miércoles, 1 de noviembre de 2017

Asi soy

Pared De Ladrillo, Cafe, CándidoMi mundo es virtual. Ocurre sobre todo en ese ámbito fantasmagórico que son las redes sociales. Aunque sí me arrancan un gesto alegre, no me desvelo por los likes de Facebook o los retuits de tuíter. Comento lo que acontece en este país enloquecido con amigos virtuales o aquellos con los que he compartido un espacio físico – un café, un aula de clases, una carrera o un noviazgo – y no me arrebato con discusiones estériles tratando de demostrar que tengo la razón. Hace tiempo ya que abandoné las discusiones porque en casi todas prevalecen los egos y se adormecen las ideas. Escribo porque eso hago. A veces elogio y otras critico. Soy un irreverente iconoclasta que se resiste a mugir como un rinoceronte en esta obra de Ionesco que es el mundo contemporáneo.
              Salgo escasamente. A un cumpleaños familiar o la boda de algún sobrino. A funerales, porque ya llegué a esa edad en la que se va recogiendo el testigo de los que se van. Desde mi castillo observo el festín de los fatuos y los desvergonzados. Y como tantos, también me enojo y vocifero. También me desespero por la superficialidad de quienes no tienen derecho a serlo, de quienes eligieron nadar en aguas profundas. Al fin de cuentas, soy humano… tengo emociones… ¡Claro que las tengo! Desde mi castillo solo puedo observar y cuando mucho, analizar. Eso hago… o eso intento.
              Leo noticias. Obvio las estupideces y las frases bonitas carentes de profundidad. Y a ratos me duele la espalda cuando alguna lectura me hechiza. Desdeño la tozudez para que no me irrite. Escribo lo que creo y sé bien que siempre puedo errar, y que he errado infinidad de veces. No respondo a majaderos. No me perturban los tercos que vociferan en mayúsculas, tratando de imponer su razonamiento. No creo en ídolos ni en deidades y estoy al tanto de que todos, aun los más sabios, también yerran. Que sus opiniones, tanto como las mías, no son verdaderas o falsas. Y lo confieso, a veces, quizás más de las que deseo; creo lo que quiero creer.
              No tengo posturas radicales. Me fastidian las posturas radicales. Soy lo que soy. Un señor imperfecto que amó de más. No explico mi buena – excelente – relación con mi exesposa. No confieso mis penas por las redes ni me lamento en los corredores del mundo virtual como las almas en pena por los de las viejas casonas del centro caraqueño. No hablo de mi vida personal porque a nadie le interesa… Creo que a muchos aburre y solo la comparto con viejos compinches. Solo la comparto con aquellos que saben escuchar a quien quiere desahogarse. No cuento mis cuitas porque en la mayoría hay una coprotagonista y la intimidad ajena se respeta. O eso me enseñó mi abuelo (los que me conocen están al tanto de mi orfandad paterna desde que tenía cinco meses). Quienes me han herido, lo saben… y eso basta. No espero disculpas, aunque de algunas damas que he conocido, me aliviarían mucho.
               Distinto de lo que creen tantos, no detesto el derecho. Tal vez solo su ejercicio. Es tedioso. Me ha sido útil para escribir con algo de lógica. No mucha. La que logro dibujar. Muchas veces no explico, ni siquiera lo intento. No doy respuestas que no tengo. Solo trato de generar inquietudes. No justifico mis ideas ni tampoco mi divorcio con ellas. Esas razones son  íntimas y como las cuitas amorosas, a nadie le interesan. Considero impertinente esa curiosidad. Incluso, ofensiva.
             Escribo porque amo hacerlo. Escribo de lo que me gusta: historias de ficción y esa otra ficción del mundo de hoy, el fenómeno político. Trato de hacerlo bien y no sé si lo logro. No me corresponde a mí decirlo. No me atañe a mí juzgarlo. Acepto la crítica. Pero como a casi todos, me afecta. Y aunque trato de esconderla en gestos amables o mohines, no siempre lo hago bien. De una actriz aprendí a amar, pero no el arte de actuar.
               Vivo preso en mi propio castillo. Salgo poco. Mi mundo es virtual. Rechazo el amor carnal virtual (que comparo con una revista porno particular, con los mismos fines de una Playboy con fotos de Erika Elienak o Pamela Anderson). Sin embargo, abrazo el diálogo respetuoso y pensado, gracias a esa virtud de la palabra escrita, que permite recogerlas o, cuando menos, volver sobre ellas. Me gustan las conversaciones inteligentes y por ello, humildes. Trato de escuchar y aunque parezca lo contrario, sí asumo la crítica. Trato de aprender cada día algo nuevo. En ese café inexistente por el que van pasando amigos de Gotemburgo, Ámsterdam o Riad, hablo de lo que ocurre en mi país y en este mundo, que es mío también. Critico lo que creo debo criticar y espero respuestas inteligentes que disientan de mí. Si algo he aprendido es que nadie tiene la razón y, de algún modo, todos la tenemos.

