lunes, 5 de agosto de 2013

La daga del padre

La daga del padre
Su padre, un mercader exitoso del suroeste yemení, llegó a su casa en Murad, junto a las venteadas aguas del Mar Rojo. Traía consigo nuevas. Muy buenas, a su juicio, para no decir excelentes, que sería exagerar.
- ¡Se casa! – Dijo. La madre, devota y obediente, como era su deber, agradecía a Alá por la buena fortuna de su hija. Un buen marido siempre se agradece para una hija. Claro, confiaba ella que sería un buen hombre de la ciudad o, como mucho, de algún poblado vecino, y que sería, sobre todo, paciente. Y es que la madre, cuyo vientre no gozaba de suficientes bendiciones, pensaba tenerla a su lado un tiempo más, para continuar disfrutando de su compañía y, desde luego, de la ayuda que ofrecía en los quehaceres domésticos.
- Es un próspero mercader de cabras -  recalcó el padre, acariciando la empuñadura de su hermosa daga. Se regodeaba en la magnífica dote que él podía pagar - Vive al otro lado del mar, en Moulhoule, y es muy apreciado por sus vecinos - comentó, como si separar a la madre de su hija no fuese a causar penas al corazón de esta mujer, joven y vieja a la vez.
- ¿Cómo? - Replicó la madre de inmediato - al otro lado del mar… ¿en Yibuti? - Y puede que su voz dejase escapar algún tono quejoso, aunque con timidez e incluso, temor. Su marido, receloso del papel que corresponde a la mujer, según su entendimiento de las escrituras, le miró cauto, pronto a recriminarla. No lo hizo, en ese momento. Lo hizo, no obstante, instantes después, cuando su hombría se sintió quebrantada.
- Es un hombre con muchos caudales, creyente, respetuoso de la verdadera fe - Dijo, y de seguidas agregó - ¿qué reprochas mujer? – Se quedó mirándola. Murmuró algunos ruidos. Reclamos ininteligibles, para no desgraciar lo que a su entender, era un día venturoso.
- ¡Vaya a cocinar! - Ordenó luego, que viene a cenar con nosotros… Y la mujer obedeció.  
El hombre salió a comprar kat. También dátiles y aceitunas. Deseaba honrar a su futuro yerno como correspondía. Gracias a este casorio, aupado por una diligente casamentera de su pueblo, cosecharía frutos muy provechosos, y deseaba demostrar por ello, no la magnífica dote que podía dar, sino su solvencia como comerciante. Enseñar su prosperidad como carta aval de sus buenas artes para los negocios. Se sentía henchido, alegre. Una elocuente sonrisa ensanchaba su rostro. Su decisión era lo más sensato ¡Claro! Su hija desposaría a un próspero devoto, respetuoso de las virtudes que, según sus interpretaciones, proclamaba el Sagrado Corán. Y, como de paso a la tienda de abarrotes cruzó frente a la mezquita, entró a conversar y darle la buena nueva al imán. Era éste un hombre sereno, de temple muy juicioso y quizás, un tanto rebelde para muchos fieles conservadores de su fe.
- ¡Se casa mi hija! - Le anunció al clérigo. Por supuesto, después de pedir la bendición de Alá y reconocer la verdad del Profeta.
- Siéntate hijo, ven y acompáñame a beber una taza de té - Dijo el imán. Su voz no se perturbaba y su serenidad era la de un hombre sabio, que no busca imponer su criterio sino guiar, que, a su entender, era su verdadero oficio.
- Te conozco - Dijo, y luego agregó - desde que eras un niño, bastante terco, debo decir, y también he tenido la dicha de conocer a tu mujer y tu hija - arguyó y luego prosiguió - cuéntame, ¿quién es este hombre que has decidido para esposo de tu hija?
- Un mercader, de cabras – contestó el padre mientras acariciaba de nuevo su preciosa daga empuñada en oro - Vive en Moulhoule y Alá lo ha bendecido con riquezas – agregó.  
El imán no alteró su voz a pesar de la jactancia del visitante. Sólo repitió las palabras que momentos antes había dicho la madre de la hija a desposarse - ¿En Yibuti? - Bebió un sorbo de su té, sin alterarse, sin mostrar atisbos de censura. Y entonces preguntó en ese tono dulce que había aprendido a usar con el curso de los años - ¿No crees que su madre desee disfrutar de su compañía un tiempo más? ¿No crees que tu hija desee gozar de los buenos consejos de una mujer excepcional como lo es la tuya? Es lejos – agregó y tras una breve pausa para pensar sus palabras, continuó - Tu mujer, sabemos, no está en condiciones de viajar y tu hija no debería ausentarse del hogar de su esposo por mucho tiempo… Si es que su deseo es, desde luego y con el consentimiento de éste, acompañar a su madre, tu mujer.
De nuevo, el imán tomó la tasa de té y bebió sorbos diminutos.
El hombre, molesto por las respuestas del clérigo, insistió que ese hombre, próspero, era un hombre de fe, respetuoso del Corán.
- Me alegra escuchar que sea respetuoso de la fe, hijo obediente de Alá - Y luego de beber pausadamente otro sorbo de té, volvió a preguntar - ¿no crees que deberías pensarlo mejor?
Su voz pudo parecer la de un ángel pero el hombre no la quiso escuchar. Por el contrario, orgulloso, empuñando su daga recelosamente, pero sin ofender al imán, replicó, debo decir, con la terquedad del necio - No, no debería pensarlo. Estoy convencido de su idoneidad para desposar a mi hija. Es un mercader muy rico, un hombre de fe y mi hija estará feliz de desposarlo. 
