principios de esa década.
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Vaya década esa. Compleja y superficial. Como tantos otros, escuché a Nena y a The Bangles, y como muchos, también me enamoré de Gabrielle Susanne Kerner y sus 99 globos rojos, y de Susanna Hoffs y su llama eterna. ¿Quién no? Me fasciné con los videoclips. Tuve mi Walkman y al subir por los lados de Sabas Nieves, escuchaba Thriller, de Michael Jackson y en las sombras del atardecer, correteando cerro abajo, veía los zombis danzando al compás del Rey del Pop. Me deleité con la belleza de Kim Basinger, mientras las muchachas deliraban por Mickey Rourke, el de «9 and Half Weeks», desde luego, y no ese garabato que ganó el Golden Globe por su excelente trabajo en «The Wrestler», o por Richard Gere, pavoneándose como un cadete de la aviación militar de Estados Unidos, en «An Officer and a Gentleman». Y me conmocioné, como tantos, con la explosión del transbordador espacial Challenger el 28 de enero de 1986.
En las fiestas, echábamos un pie al ritmo de Juan Luis Guerra y su 4:40, de Wilfrido Vargas, las Chicas del Can y de Sergio Vargas, que mutaba las baladas románticas en merengues dominicanos. Nos hartamos de ir a bailes con Los Melódicos, Porfi Jiménez y la decana de las orquestas venezolanas, La Billo’s Caracas Boys. A nadie se le ocurría omitir los tequeños u ofrecer «Caballito frenao» o Cacique, que quedaban para emborracharse encapillado con los amigos, cuando la quincena se acobardaba.
Nos enorgullecían los triunfos de Maritza Sayalero, Irene Sáez, Bárbara Palacios en el Miss Universo, y los de Pilín León y de Astrid Carolina Herrera en el Miss Mundo, como si eso fuera importante. Acudíamos puntualmente a la cita de ese show de mal gusto, el Miss Venezuela; y desde luego, a su réplica en la Radio Rochela, un espectáculo grotesco que invariablemente recurría a los actores más feos del elenco para vestirlos de mujer. Sin cable ni internet, veíamos las telenovelas locales, con Jeannette Rodríguez, María Alejandra Martín e Hilda Carrero. Los enlatados gringos, como «Moonlighting», «Murder She Wrote, Disnasty, V, Alf o Miami Vice. Con la compra de las teleseries brasileras por parte de Ricardo Tirado cuando dirigió el Canal 5, nos dejamos seducir por Lucelia Santos, Gloria Pires, Susana Vieira y la inolvidable Sonia Braga.
Nos quejábamos por sandeces y, sin darnos cuenta de ello, éramos felices y desdeñosos, leíamos en los teléfonos monederos la frase «golpe ya».
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Quien fuera rector de la UCV, Edmundo Chirinos, en alguna ocasión (creo que fue una entrevista en Papel Literario, uno de los encartados dominicales de El Nacional) nos acusó de ser bobos. Nos enfurecimos. Sin embargo, indistintamente de sus vicios, de sus perversiones, los pecados que le llevaron a terminar preso por un crimen sórdido; no mentía el psiquiatra de voz engolada y tonos cursis: Sí fuimos una generación boba… o mejor dicho, embobada. 
Ignoro si la superficialidad a la que refiere Mario Vargas Llosa en su obra «La civilización del espectáculo» sea una enfermedad que emerge como una pandemia de vez en cuando. Si lo es, y así lo creo, a mi generación la infectó como el Sida a tantos en los ’80. Sin pudor, de todo hicimos un show, uno malo, barato y de mal gusto. Menospreciamos lo que teníamos con la impudicia de quien no ha ganado nada por esfuerzo propio. Seguramente asumimos que nuestra democracia era robusta y, apoltronados en un orden que nos fue regalado, dimos todo por sentado.
