viernes, 16 de marzo de 2012

También y tampoco


Si soñar es una forma de vivir, entonces nuestro amor es una verdad. Y ojalá que cada vez que sueño, de alguna forma mi sueño sea también tuyo. Que cada noche, al cerrar los ojos, tus besos y los míos se encuentren en ese ámbito onírico, que invade mi corazón y que espero, invada también el tuyo. Y si por soñar vivo, de algún modo, en ese mundo tú y yo seguimos juntos y nos amamos, como los amantes se aman. Y pido al Cielo que en ese mundo, juntos tú y yo, tú también desees amarme, como yo te he amado desde el día que te conocí. Y por eso, quiero y a Dios le pido, que así como yo no he sido capaz de olvidarte, tú tampoco. 

martes, 14 de febrero de 2012

Unas breves palabras


Si soñar es una forma de vivir, entonces vivo contigo mi amor, que cada noche, cuando apago la luz y en la penumbra contemplo tu foto, vienes a mi vida con tu calidez y tu vigor para amarme como yo quiero que me ames. 

jueves, 2 de febrero de 2012

Los visitantes


Imagine que sí hubo un incidente en ese poblado de Nuevo México, que precisamente por ese suceso, por lo demás extraño, apareció en los mapas y la gente, que por curiosa y sin oficio visita las cosas más inusitadas, le otorgó cierta popularidad y, por supuesto, el dinerillo, nada despreciable, que los turistas se gastan no sólo en comida y hospedaje, sino también en las muchas bobadas, recuerditos de sus visitas, que en este caso, con el asunto del incidente tienen mucho que ver. Supongamos pues, que sí hubo un accidente, no de una nave, sino de tres, y que en lugar de tres cuerpos, hallaron nueve, y, de paso, uno de ellos aún con vida. Y digamos por último que éste es el cuento, que al fin de cuentas, de esto trata este oficio de contar, y, por ello, no hacen falta probanzas ni explicaciones, que son ciertas porque yo quiero que lo sean y no porque las haya probado.
            Llovía torrencialmente. Nada raro durante los días veraniegos, sobre todo en esas tierras septentrionales, aunque debo decir, no era de día sino de noche, porque por llover, llueve también por las noches. Un granjero, cuyo nombre salió del anonimato gracias al incidente de marras, pero que yo prefiero omitir, limpiaría su rifle, un Winchester, con esmero, apaciblemente, mientras escuchaba la radio, seguramente alguna melodía de las Grandes Bandas, la de Benny Goodman o Glenn Miller, cuando de súbito, le sorprendió un destello y, de seguidas, un estruendo. Pudiéramos creer nosotros, que, al menos algunos, granjeros no somos, que se trataba de un trueno, un relámpago, que en verano, con esas tormentas, normalmente violentas, nada raro sería pues, como tampoco que por esa misma razón se viniera al suelo cualquier cosa que por ahí anduviese volando. Pero este hombre era granjero, y, claro, bien sabía distinguir de un estallido, un trueno y una centella. Y pudo ser, desde luego, ambas cosas, que por los relámpagos, se decompusiese la nave y por ello, acabara en el suelo, hecha añicos. Miró a través de la ventana de su estudio, rifle en mano, pero como todo estaba negrecido por aquel aguacero, no vio más que las plantas sembradas al pie del alféizar y acaso, uno que otro bicho guarecerse. Tal vez por miedo, tal vez por desidia, decidió investigar el suceso más tarde, y por más tarde me refiero al día siguiente, cuando el sol ya hubiese salido y, sobre todo, alumbrase, que se cree, comúnmente, los espantos se ocultan en las sombras de la noche.
            Durmió, o quizás no, por la curiosidad o el miedo, quién sabe, la verdad poco importa, pero, temprano, a primeras horas, después de beber una taza grande de café, se adentró en su propiedad para indagar, que si había sido un relámpago, habría golpeado algo para causar tamaño estruendo. Y sabemos que algo golpeó, pero entonces, temía este hombre que hubiese causado daños en su propiedad. Recorrió los campos sin ver más que plantas de ágave, principal producto de su fundo, del que se extrae, por cierto, el tequila, y no digo con esto, que este hombre deliraba por el exceso de licor cuando escuchó lo que escuchó, que entre los pobladores del centro de Estados Unidos, y en especial en esas zonas campesinas, abundan los conservadores, herederos de todas las rigideces cuáqueras, y ya decir esto, es decir mucho. Sin embargo, su búsqueda terminó cuando, detrás de unos galpones, ésos hechos con láminas de latón y tubos, junto a uno de esos molinos para extraer agua de pozos, lo único verdaderamente dañado, para fortuna del granjero, halló restos de un material extraño. Era ése un metal insólito, en cierto modo asombroso, porque distinto de los por él conocidos, éste, más que fierros retorcidos, en este caso por razones obvias, parecían lienzos grisáceos. Pero, a pesar de su ignorancia sobre nuevos elementos y