El clérigo sólo le miró a los ojos, con los suyos, que eran cristalinos, como el agua del aljibe, claros como la verdad, y sentenció - Ojalá y estés en lo cierto y sea este viejo el que yerre sus pensamientos - Después lo besó en las mejillas, con la ternura de un hombre santo, que sólo busca obrar conforme a la voluntad de Dios.
El hombre salió de la mezquita y continuó su paso por las tiendas de abarrote. Compró kat y más té, compró también carne de cordero, aceitunas y buen aceite, porque no quería parecer avaro ni descortés con el mercader que desposaría a su hija. Y si bien marchaba contento, las palabras del imán le golpeaban insistentemente, no con la rudeza de una coz de burro, pero si como el repiqueteo del agua sobre la piedra, que excava la roca más obstinada. Se repetían una y otra vez en su mente, como si algún demonio se hubiese posesionado del clérigo para atormentarlo a él y machacarle culpas, sin fundamento, porque no dudaba de la rectitud de su proceder ¿Cómo era posible que no estuviese de acuerdo el noble imán? Si el hombre era devoto creyente, próspero comerciante… Sin dudas, bendecido por Alá.
- Debía ser eso - se dijo en voz baja. Por alguna razón el imán había resultado víctima de demonios, por algunos momentos, para tentarlo, para que le negase a su hija un matrimonio tan beneficioso. Y puede que al cruzar la esquina y no ver más el minarete, haya dejado de lado las palabras del imán, sobre todo cuando vino a su mente un negocio muy lucrativo, que iba a reportarle inimaginables bendiciones y, desde luego, dinero a sus arcas.
Regresó a su casa, este hombre, con un paso firme, seguro, propio de quien está orgulloso, confiado de sus decisiones, inspiradas en su juicio, que a su vez lo animaba su interpretación del Sagrado Corán. Y sin saber por qué, de repente, como quien pisa una piedra que lastima el pie, dolorosamente, regresaron las palabras del clérigo a su mente, para abrumarlo en esas horas que, según su criterio, debían ser jubilosas
- ¿Por qué? - Se preguntó - ¿Por qué me asaltan estos temores y estas angustias? - se decía, indagando la causa en su corazón. Aun llegó a reclamarse la visita al imán.
Al entrar a su casa, cargado de mercaderías para festejar tan venturosa ocasión, no pudo encontrar mejor fundamento a sus pesares. Su mujer, llorando, salió a recibirle al pórtico. Sus llantos eran quejosos, lastimeros y sobre todo, recriminatorios. Sus llantos eran dolorosos.
- ¿Qué ocurre? - Preguntó el hombre, sin siquiera imaginar la respuesta. Y la mujer, que entre llantos y rabias, apenas lograba esputar las palabras.
- Tu hija, nuestra hija, se ha quitado la vida. Ahora pende del techo de su cuarto como tus cabras del de tu negocio – le espetó, como si de un salivazo se tratase.
El hombre no dio crédito a las horrendas palabras de su mujer. Sus ojos se inundaron de lágrimas y como un pesado fardo, cayeron las palabras del imán sobre su consciencia y su cuerpo. Pensó, primero, en el mal augurio que esas frases implicaban. Y de nuevo, se recriminó, ahora con mayor dolor, la visita al imán
- ¡No debí visitarlo! – dijo. Le endilgó la culpa al clérigo, rabioso, iracundo, adolorido, por sus críticas, por sus frases incomprensibles - ¿Y qué voy a decirle? - pensó en voz alta. Ya no habría casorio, y, además, como bien se sabe, el Sagrado Corán, que es la única ley para los creyentes del Islam, también impone castigos muy severos a quienes atentan contra su propia vida - ¡Qué vergüenza! - pensó de nuevo, otra vez en voz alta, sintiéndose desdichado, porque con la muerte de su hija, con el castigo providencial, perdía las bendiciones que ese casamiento iba a otorgarle.
- Mi hija me ha condenado – dijo - Y por ello, perderé las bendiciones del Cielo – agregó mientras la madre, llorosa y profundamente desgarrada, miraba al esposo. En sus ojos no había fe, no había debida obediencia. Había sí, dolor, intenso, insoportable. Había odio.
- Tu hija no te ha condenado - Dijo el clérigo, cuando llegó hasta la casa del hombre, advertido por los vecinos de la desgracia. Posó su mano sobre el hombro, y, gentilmente, lo llevó a un salón más íntimo del hogar para hablarle con ese tono pausado y ciertamente amoroso.
- Has sido tú, que has pretendido robar a tu hija la inocencia de su niñez para desposarla con un hombre, un mercader, que tus ojos ven con agrado, pero no así los de tu hija, quien aún no cumplía los doce años y solo ayer, acaso, bajaron de su vientre los primeros días impuros – Sentenció sin tono áspero ni recriminaciones airadas - Confío que el amoroso Alá perdone a tu hija por un acto como éste, pero también espero que muestre indulgencia hacia ti - Y dicho esto, de nuevo besó su mejilla y se despidió.
El imán se perdió en medio de la multitud hasta desvanecerse en la polvareda y los chismes. El padre, sentado en un sillón de cuero, trataba de comprender las palabras del clérigo, que ahora, más que antes, confundían su entendimiento. Y por ello, su mujer se le acercó y posando sus manos sobre sus hombros, le besó la cabeza.
- Tú nos has condenado a todos – dijo, y apartándose de él hasta mirarlo reducido a un cuerpo apaleado, le espetó - te odio.
El hombre quedó solo en el salón, acariciando la empuñadura de oro de su daga.