          Quisiera que mi mundo fuera más real y que los likes fuesen verdaderas caricias de una hermosa mujer o palmadas sobre el hombro de un amigo. Quisiera oler el perfume de las personas. Quisiera que los líderes fueran coherentes y que las ideas de tantos se amalgamaran en un crisol para construir algo nuevo, algo mejor. Quisiera que la jirafa del zoológico de Barquisimeto no hubiese muerto por la desidia de quienes debieron cuidarla y de quienes debieron gritar pidiendo auxilio. Quisiera tantas cosas pero poco puedo hacer encerrado en mi castillo. ¿O poco podemos hacer para sacar de sus castillos a quienes nos dirigen? 

martes, 1 de agosto de 2017

Lamentos


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Si pudiera leerlo, no lo he dudado un instante, sabrá de inmediato que en estas palabras, me acerco a su reflejo… para ti F

Libre es quien quiere ser libre
No hay cadenas que aten al alma
porque al alma trasciende al cuerpo
y en su viaje hasta la muerte  
nada ata al alma que quiere ser libre

Somos hijos de la muerte
porque como una madre
a todos nos ha de besar
Morir no quiero hoy
Al menos hoy, quiero vivir
Dejar en este campo una semilla
y que mañana digan que viví

Como las rosas que decaen
mi alma pierde su color
pero a otros entrego el perfume de mi ser
porque así sé que alcanzaré la eternidad

Como Lorca buscaba su duende
yo busco el mío en tus brazos
Morir en el rosal de tu cuerpo
que a veces espina y a veces perfuma
No es lo quiero, morir
Si es por querer
en tus brazos deseo alcanzar de nuevo el orgasmo
porque te vi una mañana de febrero
y me dejaste una tarde de mayo
Aún no sé tus razones
Me odiaste, me olvidaste
Y yo aún te sueño en las mañanas de febrero

No hay olor comparable al de la tierra mojada
El tuyo, tal vez sea aún más audible
Me invade como el tañido de las campanas
Como el cañón del soldado
Olerte es como respirar
Respiro tu olor y vuelvo a ser
Escucho tu aroma y te vuelvo a amar

Inmersa en el vagón
has de aparecer
Tus palabras han de caer
como flores sobre el jardín
para recordar que el otoño viene
y que no hay época mejor
que el otoño de tus años
El duende se esconde bajo la hojarasca
solo en otoño en la hojarasca cobriza
el duende puede esconderse
Busco bajo la hojarasca, que ahí, impregnada de tu olor,
Tú estás

Eres artista
y yo ni sé que soy
Como un tímido mocoso
mis palabras se atascan
Se atascan mis palabras
y no puedo decir lo que decir quiero
Puedo, acaso, suspirar
porque al verte sobre las tablas
tu arte ejecutar
se asoma el duende y me recuerda
que soy solo un tonto que por tu amor muere

Nadie muere de amor
Lo sé y aun así muero
Nadie vive de amor
Lo sé y aun así vivo por tu amor
Tu amor no llega
y yo, cada día muero otro tanto

Jamás he visto al pájaro compadecerse de sí mismo
Tú y yo, sí. Nos compadecemos. Nos quejamos.
Te vi… nos vimos
No nos dijimos hola y mucho menos te quiero
Me dolió.