materiales, justificada desde luego, como lo es la ignorancia de todo tipo, sabía – o intuía - que aquel despojo era metálico. No podía ser otro elemento, al menos de los que tuviese conocimiento, que, como ya hemos dicho, no eran muchos. También encontró rescoldos, aún ardientes, tal vez de algunas matas, sean de ágave o de otra índole, todas suyas, chamuscadas por el estallido, que, no podía dudarlo este hombre, al ver esas chatarras, extrañas pero chatarra al fin de cuentas, no podía negarse, aquel estallido de luces fue eso, y el accidente de lo que hayan sido esos restos, la causa del ruido. No había dudas, al menos para este hombre y luego, miles más, ahí había caído algo, una nave o cualquier cosa semejante, y si le afanaban respuestas, como suelen exigirlas los reporteros, no lo pensaría dos veces para asegurar, como cualquiera en condiciones análogas, que de este mundo, ciertamente no era. Llamó por ello al alguacil del pueblo y éste, que de esas cosas también entendía escasamente, al comandante de una base militar, una cercana al lugar del incidente, para muchos, el más famoso de cuantos hay en materia de objetos voladores no identificados.
            El alguacil ya se encontraba en el lugar, con dos agentes más, cuando llegó el mayor, cuyo nombre también nos reservamos; así como el correspondiente contingente de soldados, todos rasos, que, diligentemente, se dieron a la tarea de rebuscar cada palmo del mayorazgo hasta recoger, como les fue ordenado por sus superiores, todos los restos de aquel desastre, accidente de un supuesto platillo volador, como en un principio lo calificó a los medios, presentes a través de una caterva de reporteros todos ávidos de noticias como del estiércol lo están las moscas, este mayor del ejército, cuyas palabras fueron luego desmentidas por sus propios superiores, claro, quienes atribuyeron los mendrugos de aquello a un globo aerostático, parte de un proyecto secreto para la defensa del país de los comunistas, que para entonces, julio de 1947, dos años hacían ya que los nazis y los fascistas habían sido defenestrados y que por enemigo, por eso de que uno siempre hay que tener para salvaguardar al país de ideas alocadas, se tenía pues, a los soviéticos. Sin embargo, como no sólo se encontraron aquellos discos, razón del mayor del ejército estadounidense para llamarlos platillos voladores, sino unos cuerpos, chamuscados y maltrechos, como quedarían los cuerpos de cualquiera en éste u otro mundo después de estrellarse de ese modo, visto el estado de ruindad de los restos desde luego, se argumentaron luego infinidad de teorías, todas extrañas e incluso, inverosímiles. Desde que eran monos hasta niños, mártires de un experimento siniestro de vaya a saber uno qué hijo de puta. Porque hay que ser bien coño de su madre para usar niños en cosas macabras como ésas hechas a ratos por los científicos. Uno de los cuerpos, no obstante, estaría medio muerto, por el accidente, claro, pero decir medio muerto es también decir medio vivo. Ignoro que milagro le salvó, distinto de sus desventurados compañeros de viaje a través de las estrellas, que de tan lejos vinieron para morir en estas tierras.
            Los marcianos habían llegado, finalmente, pero, como aún recordaban la histeria causada entre los estadounidenses por aquella travesura radial de Orson Wells, mejor no decirlo, para evitar problemas mayores, aunque más razonable luce la otra tesis, de que no era ese temor reverencial a la muchedumbre enardecida la causa del secreto, sino la avidez malsana de hacerse de esa tecnología para propósitos bélicos, por ese vicio de los seres humanos, que tanto afanan para martirizar a sus iguales. Se adjudicaron los fierros retorcidos a un fulano proyecto Mogul. Por supuesto, el ejército estadounidense poseía entonces proyectos por centenares, unos reales y otros, no. Recién terminaba una guerra y otra se cernía sobre ellos, mucho más peligrosa y devastadora que otras muchas del pasado. Las armas desarrolladas en esos años, por el mismo demonio parecían haber sido hechas. Y de los cuerpos, trató de no hablarse mucho, y cuando no quedó de otra sino hablar, decir que eran monos, usados con fines científicos, que en nombre de la ciencia y del conocimiento se pueden perpetrar esas atrocidades sin remilgos. Claro, esa era la historia para los medios, para la gente, pero otra diferente le fue relatada al presidente de Estados Unidos, a quien los militares, subordinados a su mando, no podían andarle con cuentos chinos, que por razones obvias no eran chinos, aunque tampoco marcianos, porque incluso en esos años, cuando poco se conocía todavía sobre las estrellas, se sabía que en Marte no había más que rojizos peñascos estériles. Se supo no obstante, después, que los visitantes procedían de un sistema solar parecido al nuestro, al parecer ubicado en la constelación de Retículo, y que, además de humanoides, eran grises como el humo y no más altos que un chiquillo de ocho años. Y no es que no hubiera otros, que si hay razas diferentes en este planeta nuestro, imagine la variedad que debe haber en el inmenso cosmos, pero, al menos en ese sembradío de ágaves, eran éstos y no de otra raza los que vinieron a malograrse.
