Tengo tan mala leche – pienso, ahora que escribo esto -, que tal vez ahora ella se enamore de mí, cuando mis emociones, mis deseos, mis ganas y mis sueños le pertenecen a otra. Ella era – o es, no lo sé, porque a pesar de considerarla mi amiga, anda perdida de este mundo terrenal como de ése nuevo, virtual e intangible – de esas mujeres que colman los espacios con su voz, con sus ideas, con sus ganas de bajarse de este planeta jodido, con su inquebrantable fe por la utopía posible, utopía ésa en la que yo, hace rato dejé de creer. Ella es hermosa. ¡Claro que lo es! Sus ojos hablan más que ella misma. Escupen su esencia, mezcla de mujer fatal del cine malo de los 40 y de la escritora que es, de la fiel creyente de estos géneros raros, cursis y comerciales, que la televisión vende a sus anchas en estas tierras tropicales, calenturientas, improvisadas y aventureras. De la ensayista que encuentra la piedra filosofal con cada uno de sus textos. De la feroz defensora de ese escritor que a mí jamás me ha arrebatado. Toda ella exuda una belleza que trasciende los cánones impuestos por Osmel Sousa a la mujer venezolana. Ella encierra ese Caribe sabroso, guachifetero, con esa pulcritud del sur de esta región transparente, impúdica, generosa.
Quizás haya sido ésa la razón por la cual mis encantos jamás hicieron mella en ella. Mi apego a la razón y la praxis, a lo que mis dedos pueden palpar, a lo que mis ojos pueden ver, mi nariz, oler y mi lengua, saborear. Quizás porque jamás comprendí como besar su alma y conformarme, como todos los machos brutos de este país del cual me enorgullezco pertenecer, con sus besos salivosos, su perfume, el gusto de su piel blanca y sus cabellos lacios lo mismo que rucios, con la sensación de su cuerpo esbelto, carente de esas voluptuosidades caribeñas que tanto me gustan pero que de algún modo ha aprendido a sustituir con otros encantos igualmente gustosos. Con el sabor placentero de sus partes, las cuales jamás he visitado.
La conocí porque me tocaba conocerla. La emperatriz apareció junto al emperador, que, precedido de una torre y un colgado, veía en el juicio la resurrección del as de copas. La conocí porque, muerto como estaba hasta entonces, necesitaba de una hembra como ella para revivirme, para despertarme de ese marasmo terrible, de esa sensación horrenda de estar entre los vivos por hábito, porque sólo conozco eso y no deseo enfrentarme a la muerte, que bien sabemos representa vida nueva. Aquí entre las carnes mortales o allá, entre almas eternas. La conocí porque mi alma la vio, sorprendida la suya en un amorío frustrado, y, dadivosa como es, ayudó a la mía a encontrar el sendero que habría de sacarme de aquel hoyo inmundo al que no deseo volver. Por eso, no la odio cuando, aunque, como el macho bruto que no soy, debería odiarla. Pero alguien tan especial no merece que empuerque las palabras que la vayan a tocar, siquiera rozar.
No la imagine como una Marjorie de Souza. Tampoco como ninguna de estas dos miss universos patrias. Mucho menos como Kate Beckinsale, a mi juicio, paroxismo de la belleza. Sin embargo, bonita es. Su estatura no expresa la grandilocuencia de su personalidad, que es, de hecho, su más grande atributo. Tampoco es pequeña. Digamos que abarca esa medianidad entre lo pequeño y lo alto. Sus ojos, esas lámparas ambarinas, desnudan ese carácter, a veces fuerte, a veces sutil. Sus ojos están teñidos del mismo color de sus cabellos, para que no quede duda alguna de que bajo sus marañas, fluyen ideas. Algunas, geniales. Así es ella. Sus manos, cansadas de recorrer teclas, de corregir letras, de proponer palabras, descubren su jovialidad. Su voz, angelical cuando quiere, un tronido cuando urge, mana desde esa mente ingeniosa, llena de recursos y de sueños. Sus encantos carnales, que los tiene, desfallecen ante otros mucho más sensuales, más excitantes.
