Mi mundo es virtual. Ocurre sobre todo en ese ámbito fantasmagórico
que son las redes sociales. Aunque sí me arrancan un gesto alegre, no me
desvelo por los likes de Facebook o
los retuits de tuíter. Comento lo que acontece en este país enloquecido con
amigos virtuales o aquellos con los que he compartido un espacio físico – un café,
un aula de clases, una carrera o un noviazgo – y no me arrebato con discusiones
estériles tratando de demostrar que tengo la razón. Hace tiempo ya que abandoné
las discusiones porque en casi todas prevalecen los egos y se adormecen las
ideas. Escribo porque eso hago. A veces elogio y otras critico. Soy un
irreverente iconoclasta que se resiste a mugir como un rinoceronte en esta obra
de Ionesco que es el mundo contemporáneo.
Salgo escasamente. A un
cumpleaños familiar o la boda de algún sobrino. A funerales, porque ya llegué a
esa edad en la que se va recogiendo el testigo de los que se van. Desde mi
castillo observo el festín de los fatuos y los desvergonzados. Y como tantos,
también me enojo y vocifero. También me desespero por la superficialidad de
quienes no tienen derecho a serlo, de quienes eligieron nadar en aguas
profundas. Al fin de cuentas, soy humano… tengo emociones… ¡Claro que las tengo!
Desde mi castillo solo puedo observar y cuando mucho, analizar. Eso hago… o eso
intento.
Leo noticias. Obvio las
estupideces y las frases bonitas carentes de profundidad. Y a ratos me duele la
espalda cuando alguna lectura me hechiza. Desdeño la tozudez para que no me
irrite. Escribo lo que creo y sé bien que siempre puedo errar, y que he errado
infinidad de veces. No respondo a majaderos. No me perturban los tercos que
vociferan en mayúsculas, tratando de imponer su razonamiento. No creo en ídolos
ni en deidades y estoy al tanto de que todos, aun los más sabios, también
yerran. Que sus opiniones, tanto como las mías, no son verdaderas o falsas. Y
lo confieso, a veces, quizás más de las que deseo; creo lo que quiero creer.
No tengo posturas radicales. Me
fastidian las posturas radicales. Soy lo que soy. Un señor imperfecto que amó
de más. No explico mi buena – excelente – relación con mi exesposa. No confieso
mis penas por las redes ni me lamento en los corredores del mundo virtual como
las almas en pena por los de las viejas casonas del centro caraqueño. No hablo
de mi vida personal porque a nadie le interesa… Creo que a muchos aburre y solo
la comparto con viejos compinches. Solo la comparto con aquellos que saben
escuchar a quien quiere desahogarse. No cuento mis cuitas porque en la mayoría hay
una coprotagonista y la intimidad ajena se respeta. O eso me enseñó mi abuelo (los
que me conocen están al tanto de mi orfandad paterna desde que tenía cinco
meses). Quienes me han herido, lo saben… y eso basta. No espero disculpas,
aunque de algunas damas que he conocido, me aliviarían mucho.
Distinto de lo que creen tantos,
no detesto el derecho. Tal vez solo su ejercicio. Es tedioso. Me ha sido útil
para escribir con algo de lógica. No mucha. La que logro dibujar. Muchas veces
no explico, ni siquiera lo intento. No doy respuestas que no tengo. Solo trato
de generar inquietudes. No justifico mis ideas ni tampoco mi divorcio con
ellas. Esas razones son íntimas y como
las cuitas amorosas, a nadie le interesan. Considero impertinente esa
curiosidad. Incluso, ofensiva.
Escribo porque amo hacerlo.
Escribo de lo que me gusta: historias de ficción y esa otra ficción del mundo
de hoy, el fenómeno político. Trato de hacerlo bien y no sé si lo logro. No me
corresponde a mí decirlo. No me atañe a mí juzgarlo. Acepto la crítica. Pero
como a casi todos, me afecta. Y aunque trato de esconderla en gestos amables o
mohines, no siempre lo hago bien. De una actriz aprendí a amar, pero no el arte
de actuar.
Vivo preso en mi propio castillo.
Salgo poco. Mi mundo es virtual. Rechazo el amor carnal virtual (que comparo
con una revista porno particular, con los mismos fines de una Playboy con fotos
de Erika Elienak o Pamela Anderson). Sin embargo, abrazo el diálogo respetuoso
y pensado, gracias a esa virtud de la palabra escrita, que permite recogerlas o,
cuando menos, volver sobre ellas. Me gustan las conversaciones inteligentes y
por ello, humildes. Trato de escuchar y aunque parezca lo contrario, sí asumo
la crítica. Trato de aprender cada día algo nuevo. En ese café inexistente por
el que van pasando amigos de Gotemburgo, Ámsterdam o Riad, hablo de lo que
ocurre en mi país y en este mundo, que es mío también. Critico lo que creo debo
criticar y espero respuestas inteligentes que disientan de mí. Si algo he
aprendido es que nadie tiene la razón y, de algún modo, todos la tenemos.
Quisiera que mi mundo fuera más
real y que los likes fuesen verdaderas
caricias de una hermosa mujer o palmadas sobre el hombro de un amigo. Quisiera
oler el perfume de las personas. Quisiera que los líderes fueran coherentes y
que las ideas de tantos se amalgamaran en un crisol para construir algo nuevo,
algo mejor. Quisiera que la jirafa del zoológico de Barquisimeto no hubiese muerto
por la desidia de quienes debieron cuidarla y de quienes debieron gritar
pidiendo auxilio. Quisiera tantas cosas pero poco puedo hacer encerrado en mi
castillo. ¿O poco podemos hacer para sacar de sus castillos a quienes nos
dirigen?