            Señor Presidente, dijo alguno, hemos encontrado esto en las afueras de una finca cercana a un poblado, de Nuevo México, por lo demás bastante pequeño, a Dios gracias, concluyó este interlocutor lo más rápido posible, temeroso por las mismas razones que los escuchas de aquel programa de Orson Wells sobre la Guerra de los Mundos. No creo yo, que el presidente de Estados Unidos no espute palabras obscenas por la boca como cualquiera otro y, por ello, supongo, ante la magnitud de la novedad planteada por este informante, que no miraría formas y protocolos y expresaría sin tapujos, como cualquier otro, ¡Carajo! Sus palabras, muy humanas, ya lo creo, desnudarían su asombro. No es fácil tragarse así no más que no estamos solos en este vasto universo, que no sólo no estamos solos, sino que además, seres de otro mundo han venido, vaya a saber para qué, a este mundo nuestro. Esto debe comunicarse a la gente, proclamó impensadamente el presidente, razonando como un hombre civilizado, pero de inmediato, sus asesores, en su mayoría militares, le invitaron a esperar, que, en primer lugar, no estaban ellos al tanto de qué tan bien tomaría la gente una confidencia como ésa, y, más importante, que esa tecnología podía serles muy útil a ellos para esos fines que ya imaginará el lector, y mucho más si de paso, los demás carecían de ella. Y esto, lo de querer acaparar una tecnología de otro mundo, por las mismas razones que usted supone. ¿Qué dice? ¿Usted recuerda el proyecto Manhattan? Respondió el asesor. Claro, replicó el presidente. Y por claro tenía este asesor, un oficial militar, que recordaba el proyecto, por una parte, pero también que comprendía el presidente, la necesidad del secreto férreo sobre el particular. Y por ello, los restos de aquellas naves alienígenas fueron llevados a la Base Wright-Patterson en algún pueblo, igualmente minúsculo, de Ohio, como se lo informó al presidente, este asesor, que ya hemos dicho, también era militar, y, por ello, pendiente siempre de cómo hacerse de mejores armas, que lo mismo da decir esto que mejores formas de matar. Hay algo más, señor, dijo este asesor, esta vez con la voz aquietada detrás de la timidez que escondía su horror. ¿Qué será? Uno de ellos sobrevivió. No imagina mal usted si se figura al señor presidente de una nación tan seria como los Estados Unidos diciendo Coño, carajo, ¿cómo es esa vaina?  
            Se le llamó EBE. Y lo mismo sirve se explique el significado de estas siglas en español o inglés, que de todos modos siempre queda igual si se dice Extraterrestrial Biological Entity que Entidad Biológica Extraterrestre, pero han podido llamarlo Claudia o Claudio, que su sexo era una incógnita. De hecho, hubo que buscarse a un experto, si es que, por razones obvias, podía haber expertos que de ese ser supieran algo, para curarle las heridas, que así como todo artefacto mecánico es susceptible de estropearse y estrellarse, como estas naves alienígenas, todo ser vivo puede morir, más aún si resulta tan aporreado como este tal EBE. Y el experto resultó ser un botánico y no un médico, porque, al parecer, desde un punto de vista fisiológico, más que gente, parecía una mata este visitante del espacio exterior. Pudo sanarle las heridas, ese botánico. Sin embargo, si bien EBE agradecía la sanación de sus heridas, que ni eran pocas ni tampoco leves, resentía más aquel encierro forzoso, como si fuese un delincuente. Resentía el trato, como si fuera un criminal tan peligroso como John Dillinger. Pudo ser, no lo dudo, un inmigrante ilegal al que, fatalmente, no tenían forma deportar. Tampoco muchas ganas, creo yo.
            Suponga que se encuentra solo, en un lugar del cual no entiende nada. Así debió sentirse EBE, que, como cualquiera otro, más tarde o más temprano, en este caso, por razones de lenguaje, más tarde, acaba por quebrársele la voluntad si se hace lo debido, y la de EBE, se quebró finalmente, aunque tardó, como hemos dicho, para comunicarse con sus captores, porque, procedente de otro mundo, literalmente, hasta su lenguaje corporal era diferente del nuestro, pero, inteligente, claro, y, al parecer, dado como los humanos, a habituarse hasta lo malo, al fin de cuentas acabó por acostumbrarse, primero a su cautiverio, que supo era inevitable, pero luego, a su nueva realidad. No era E.T., que podía llamar a su casa para que vinieran a buscarlo, sino