Usted creerá que aún la amo. Quizás ella crea que esa enfermedad que me causó su compañía semanal a lo largo de dos años todavía pudre mi corazón. Pero no, no la amo, al menos no con ese amor apasionado, deseoso de poseerla y de sentir sus bramidos quejosos durante una noche de placer. La quiero. La admiro. Siento por ella un cariño particular, que, pensándolo bien, mal podría mancillar intercambiando fluidos con ella en un hotel impersonal de esta ciudad-infierno que Caracas es. Sin embargo, la amé. Carajo, como la amé. Que barranco inmundo recorrí por sus desplantes, por sus esquivas respuestas o, simplemente, por esa forma que tiene ella de desaparecer, de desvanecerse y que, no lo niego, me hirió y que quizás, aún me hiere.
Supe que la amaba una noche, mientras su voz canturreaba una canción hermosa que siempre me ha gustado y su cuerpo, cálido, vivo, vibrante, reposaba sobre mi brazo, sobre mí… e idiotizado, la escuchaba decir palabras de amor, sencillas y tiernas, no sabíamos más, teníamos… y no sigo porque ni ella ni yo teníamos 15 años. Supe que la amaba porque, no sólo reanimó mi alma estertórica de hombre maduro, que luego de años viviendo un disfraz, decidió liberarse de yugos, de mañas, de reglas draconianas de una familia plagada de normas virulentas, sino que además, bajo esta piel endurecida por una retahíla interminable de sufrimientos, despertó emociones, deseos de sentir, de vivir, aun si tal empeño causaba dolor. Esa noche, acompañados por hallacas, por panes de jamón y ensaladas de gallina, por esas ensaladas extrañas que su dieta macrobiótica le enseñó a hacer, bajo el frío copiado de navidades en otras latitudes, comprendí que la amaba y que toda la parafernalia familiar, vetusta y apolillada, me importaba un carajo. Que deseaba besarla y hacerle el amor, que entre los machos resulta ser cosa de maricones. Quise amarla ahí, frente a todos, porque un amor así no avergüenza.
A partir de esa noche, comenzó mi calvario. Ese tránsito a través del fuego alquímico que convierte el plomo en oro. Necesario para mí, que de no amar, empecé a amar de más.
Nuestras citas, nuestros encuentros semanales, junto a otros, pero en especial junto a nosotros, siempre uno al lado del otro, cuchicheando cuando no se debe, bebiendo uno del café del otro, haciendo chistes, y en mi caso, sintiendo esa feminidad exuberante, ese perfume a cultura y majadería, a frivolidad maquiavélicamente ensayada, de pronto terminaron. Un año corre muy aprisa. Dos, también. Dos, corren más rápidamente.
- Soy divorciado – Confesé, tardíamente, cuando una mañana de enero nos vimos, ella y yo, sin zamuros bailoteando en derredor, atentos a picotear lo que quedara de esos sentimientos truncos, de esa experiencia jamás vivida.
- ¿Cómo? – Peguntó, extrañada. Le miré a los ojos, esos ámbares colmados de vitalidad, ahítos de vigor, y repetí: soy divorciado, hace tres años que me separé.
- ¿De esa mujer hermosa?
- Sí – Respondí, a sabiendas de que el amor, muchas veces, poco tiene que ver con la belleza.
No voy a decir que desapareció. Nos vimos, aquí y allá, en casa de amigos comunes, en fiestas de amigos repetidos, en esas actividades de escritores, de las que huíamos, como si en efecto, ella y yo fuéramos amantes, esposos, o ambas cosas, porque no siempre coinciden. Sentía en ella esa energía arcana que ata a dos personas y que se colma de nervios, porque tensarla y romperla duele como nada puede doler en este planeta. Pero ella, astuta, decidió desvanecerse. Y yo, más astuto, enamorarme de otra mujer, una maravillosa que embota mis días y me revitaliza cada mañana al despertarme y cada noche al acostarme. Pero no hablemos de otras mujeres, que este cuento le pertenece a esa escritora que una noche de diciembre, me demostró que amar vale pena.
viernes, 16 de octubre de 2009
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