No lo voy a negar, sería mezquino. Hay entre nosotros personas competentes. Entre ellos, los profesionales que formándose en el exterior gracias al plan de becas Gran Mariscal de Ayacucho, regresaron al país luego de concluir sus estudios en la Sorbona o en MIT, porque los venezolanos no emigrábamos. Hoy por hoy, algunos dan clases en el exterior, o se han destacado en sus profesiones o artes. Sin embargo, nunca dejamos de ser meros técnicos, o tecnócratas. Entre nosotros no prosperaron estadistas de la talla de Rómulo Betancourt y Rafael Caldera. Ninguno sufrió torturas, como sí José Agustín Catalá o Américo Martín. Nunca nos apresaron por nuestras ideas políticas, como sí a Pompeyo Márquez y a Teodoro Petkoff. No nos casaron y asesinaron impunemente, como sí a Leonardo Ruiz Pineda y a Antonio Pinto Salinas. Ignoramos lo que significaban palabras tan sombrías como «Seguridad Nacional» ni silenciábamos nuestras voces, como sí las generaciones precedentes. No nos amedrentaban los seguranales, como sí a nuestros padres, o a nuestros abuelos, la sagrada de Gómez.
Nos marearon los tecnócratas, muchos de ellos militantes de las variadas  formas del izquierdismo, y olvidamos a los verdaderos pensadores de la magnitud de Arturo Uslar y Carlos Rangel. Estudiamos nuestras ciencias y artes, y sí, en ellas nos hicimos expertos. Sin  embargo, nos faltó la universalidad necesaria para superar al caudillo y quitarnos de encima la bota militar. Sencillamente nos achinchorramos en la comodidad que la renta petrolera nos compró.
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Como casi todos mis compañeros del Santo Tomás de Aquino, ya he alcanzado el quinto piso de mi vida. He superado las cuatro décadas. He visto crecer a las nuevas camadas y como mis contemporáneos, voy dejando de ser el sándwich para tomar el testigo de quienes ya se van de este mundo, de esta vida. He sido testigo del nuevorriquismo del primer mandato de Carlos Andrés Pérez, la decadencia del statu quo en los ’90 y el avenimiento de esta desgracia sin propósito que es la revolución bolivariana.
Ayer, felices y desprolijos, creyendo que teníamos el mundo para nosotros, no imaginaba mi generación que hoy, cuando principiamos la vejez, tendríamos que hacer cola para comprar pan y leche, y que un dólar cueste lo que en bolívares que sí fueron fuertes alguna vez, fuese el presupuesto de un país. Tal vez sea este desatino lo que, como una quimio, nos cure la frivolidad febril que nos enfermó y nos hizo, y hace, delirar.
Hoy, inmersos en una crisis sin precedentes, nos aterramos. No comprendemos lo qué ocurre y con un oscuro pesimismo aguardamos el porvenir. Banalizados, dejamos de leer a Platón y a Jean Paul Sartre, a Jorge Luis Borges y a Gabriel García Márquez, a Mario Vargas Llosa y a Zygmunt Bauman. Elogiamos a Harry Potter y quisimos atribuirle a Batman y a Superman una profundidad inmerecida. Nos regodeamos en la frivolidad. Sin pudor, tiramos con los cachivaches el juicio, la crítica bien pensada. Nos emborrachamos con el discurso políticamente correcto, con frases manidas y un sinfín de lugares comunes. Nos embriagamos con la sandez. Hicimos del espectáculo un credo y de sus pendejadas, un orden canónico. Dejamos de pensar y repetimos hasta la saciedad las bobadas que en televisión les escuchábamos a quienes sin merecerlo, les endilgamos el remoquete de gurús. Pudimos ser diligentes, y lo fuimos, pero olvidamos como meditar. Domeñados por la cotidianidad y el dinero, así como horrorizados por lo que ocurre, no comprendemos que como crecen estas desgracias, igualmente cesan.
Ahora que la tragedia empantana nuestras casas, la realidad nos obliga a abandonar la zona de confort en la que nos atrincheramos por tanto tiempo. Nos corresponde vivir lo que otros latinoamericanos padecieron en los ’80 y ’90. Y como ellos, dejar el cuero en las calles, a ver si aprendemos de una vez por todas que la democracia jamás debe darse por sentada en estas tierras tropicales, y al decir de algunos, por eso caóticas.
Caracas, 2019.




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