un náufrago en esta tierra extraña de la cual no podría huir jamás. Y creo que los militares  tampoco le dejarían. Por eso, vencidas las resistencias naturales y el orgullo, porque no dudo, Dios nos creó a todos por igual en éste y cualquiera otro mundo, con las mismas virtudes e idénticos defectos, empezó EBE por aprender a hablar inglés, la lengua de sus captores, y algo de español. Y se preguntará por qué aprendió un poco la lengua de Cervantes. Aunque entonces no era todavía Estados Unidos refugio de millones de latinoamericanos, su médico, un botánico ya hemos dicho, era de origen hispano. Hijo de uno de esos mexicanos que apretado por las necesidades, hizo de lado el orgullo y se fue a vivir al otro lado de una frontera dibujada después de una guerra desigual. Pero luego, EBE se interesó un poco más por la cultura de este nuevo mundo, donde sería enterrado, cuando le llegase la hora, como a cualquiera. Bien se sabe, para morirse sólo se requiere estar vivo.
            Poco a poco, sus captores dejaron de serlo y, tal vez por eso del síndrome de Estocolmo, hasta cariño se tomaron unos y otro. Aprendió EBE a jugar al póquer, como un verdadero tahúr, que esta persona proveniente del espacio era inteligente, bastante, y por aprender, aprendía rápido, las buenas costumbres, por supuesto, pero también las malas, como todos, aquí y acullá. O sería tal vez porque aprender también era una forma de sobrevivir, y tanto como los seres humanos, su instinto le obligaba resistir. Gracias a ello, pudieron ellos saber que era de la constelación de Retículo, como ya se dijo, de un planeta del sistema binario Zeta 2, llamado de un modo extraño, impronunciable para cualquiera de las gargantas de este planeta nuestro. Se supo por EBE, igualmente, que había otros seres extraterrestres, digamos que otras razas pues, unas más apacibles que otras, unas más inteligentes que otras, unas capaces de llegar a donde otras, no, y, como ocurre entre nosotros, que humanos somos todos, unas tienen un afán bélico que otras, no. Y por ello, surgió la pregunta de rigor, ¿Estamos en peligro? A lo que EBE contestó sin inquietarse, Tanto como lo están respecto de otras naciones de este planeta. Y decir aquello y preguntar esto fue lo mismo, ¿Qué tanto saben esos seres de nosotros? Pero no era mucho más lo que ellos sabían sobre nosotros de lo que nosotros podíamos saber acerca de ellos. No sabemos, si eso era beneficioso o por el contrario, perjudicial.
            La revelación de EBE, que murió de viejo, con más amigos y menos captores, en un nuevo hogar, otra base de la Fuerza Aérea estadounidense, conocida por algunos como Área 51, les causó a los jefes militares más angustias que respuestas. No sabía EBE de las intenciones de otras razas alienígenas para la Tierra. Ni podía saberlas, que eran astutos esos tales grises de Retículo, pero jamás, adivinos. Sólo pudo decirle que unos, al parecer una forma de estado evolutivo superior de reptiles, como en este mundo nuestro lo somos los humanos respecto de los mamíferos, eran supremamente agresivos y que, de poder llegar hasta este mundo, también podían. Y lo peor, que nuestras armas, muy desarrolladas para nosotros, como la Bomba H que recientemente habían probado los estadounidenses en el Atolón de Bikini, no eran más que petardos para ellos, les dijo EBE, en ese inglés suyo, difícil de entender, por la herencia fonética de su especie, biológicamente diferente a los seres humanos, como parece lógico si sus condicionantes evolutivos fueron radicalmente distintos. Por ello, por ese temor reverencial a un ataque extraterrestre, un grupo muy reducido de militares, científicos y empresarios de diversas partes de Estados Unidos, todos ellos afanados por su propio interés, que, de paso, no necesariamente resultaban coincidentes, se reunieron con el presidente para crear una comisión de altísimo nivel y, desde luego, de estricto carácter secreto, a lo que el señor presidente aceptó, no sabemos si a regañadientes. Se constituyó pues, este comité, que por nombre recibió Majestic 12. Estaba integrada por un almirante, no podía presidirla por supuesto, un profesional distinto al de las armas y el uso de la violencia contra otros, así como por diversos científicos y empresarios, y un ministro del gobierno, todos personajes que otros fabuladores han vinculado con la supuesta creación de un Nuevo Orden Mundial y de unos tales Bilderbergers, herederos de los Iluminati y de esa fulana conspiración judeo-masónica. Su misión era recaudar toda la información posible sobre los visitantes y de su tecnología y de ser posible, conseguir acuerdos diplomáticos con estos visitantes, que, escuchadas las palabras de EBE, atentamente, por supuesto, ésta parecía ser la mejor opción. Ése, no obstante, ya es otro cuento.