
No
reconozco esta ciudad. No reconozco este país. Sí, en el que yo nací, hace
cincuenta y dos años, existía la caída de agua más alta del mundo, el Salto
Ángel. También existían dos obras de ingeniería de las cuales enorgullecerse: el
puente Rafael Urdaneta y el complejo hidroeléctrico Raúl Leoni (Guri). Caracas
estaba al pie del Ávila… y, ya voy comprendiendo, no lo estaba a los pies de un
cerro llamado Guaraira Repano.
Nací
en la parroquia Candelaria. La clínica ya no existe ni vive el médico que
asistió a mi madre el día que llegué a esta vida. Creo que su nombre era
Clínica Córdoba. Ya no está mi madre para corroborarlo. El nombre del médico sí
lo sé: Domínguez Sisco. Al parecer, era él quien más partos atendía entonces. Por
ello, mi partida de nacimiento está en una oficina a la que un día fui para
solicitar una copia y descubrí que como en las casas viejas, los ratones
igualmente hacen estragos.
Estudié
en un colegio común y corriente. No estudiaban ahí los grandes apellidos, que
preferían el San Ignacio de Loyola o La Salle… acaso, el Don Bosco, de cuyas
aulas egresó el más notorio empresario venezolano. Pero es que su madre es
militante de las respetadas Damas Salesianas. Claro, había otros, como el
Santiago de León o El Peñón. Pero esos estaban destinados a los padres que
optaban por una formación laica. De los viejos colegios y liceos de Caracas,
como el Instituto San Pablo o el Liceo Experimental Venezuela, ya en esos años,
los ’70, solo puedo confesar que empezaban a transitar ese destino fantasmal que
la desidia va construyéndole a las cosas, y a la gente.
Me
gradué en la UCAB. Para el año de mi grado, aún no contaba con edificios y
mucho menos, con una feria de comida rápida (con sushi y todo). Pero en ese
cafetín malo, hediondo a café hervido, amarré amistades que todavía conservo:
una muchacha de la avenida Sucre de Catia que se casó con un marino mercante, el
hijo de un expresidente, una muchacha del Country Club, que hoy vive en Miami. Otras
más, desde luego. Como la nieta de un encumbrado médico venezolano, que como
yo, ya solo atesora un linaje distinguido. En el campus de la UCAB disfruté
de la compañía de esa variedad social que es Venezuela. En sus aulas conocí a
mi primera novia formal: una sueca más pequeña que yo, y ya es bastante decir,
cuyo padre vino a probar suerte en la tierra de su mujer. Hoy, ella vive en su
ciudad natal: Gotemburgo. No la culpo.
Empecé
a ejercer mi oficio, este de ser abogado, cuando la nación comenzaba a cegarse
por la estupidez. En esos días, no solo hubo una conmoción social inédita para
mi generación, dos golpes de Estado fallidos, sino además infinidad de rumores,
de atentados, de fábulas que se consumaron finalmente con la victoria de un
felón el 6 de diciembre de 1998.
Ya
no deseo ejercer este oficio. El de abogado. Los registros públicos no parecen
tales, sino calabozos sucios de una delegación policial. Sus funcionarios, ya
no visten traje, sino bluyines tan pringosos que la fetidez puede verse. Sus
camisas, franelas desleídas, asemejan un lampazo usado. Y por supuesto, nada
sirve. Hasta las fotocopias, por las cuales se pagan derechos, las debe sacar
uno, ¡y pagarlas! El centro de Caracas, ese que con tanto placer recorría
cuando acudía a tribunales, es el de otra ciudad. Hay cosas loables, sí; pero
una joven fotógrafa corre el riesgo de perder una pierna por un disparo que le
pegaron unos malandros, precisamente para robarle la cámara intentando retratar
las escalinatas de El Calvario, cuando tenían esa mirada del Gran Hermano pintada
en sus estrechos peldaños. Aún más, espantan los grupúsculos de fanáticos, arengando
con violencia sus consignas políticas, ofendiendo a todo aquel que tenga a bien
no congeniar con ellos, y agrediendo a cuantos osen siquiera sugerir lo que es
obvio, que su comandante supremo inventó, mucho, y erró demasiado.
Los
supermercados, ahora feos y mugrientos, venden menos productos, aunque mucho
más caros. Hoy, un café de máquina en una panadería cuesta más que el primer automóvil
que compré, un Fiat Spazio, año ochenta y algo. Las colas para comprar, aun
toallas sanitarias y papel higiénico, nos avergüenzan… o nos humillan… Y uno,
que sacrificó tanto para obtener un grado universitario, se pregunta mientras
tolera ofensas porque a alguien se le antoja que uno no colabora lo suficiente con
la revolución aguantando más penas: ¿valió la pena?
A
veces, sin embargo, me detengo a la sombra de algún árbol solo para admirar
como sus flores moradas le visten con los colores del Nazareno, y aún más, como
al caer, con los días, forma un hermoso alfombrado sobre la acera. Entonces caigo
en cuenta que esta sí es Caracas, la ciudad en la que yo nací hace cincuenta y
dos años, y que como todos los seres vivos, está enferma y que pronto, sanará…
o al menos, eso deseo creer.