Me dejaste una tarde de mayo
No lloré
No porque no quisiera
No lloré porque no pude
Creí que podía hacer el milagro
y en algún momento
hacerte volver
Cruel y despiadada
como solo las mujeres llegan a serlo
me olvidaste
Rogué, supliqué
No volviste
Entonces lloré como un niño
Pero con los años aprendí:
Para algunas cosas se necesitan dos
pero para otras basta la decisión de uno
Es triste
Es cruel

Cuántos años
No son tantos y si lo son
Te perdí y hoy lloro
Lloro porque te perdí
Hoy tu risa no existe
Sin tu risa mi vida es triste
Triste es mi vida hoy
Porque en tu risa alcancé el orgasmo
Si te amé entonces
Hoy te extraño
Como el hambre, tu ausencia me hiere
Saciarme de ti quisiera
hasta indigestarme
Porque si vomitar tengo
y de seguro lo haré
quiero que sea este amor que me envenena
Tu cuerpo me fue amputado
Lo extraño
Lo deseo
Añoro tu desnudez
tus exclamaciones de placer
tu piel trepidar
tu voz apagarse
aquietarse en un suspiro, un jadeo
un gemido que confiese tu placer
Te amé, y te amo
Te amo, y te amé
No sé cómo curarme de ti
O acaso, no quiero sanar
Quiero que la herida siga abierta
Que el dolor me hinque el alma
Solo así sé que contigo viví
Porque hoy no vivo
Sobrevivo

¿Y si volvemos a ser uno?
No sé si quieres
Ni sé si quiero

Porque de ser, otra cosa será

lunes, 10 de abril de 2017

Desazón

Resultado de imagen para grabados antiguos hombres atormentadosLas moscas lo acosan. El hedor a su alrededor no cesa. Enciende sahumerios para aminorar la fetidez. Las sombras lo intimidan. Espectros aparecen. Lo atormentan. Su día empezó mal. Va para peor. Mucho peor. Quiere huir. Sin embargo, los demonios no le dejan. Lo azuzan y, a veces, lo fustigan con látigos. Hieren su carne para que entienda. Para que acepte que él ya no es libre. Que el poder es su cárcel. Y como todo preso, como todo esclavo, siente la soledad como un cepo, que además lacera su piel hasta abrir llagas purulentas.
            Sus carceleros lo humillan. Se mofan de él. Y puede que, mirando la ciudad desde el ventanal de su palacio, desnudo, porque no hay ropajes que puedan cubrirlo; se vea tal cual es, deforme, contrahecho, como lo es también su alma. Como lo es el alma de quien se la vende al diablo. Tal vez llegue a llorar, y, acaso, a maldecir su suerte. Mientras, desde las tinieblas de la muerte, emergen voces para acusarlo, para imponerle, y ya no sabe cómo huir de esas palabras fantasmales.
            Sonríe porque es más fácil mentir. Reconoce en ese recoveco íntimo, donde no hay modo de engañar, que su infierno es suyo y que él lo compró. El lujo no mitiga las punzadas penetrantes del arpón ni las laceraciones profundas de la guadaña. Hinchado por el lujo, no logra saciar su hambre. Solo engulle, más por hábito que por deseo. Y a ratos, vomita sus miserias y en el alfombrado, deja a sus pies emplastos gusanosos. En su boca rezuma el sabor acre y en arcadas dolorosas, sus tripas intentan arrojar lo que pudre su alma.

            Deambula por los corredores de su palacio, arrastrando sus culpas, sus pecados; que pese a negarlos y negárselos, le aguijonean sin piedad ni descanso. Deambula por los cuartos abandonados de su palacio, y pese al boato que le envuelve, solo ve niños hambrientos que en la basura buscan comida. No, no domeña su mente a ese intenso vacío que le recuerdan quién es… o qué es. 

