Palabras, solo palabras
Mariposas amarillas, palometas
que revolotean alrededor de las farolas en las calles calurosas. Presagio de
desgracias, anuncian un amor imposible, como el de Meme y Mauricio Babilonia.
No lo dudo, hay pasión por estas tierras tropicales, y por qué no decirlo, por
ello mismo, caóticas, pero, sus querencias, tóxicas, ahogan. Sangre hecha
culpa. Sangre que persigue insistentemente.
Rosales resecos, flores pálidas, que,
vestidas con los colores de la muerte, recubren calles, avenidas, veredas,
rúas, y en los pies calzados con chancletas, el polvo recubre ampollas, heridas
de un camino azaroso, de un sendero empedrado con esas intenciones que, bienintencionadas,
de todos modos, nos lleva al tártaro.
Sentado en un café, bebiendo, fumando, miro
a la gente recorrer las aceras. Son bachacos, eco de su cotidianidad
exasperante. Las náuseas me empachan las tripas. Endulzo la galaxia en el pocillo
de peltre, mitigo su sabor acre, ácido, áspero, cargado de culpas, de
resentimientos, y el deseo de vomitar se hace recurrente, terco. Veo las
vallas, los rostros sonrientes de demonches, de sátrapas, de vendedores de
pócimas y menjunjes milagrosos, y en mis vísceras, la ira se apelmaza con una
tristeza insondable. Las náuseas, la cólera.
La melancolía se hace adagio. Violines y
violas, cornos y otros vientos y cuerdas; y el recuerdo de otras épocas, imagen
borrosa en la borrasca. Una foto fuera de foco. Solo hay ruido, gritería
vulgar, estridencia que acalla la sinfonía. Un murmullo molesto colma los
espacios, como un vaho insoportable, irrespirable.
Cauce enfurecido, arrastra piedras, palos,
cadáveres insepultos y escombros. Lodo y muerte, sangre amelcochada y moscas
zumbonas arrasan con todo lo que en su carrera desenfrenada se cruce. Solo
queda el colapso y su hijo, el caos. Dolor, llanto, lluvia incesante, aguacero
que no consigue lavar el vómito, el hedor, la peste.
Y lo más triste, en el cielo gris, argamasa
que recubre el sepulcro, no se avistan palomas blancas. Sin laureles, sin rosas
amarillas, solo nardos, mustios, con su olor a sepulcro. Más que luces, son
ellos mesnadas dogmáticas, falanges obstinadas. La noche se nos hace eterna.

