viernes, 23 de febrero de 2024

 


     La casa de los encuentros

Si algo dibuja en mi mente la casa de La Lagunita es mi tío Gustavo, echado en su sillón, escuchando ópera y leyendo algún libro de su enorme biblioteca.

Ahí vivió mi abuelo sus últimos años, y ahí nos dábamos cita todos sus descendientes, para escucharlo, para disfrutar de su incalculable jovialidad.

Por ello, dedico estas pocas palabras a esas dos personas tan importantes en esta, mi querida familia: Gustavo Planchart Manrique y Vaivén Pocaterra.  

 

Solo escombros, recuerdos que, como la ruinas, evocan días pasados, yacen en esa calle de La Lagunita aquella cita con las querencias. Días mejores, sin lugar a dudas, aquellos en los que nos reuníamos todos alrededor de Vaivén o como lo llamábamos sus nietos, papapapa.

     No era su casa. Mi abuelo nunca fue un hombre adinerado, aunque sí inmensamente afortunado. Su riqueza estaba en las carcajadas de sus nietos, en el afecto de sus hijos, en su debilidad por aquellos bisnietos que llegó a conocer. Su principal herencia no fueron los caudales ni los bienes, sino el recuerdo vivo de un hombre que nunca renunció a vivir. Cuando su esposa por más de cincuenta años ya no podía manejar su propia casa por culpa de una artritis deformante y el peso de los años en su cuerpo, se mudó a la de su hija mayor, mi tía Inés, y de su esposo, mi tío Gustavo, alguien particularmente admirado por quienes le conocimos cercanamente. No lo dudo, un faro en la vida de muchos.  

     Los domingos, cita regular de hijos, nietos y bisnietos, de hijos y nietos adquiridos, e incluso, los prestados, que de tiempo en tiempo llegaban de la mano de los nietos mayores, unos se arremolinaban en el cuarto de mi tío, para ver la champion league, algún juego de la MBL o la final de US Open. Otros chismeaban trivialidades en el amplio salón de la casa. A veces, nos hechizaban las anécdotas, ciertamente aderezadas, que Vaivén relataba en el estar, ahí donde regularmente cada Navidad mi tía colocaba un pesebre cada vez más grande. Debo decirlo, fue él, testigo de primera mano de una nación que ya duerme en el olvido, de una nación que ha ido borrándose para ser reemplazada por otra.

     Hasta una treintena de personas podían congregarse en esa casa un domingo cualquiera. Mi tía Inés, mucho más que mi tío, suerte de ermitaño más dado a sumergirse en las profundidades de algún buen libro, disfrutaba aquel festín de chistes, carcajadas, de cuentos y fábulas. Mi tía se regodeaba en ese banquete de recuerdos, los de una familia fortalecida a la sombra de ese gran árbol que siempre fue nuestro papapapa. En ocasiones, por la tarde, en ese día para hacer las tareas diplomáticas, tocaban a la puerta Jorge, primo de mi tía Inés, o un sobrino de mi tío, Kenny, un gringo venezolanizado por sus genes maternos, a quien, sin serlo realmente, yo también lo considero mi primo. 

     No solo Pedro, hijo de mi tía Inés y mi tío Gustavo, último de ellos en casarse, sino Gerardo, mi primo, y yo mismo celebramos nuestras bodas en esa casa. Y ahí se celebraron los cincuenta años de matrimonio de mis tíos, los ochenta años de Carmen Cecilia y ya olvidé cuantos bautizos. En esa casa se casó por lo civil mi hermana Pili con su esposo, Eduardo. Hoy, ella participa de ese encuentro dominical con las que ya han partido a ese otro mundo, al que, tarde o temprano, todos estamos convidados.

     La casa ya no es el refugio de una familia deliciosamente bulliciosa. Sus columnas dieron lugar a uno de esos cajones tan de moda en estos tiempos revolucionarios. Vejada por los rateros, afeada por el abandono de quienes debimos avanzar en nuestras propias historias y por la irremediable fragmentación familiar en nuevos grupos alrededor de quienes como el nuestro, son ahora abuelos, tal vez conserve en sus cimientos la felicidad de una familia que, a pesar de muchas pruebas y dificultades, de días dolorosos, se ha mantenido firme en ese propósito de amarse, de ser feliz.