jueves, 23 de marzo de 2017

Todos a una

Resultado de imagen para grabado de licantropoAcuclillada sobre un periódico, mira y no ve. Sus ojos no expresan la candidez de quien no podría llamarse mujer. Su mirada busca culpables. Sus ojos acusan. Ella es víctima y victimaria. Ella es solo una niña a la que le robaron su niñez.
Nunca conoció algo diferente. Algo mejor. Su vida ha sido corta y sus desgracias, un largo rosario. Tiznado todo su cuerpo por el hollín callejero, aguarda su destino sobre periódicos viejos, plagado de relatos trágicos que para ella son cotidianos. Y al llegar la primavera, el destino la encontró tendida sobre esos periódicos como un perro realengo. Sus manos hincaron el puñal que los falsos le hincaron a ella con saña. Si ella mató para robar bagatelas a algún desventurado, a ella le despojaron su vida… y no la mataron.  
Sus greñas enmarañadas dejan ver el hedor de la calle. Un tufo a letrina sucia. La mugre maquilla el rostro de esta mujer que hasta ayer solo era una niña. Una niña que no jugó con muñecas. Una niña que tal vez tuvo por juego la lascivia conducta del padrastro de turno, que en la fragilidad de su cuerpo sació deseos atávicos. En sus ojos no hay lágrimas. Solo odio. Solo rencor. En sus ojos se ve el resentimiento que corroe su alma. Y su alma es hoy, solo el hueso agusanado que ruñen perros hambrientos.
Irá a un reformatorio. O peor, tal vez la encierren en una cárcel. Su saña contra quien sea amenaza. Y el miedo, libre es. Irá al infierno a pesar de su niñez. Y en el infierno no purgará penas… avivará su odio. Y si algún día sale, ya no será una niña y sí un demonio al qué temer.   
Ella es hechura del error, del fracaso, de la mentira. No ha conocido otra cosa que odio, rencor, resentimiento… patadas. Sin importarles, crían cuervos los falsos, mientras celebran su dicha en sus cómodas casonas. Ella en cambio, creció en las cloacas donde el ser humano defeca todas sus mefíticas miserias.  
Y si hoy me preguntan quién mató a quién, solo queda responder: Venezuela señor, todos a una.  

martes, 21 de marzo de 2017

Vergüenza

            
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La noche cae en Caracas como una sombra. La oscuridad ahuyenta a los habitantes que se refugian en sus casas. Aún temprano, cuando en otras épocas todavía restaban las últimas lumbres del tráfico diario, la ciudad luce abandonada. Ha envejecido Caracas y ya por las tardes, se cuida del sereno. La emoción decae y el vigor de otros años da lugar a rapiñadores que hurgan basureros en le negrura de unas tinieblas que empezaron hace más de tres lustros.
            Caracas se acuesta con el sol. Le huye a la luna. Se esconde de su mirada triste, que sin juzgar, observa avergonzada lo que va quedando: recuerdos, solo recuerdos. Todos se resguardan en sus cubiles. Todos se esconden porque la noche caraqueña depreda. Y la luna llora por los hijos que ya no estarán.
            Hincan los depredadores sus uñas pestilentes y del bubón exuda fetidez. Un hedor que impregna aun el alma de los pobladores de una urbe agónica. Nadie se salva de su pestilencia. Enferma y repugna. Caracas yace en esta grieta estrecha como yace el leproso, abandonado en un hoyo para que encuentre su destino, para que muera sin ofender. Caracas yace estertorosa a los pies de un sultán decepcionado al que incluso su nombre le fue robado.

            Sucursal del Cielo, antes. Hoy un sumidero, en el que las desgracias y las miserias se amontonan como el estiércol. Hiede Caracas, a dolor, a sangre putrefacta y a vicios inconfesables. Y de su hedor, repulsivo y nauseabundo como el perfume de la muerte, no conseguimos librarnos, ni siquiera encerrados en las celdas que de nuestras casas han hecho esos demontres, que una madrugada de febrero emergieron de sus sentinas mefíticas para corromperlo todo.  

