La casa de los encuentros
Si
algo dibuja en mi mente la casa de La Lagunita es mi tío Gustavo, echado en su
sillón, escuchando ópera y leyendo algún libro de su enorme biblioteca.
Ahí
vivió mi abuelo sus últimos años, y ahí nos dábamos cita todos sus
descendientes, para escucharlo, para disfrutar de su incalculable jovialidad.
Por
ello, dedico estas pocas palabras a esas dos personas tan importantes en esta,
mi querida familia: Gustavo Planchart Manrique y Vaivén Pocaterra.
Solo escombros, recuerdos
que, como la ruinas, evocan días pasados, yacen en esa calle de La Lagunita aquella cita con las querencias.
Días mejores, sin lugar a dudas, aquellos en los que nos reuníamos todos alrededor
de Vaivén o como lo llamábamos sus nietos, papapapa.
No era su casa. Mi abuelo nunca fue un
hombre adinerado, aunque sí inmensamente afortunado. Su riqueza estaba en las
carcajadas de sus nietos, en el afecto de sus hijos, en su debilidad por
aquellos bisnietos que llegó a conocer. Su principal herencia no fueron los
caudales ni los bienes, sino el recuerdo vivo de un hombre que nunca renunció a
vivir. Cuando su esposa por más de cincuenta años ya no podía manejar su propia
casa por culpa de una artritis deformante y el peso de los años en su cuerpo, se mudó a la de su hija mayor, mi tía Inés, y de su esposo, mi tío
Gustavo, alguien particularmente admirado por quienes le conocimos
cercanamente. No lo dudo, un faro en la vida de muchos.
Los domingos, cita regular de hijos, nietos
y bisnietos, de hijos y nietos adquiridos, e incluso, los prestados, que de
tiempo en tiempo llegaban de la mano de los nietos mayores, unos se
arremolinaban en el cuarto de mi tío, para ver la champion league, algún juego de
la MBL o la final de US Open. Otros chismeaban trivialidades en el amplio salón
de la casa. A veces, nos hechizaban las anécdotas, ciertamente aderezadas, que
Vaivén relataba en el estar, ahí donde regularmente cada Navidad mi tía
colocaba un pesebre cada vez más grande. Debo decirlo, fue él, testigo de
primera mano de una nación que ya duerme en el olvido, de una nación que ha ido
borrándose para ser reemplazada por otra.
Hasta una treintena de personas podían
congregarse en esa casa un domingo cualquiera. Mi tía Inés, mucho más que mi
tío, suerte de ermitaño más dado a sumergirse en las profundidades de algún buen
libro, disfrutaba aquel festín de chistes, carcajadas, de cuentos y fábulas. Mi
tía se regodeaba en ese banquete de recuerdos, los de una familia fortalecida a
la sombra de ese gran árbol que siempre fue nuestro papapapa. En ocasiones, por la
tarde, en ese día para hacer las tareas diplomáticas, tocaban a la puerta
Jorge, primo de mi tía Inés, o un sobrino de mi tío, Kenny, un gringo venezolanizado
por sus genes maternos, a quien, sin serlo realmente, yo también lo considero
mi primo.
No solo Pedro, hijo de mi tía Inés y mi tío
Gustavo, último de ellos en casarse, sino Gerardo, mi primo, y yo mismo celebramos
nuestras bodas en esa casa. Y ahí se celebraron los cincuenta años de
matrimonio de mis tíos, los ochenta años de Carmen Cecilia y ya olvidé cuantos
bautizos. En esa casa se casó por lo civil mi hermana Pili con su esposo,
Eduardo. Hoy, ella participa de ese encuentro dominical con las que ya han partido a ese otro mundo, al
que, tarde o temprano, todos estamos convidados.
La casa ya no es el refugio de una familia deliciosamente
bulliciosa. Sus columnas dieron lugar a uno de esos cajones tan de moda en
estos tiempos revolucionarios. Vejada por los rateros, afeada por el abandono de quienes debimos avanzar en nuestras propias historias y por la irremediable fragmentación familiar en nuevos grupos alrededor de quienes como el nuestro, son ahora abuelos, tal vez conserve en sus cimientos la
felicidad de una familia que, a pesar de muchas pruebas y dificultades, de días
dolorosos, se ha mantenido firme en ese propósito de amarse, de ser feliz.