Impudicia

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            La mentira se viste de verdad. Hablan y repiten estribillos pero sus ropajes ya no convencen. Desgastados y sucios, las hilachas van mostrando la impudicia de su desnudez. Enseñan rasgos grotescos, rasgos ofensivos. Nadie cree, todos dudan. ¿Cómo creer, si la realidad hinca sus dientes agudos en las tripas? Arde, duele, agobia. Ya nadie cree porque la verdad está desnuda. Y su desnudez no agrada. Por el contrario, repugna.
Fea y contrahecha, la verdad arrastra sus pasos deformes. Con su hedor, ofende al ciudadano, que tapa sus narices o, en el mejor de los casos, las protege con hojas de lavanda y menta. Plagada de bubones, la realidad deambula calle arriba y calle abajo, inspirando lástima… y provocando asco. Nadie cree, porque sufre. Y el sufrimiento es un clavo que atraviesa con aguda punzada hasta arrancar gritos.
Duele, la verdad. Y por eso, el disfraz se cae en jirones. También ofende, porque se sufre a diario, y no hay embuste o excusa que oculte las miserias. Pero el mentiroso insiste, porque adormece sus culpas creyéndose sus patrañas. Aunque por ganar con sus quimeras, no ganada nada. Solo pierde. Pierde porque enseña las mismas impudicias que sus mentiras.
Y al final a nadie engaña ese disfraz. La muerte no duerme jamás. Recorre arrabales y palacios sin reticencias. Y sus ojos, negros como lo desconocido, penetran en las honduras de las almas y extraen las verdades como el pus virulento de una llaga putrefacta y pestilente. 
Las mentiras no pueden disfrazarse, porque la muerte, por mucho que uno vista ropajes, siempre ve la desnudez, y vieja como es, ya nada le sorprende, ya nada le repugna

El legado del comandante

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Un tinte cenizo pinta el rostro de un niño. Sus ropas hieden. Él también. No calza zapatos. Solo unas chanclas resguardan del asfalto sus pies roñosos. Sus hermanos igualan la estampa, que de lejos pierde los matices y se tiñe de un color opaco, terroso. Las manos tiernas penetran la fetidez de la bolsa negra y con la inocencia de quien aún no cumple dos lustros, extrae lo que puede. Sonríe, al ver a los transeúntes. Él no recuerda otros días mejores.  
            Más allá, bajo la luz exangüe del farol, un hombre profana otra bolsa. A pesar del hedor, no siente asco. El dinero jamás lo causa. Recolecta minuciosamente cosas: potes vacíos, zapatos y ropas, restos de equipos eléctricos… En esta Venezuela de hoy, hay un mercado para vender basura.
La noche va cayendo, pero su sayo apolillado no oculta. La luna mira y derrama una garúa de lágrimas sobre la ciudad. El sol se fue. Se esconde. No quiere ver.
Un viejo se tiende en la escalinata de un templo, a ver si los santos le ayudan. Se envuelve en frazadas mugrientas. Su piel la recubre una binza fétida. Fuma un cigarrillo. La calle no es lugar para dormir, y menos en Caracas, donde la muerte festeja cada noche, acompañada por sus diablos.
La mujer deja parte de su compra. No le alcanza. No comerá ella para que sus hijos sí. Y escasamente. Maldice, con rabia. No la culpo. En las madrugadas, cuando los retortijones le roben el sueño, pensará en su vida y en las promesas de los falsos. Pero su cuerpo débil ya no podrá siquiera gritar. Cuando mucho, sollozará y extenderá la mano para pedir, porque por robarle, los falsos le robaron los sueños y también la dignidad.
El hombre grita al fondo del autobús. Ofende su lenguaje soez y también su llanto desgarrado, porque nada entumece más el espíritu que ver a un hombre llorar, y confesar que no ha comido siquiera un mendrugo de pan duro. Pero su incertidumbre, que aguijonea su alma y su estómago, ofende mucho más; aunque lo nieguen y en sus mesas opulentas, los falsos harten sus tripas con avidez.
Comen basura y, como perros realengos, se disputan restos malolientes. Otros hacen negocio con la bazofia de una ciudad putrefacta. El hedor nauseabundo impregna el ambiente, con su tufo ácido, con ese olor penetrante que emana de la boñiga amontonada. Como perros hambreados se lanzan dentelladas, porque en la miseria no florece la solidaridad… solo prosperan la cizaña y el odio.
El niño color ceniza juega y sonríe, porque no ha vivido otra cosa. La mujer llora por su hijos, porque se mueren de mengua; y por las noches, a ella la muerden por igual el hambre y el resentimiento. El hombre grita en el fondo del autobús, mientras las sombras lastimeras de sus conciudadanos ocultan sus caras en un silencio atronador, porque saben que tarde o temprano, esos gritos serán suyos.
Y los falsos ríen en sus casonas.